Octavio Augusto, o el imaginario del poder

El presente trabajo pone en relación cuatro monumentos antiguos (la estatua de Prima Porta, las Res Gestae Divi Augusti, el Ara Pacis y la misma Eneida) con sendos documentos bibliográficos publicados en fechas clave del siglo XX: un manual escolar de literatura latina publicado en 1928 (dictadura de Primo de Rivera), una antología de fuentes latinas sobre Octavio publicado en 1939 (III Reich de Adolfo Hitler), una guía arqueológica publicada en 1938 (dictadura de Benito Mussolini) y un ensayo alemán publicado en español el año de 1945 (dictadura de Francisco Franco). De este análisis, cabe establecer un complejo imaginario del poder basado en cuatro ideas básicas: la imagen del líder, su legitimación, la equivalencia entre poder y orden y, en cuarto lugar, el afán de pervivencia más allá del propio tiempo en que se ejerce ese poder. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA CLÁSICA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

  1. Introducción: el imaginario del poder

El título de este trabajo nace de un juego de palabras a partir de un conocido libro titulado Augusto y el poder de las imágenes, una obra fundamental publicada por el historiador alemán Paul Zanker en 1987 (editada en español por Alianza Editorial).

Libro: Augusto y el poder de las imágenes. - 9788420671130 - Zanker, Paul -  · Marcial Pons Librero

El libro demuestra cómo el primer emperador de Roma, Octavio Augusto, se sirvió del arte, la arquitectura y los símbolos públicos como una poderosa herramienta de propaganda para consolidar su poder absoluto y reconstruir la identidad romana tras décadas de guerras civiles. Si bien vamos a servirnos de algunos de los presupuestos establecidos por la obra citada, el propósito de este trabajo, sin embargo, es bien distinto y mucho más concreto. Nuestra intención es partir de cuatro monumentos antiguos propiciados por Octavio Augusto para analizar cómo han quedado plasmados en algunos documentos bibliográficos modernos: una historia de la literatura romana, una antología de textos sobre Augusto, una guía arqueológica del Ara Pacis y un ensayo sobre Virgilio. A través de la pequeña historia de cada documento intentaremos perfilar cuál es el imaginario del poder creado por Augusto y que ha llegado hasta nosotros, normalmente de manera inconsciente. Este trabajo pretende mostrar cómo el primer emperador de Roma creó un complejo imaginario del poder que ha transcendido hasta nuestro tiempo a través de algunos de los regímenes políticos más característicos de la Historia: el absolutismo, el fascismo y, por regla general, los populismos, y cómo ese imaginario ha llegado hasta nosotros de una manera sutil y concreta por medio de materiales didácticos, guías de monumentos o ensayos. Pero antes de hablar acerca del imaginario del poder augusteo conviene definir qué son los imaginarios en general y los de Roma en particular.

La Filología Latina y la moderna Universidad de Madrid: ensayo  historiográfico | Reinventar la Antigüedad

  1. Qué son los imaginarios. Su carácter social y compartido

Es importante que definamos lo que son los imaginarios (González-Rivas Fernández s.v. “Imaginario”, en el DHTC), con especial realce en su carácter social y compartido. El concepto de imaginario se presenta, a día de hoy, como un instrumento clave para poder comprender cómo se lleva a cabo la recepción de la Antigüedad en los contextos modernos, dado que las ideas que nos hacemos colectivamente acerca de las cosas, al margen de su exactitud o adecuación, se convierte en un aspecto clave para apreciar cómo se representa el mundo clásico en la actualidad. Los imaginarios de Roma son muchos y complejos. Así lo mostramos en la asignatura “Roma imaginada”, que impartimos en la Universidad Complutense. Estos son algunos de los principales imaginarios de Roma, tal como quedan reflejados en el tema primero de la asignatura:

a) El imaginario romano frente al griego

b) Roma como imperialismo

c) Ex Roma lux: el imaginario renacentista

d) El imaginario viajero y de las ruinas: Roma y el Grand Tour

e) La Roma de la sangre y los vicios

f)  Oriente frente a Occidente

El asunto de Augusto y el imaginario del poder está íntimamente ligado al imaginario de “Roma como imperialismo” (a este respecto, resulta muy pertinente el libro de Juan Luis Conde titulado La lengua del imperio; la retórica del imperialismo en Roma y la globalización), que desde los años 70 ha llevado a que ciertos libros de Historia sustituyan el término “Romanización” por otros como “Invasión romana” o “Aculturación”.

LA LENGUA DEL IMPERIO: LA RETORICA DEL IMPERIALISMO EN ROMA Y LA  GLOBALIZACION | Juan Luis Conde | Casa del Libro

Asimismo, como veremos en el último apartado de este trabajo, el imaginario del poder augusteo también está muy ligado a la idea de Oriente frente a Occidente. De manera concreta, Roma representaría a Occidente, tal como vamos a encontrar en la interpretación del pasaje del escudo de Eneas que figura en el libro octavo de la Eneida. Dado que el concepto de poder es un elemento clave tanto en la cultura romana como en su moderno imaginario, es conveniente aclarar algunos aspectos previos de naturaleza léxica.

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  1. El concepto de poder y la lengua latina

La lengua latina ofrece un campo especialmente rico para analizar la concepción romana del poder, tanto por la variedad de términos empleados para designarlo como por las relaciones semánticas que estos establecen entre autoridad, dominio y orden. Entre los conceptos fundamentales destacan imperium, potestas y auctoritas, que, aunque relacionados, remiten a formas distintas de ejercer o legitimar el poder. El primero se vincula especialmente con la capacidad de mando y de imposición; el segundo, con el poder reconocido por una determinada posición institucional; el tercero, finalmente, con una autoridad basada en el prestigio, la legitimidad y la influencia.

La República Romana

Esta concepción compleja del poder permite comprender también la tensión entre los dos grandes imaginarios políticos de Roma: República e Imperio. Como ha señalado Juan Luis Conde, ambos pueden entenderse como modelos en conflicto que articulan de manera diferente la relación entre poder, instituciones y comunidad. En este contexto, resulta especialmente significativa la asociación entre orden y poder, que puede formularse mediante la metáfora conceptual EL PODER ES ORDEN. Esta concepción da lugar, por ejemplo, a una falsa definición del anarquismo como “desorden”, como Podemos apreciar en la segunda acepción que de “Anarquía” nos ofrece el DLE:

Del gr. ἀναρχία anarchía.

  1. Ausencia de poder público.

Ant.: gobierno.

  1. Desconcierto, incoherencia, barullo.

Sin.:desorden, caos, confusión, desgobierno.

Ant.: orden.

  1. anarquismo (‖ doctrina que propugna la supresión del Estado).

Sin.: anarquismo, libertarismo, acracia.

De esta forma, el poder se legitima así en la medida en que es capaz de establecer, conservar y proyectar un determinado orden político y social. Por su parte, la noción de poder absoluto adquiere una dimensión particular cuando se proyecta sobre el espacio y el tiempo: un poder verdaderamente absoluto aspira a extenderse territorialmente y a perpetuarse históricamente, presentándose además como un poder indiscutible. De ahí surge uno de los problemas fundamentales de la teoría política posterior: la necesidad de limitar y dividir el poder para impedir su concentración absoluta.

En este sentido, Octavio Augusto constituye para la posteridad una de las representaciones más elaboradas del poder absoluto. Su figura concentra y transforma las distintas tradiciones romanas del poder, articulando autoridad, mando y legitimidad bajo una nueva configuración política. El imaginario augusteo proyectará así una determinada idea de poder que no se limita a la capacidad de gobernar, sino que aspira a presentarse como garantía de orden, estabilidad y continuidad en el tiempo.

  1. Octavio Augusto y cuatro monumentos representativos de su poder

En aras a una necesaria concreción, vamos a centrarnos en cuatro monumentos cuya creación favoreció el propio Augusto para fomentar el imaginario de su poder y el propósito de cada uno:

  1. La estatua del emperador hallada en Prima Porta: la imagenpersonal del dictador
  2. Las Res Gestae Divi Augusti o el Monumentum Ancyranum: la legitimación de las acciones
  3. El Ara Pacis Augustae recuperado y reconstruido junto al Tíber: el ordenimpuesto
  4. La Eneida de Virgilio: el afán de perpetuidad

El planteamiento de nuestro trabajo no consiste en el análisis de estos monumentos como tales, sino en la proyección moderna que tuvieron en sendos documentos bibliográficos publicados en fechas fundamentales del siglo XX:

  1. Un manual de literatura latina publicado en Madrid el año de 1928 (dictadura de Primo de Rivera)
  2. Una edición escolar acerca de las fuentes del emperador publicado en Berlín/Leipzig el año de 1939 (III Reich de Adolfo Hitler)
  3. Una guía del Ara Pacis publicada en Roma el año de 1938, reeditada sucesivamente tras la Segunda Guerra Mundial (dictadura de Benito Mussolini)
  4. Una traducción española del libro de Haecker sobre Virgilio como padre de Occidente y publicada en Madrid en 1945 (dictadura de Francisco Franco)

Nuestro objeto de estudio, por tanto, lo van a constituir estos cuatro documentos bibliográficos, cuyas fechas de edición o reedición van a ser argumentos esenciales para el análisis que queremos llevar a cabo acerca del imaginario que Octavio Augusto creó en torno a su poder ya en pleno siglo XX.

  1. La estatua de Augusto y un manual escolar publicado en 1928

La estatua de Prima Porta, hallada en 1863, se ha convertido en la imagen por antonomasia del emperador, si bien ha ido recibiendo a lo largo de los años diferentes lecturas, fundamentalmente ligadas a modernas dictaduras. De manera significativa, en 1940, el dictador italiano Benito Mussolini regaló a España varias copias de bronce de esta estatua. Mussolini buscaba promover el fascismo y recordar un pasado romano compartido. Envió estas estatuas a ciudades españolas fundadas por el emperador romano, como Zaragoza, Mérida, Tarragona y Gijón. Más allá de la monumentalidad de la estatua y de sus réplicas, a la hora de estudiar su dimensión imaginaria, contamos con unos instrumentos mucho más discretos, si bien resultan ciertamente útiles: los materiales didácticos. De hecho, los libros escolares sirvieron de manera muy efectiva para la difusión de la estatua, y no solo los de arte o historia de Roma. A este respecto, puede verse la interesante ilustración que aparece en el manual de literatura latina de Eustaquio Echauri, publicado en 1928 y manual único y oficial, de acuerdo con las directrices de a política educativa durante la dictadura de Primo de Rivera. La imagen de Augusto aparece, no lo olvidemos, en un manual de literatura (no de historia de Roma), y muy cerca de la propia imagen de Virgilio, un par de páginas más atrás (en los dos apartados finales volveremos a esta productiva y conflictiva asociación entre el emperador y el poeta). No se trata de un hecho baladí, pues la presencia de Augusto va a incidir en la propia manera de periodizar la literatura latina. Este manual sigue una pauta historiográfica muy consolidada ya en el mundo académico: la delimitación de la “Edad de Augusto” frente a la “Edad republicana”, encarnada en Cicerón. Se trata de un rasgo propio de la historiografía germana (Schanz-Hosius). Véase a este respecto el cuestionario preparado durante la dictadura de Primo de Rivera para la división de la literatura latina, inspirado precisamente en la historiografía germánica:

  1. Literatura latina: conceptos y preliminares
  2. Ciclo literario de la monarquía, y de la república

Elementos de literatura nacional

Edad arcaica

Edad de Cicerón

  1. Ciclo literario del imperio

Edad de Augusto

Edad argéntea  

Edad de cobre

De esta forma, había un interés expreso en diferenciar la edad de Cicerón, asociada a las interminables luchas civiles, de la edad de Augusto, caracterizada por el fin de tales luchas (aquí podría apreciarse la metáfora subyacente del poder absoluto como instaurador del orden). De esta forma, el poder absoluto es el que crea la paz y el orden, frente a la disensión propia de los regímenes republicanos. Echauri se muestra claramente favorable a la nueva situación política creada por Augusto:

Entramos en el segundo período de la Edad de oro, conocido con el nombre de Edad de Augusto. Cansados los romanos de sus interminables guerras civiles, apenas sintieron la pérdida definitiva de su libertad republicana, compensada por la paz que el imperio les traía. El cambio de gobierno debía traer consigo la transformación de la literatura: los géneros que, como la oratoria, sólo viven con las luchas políticas, pasaron casi totalmente a la historia. Pero Augusto y su favorito Mecenas fueron cultivadores y grandes protectores de las letras: pasó el tiempo de los briosos discursos del Senado y del foro: empezaron las recitaciones literarias de salón, y se abrió campo a una nueva era de poesía, consagrada en gran parte a celebrar al príncipe y el imperio. (ECHAURI 1928: 78-79)

Observemos que no deja de estar aquí implícito el imaginario del dictador con mano de hierro que termina con las disensiones políticas, afín a lo que señalaba el manifiesto del propio Primo de Rivera, cuya pretensión era liberar a España de los “profesionales de la política”. Con respecto a la ilustración del manual, tenemos una fotografía definida por el ángulo desde el que se toma la perspectiva de la estatua. La fotografía parece corresponderse con una proveniente de la misma Alemania y realizada en 1891 (Getty Images):

Puede ser una imagen de libro y texto

La imagen se caracteriza porque no está tomada frontalmente, sino desde el ángulo derecho, como cabe intuir del basamento. La fotografía ha cumplido una misión importante a la hora de difundir la imagen de la estatua de Augusto, donde se lo representa eternamente joven y con una evidente pose de autoridad.  A pesar de la longevidad del emperador, esta impronta juvenil es la que ha quedado en la retina colectiva. Asimismo, y aunque se hayan hecho ensayos sobre su coloración original, la propia fotografía en blanco y negro ha contribuido a difundir una imagen monócroma de la Antigüedad.

  1. Res Gestae. El uso de la primera persona y la herencia cesariana. El Monumentun Ancyranumen el contexto de una publicación alemana de 1939

Una mañana, al entrar en la Biblioteca de Filología Clásica de la Universidad Complutense, me sorprendió la presencia de unas pequeñas torres de libros, todos iguales, que estaban a disposición de quien quisiera llevárselos. No tardé en darme cuenta de que se trataba de antiguos materiales didácticos publicados a finales de los años 30 del siglo XX y procedentes de Alemania. Uno de ellos llamó especialmente mi atención, dado que en su portada aparecía reproducida la estatua de Augusto de Prima Porta que ya hemos visto en el apartado anterior, si bien en este caso la imagen reproducía la estatua frontalmente.

Por lo que pude indagar, tales ejemplares habían llegado desde Alemania. Eulalia González Parra, por aquel entonces subdirectora de la Biblioteca de la Facultad de Filología de la Complutense, me proporcionó esta útil información acerca de la procedencia de tales ejemplares: “Los libros llegaron procedentes del Instituto de Secundaria Cervantes. No todos son alemanes, pero hay muchos. Hay unos 1700 libros que están ahora en cajas. Llegaron algunos más pero hicimos un primer expurgo y mandamos a otras bibliotecas lo que no era de nuestra materia. Por lo que yo he podido indagar creo que el fondo alemán tiene que ver con los años en que el IES Cervantes ocupó los locales del antiguo colegio alemán de Madrid”. Revisemos sucintamente el contenido de este ejemplar que contiene las Res Gestae publicado por la afamada editorial Teubner en Leipzig-Berlín en 1939 acerca de las fuentes sobre Augusto. Las fuentes vienen constituidas por Tito Livio, unos pasajes de la Vida de César de Suetonio, la primera égloga de Virgilio, el Monumentum Ancyranum, ciertos pasajes de los Fastos de Ovidio y algunos pasajes de la Vida de Augusto por Suetonio. El libro fue elaborado por Max Gottschald, quien ya en 1927 había publicado también en Teubner una obra titulada Augustus und seine zeit: Suetons biographie und andere quellen. En este caso, las fuentes son Suetonio, Horacio, Donato, Monumentum Ancyranum, Mecenas, Livio, Virgilio, Ovidio y Estrabón. Curiosamente, la recopilación de tales textos también excluye lo testimonios relativos a los Anales de Tácito, mucho más críticos.

El año de 1939 es relevante porque termina la Guerra Civil española y comienza la Segunda Guerra Mundial. También en este mismo año de 1939 publica Ronald Syme su afamado libro The Roman Revolution. El libro supuso una lectura revisionista y abiertamente negativa del emperador que no llegó a ser plenamente aceptada hasta terminada la gran contienda.

Desde luego, el libro sobre las fuentes de Augusto publicado en 1939 no supone en absoluto una publicación inocente. De manera análoga, en 1938 Pascual Galindo había dedicado su traducción del Monumentum Ancyranum en la revista Jerarquía a Francisco Franco, en sintonía con el el espíritu nacionalsocialista de la época (Duplá 2001). Las Res Gestae son más un documento histórico que literario. Desde luego no alcanza a la altura de las obras del padre adoptivo de Augusto, Julio César. Ambos autores buscaron la legitimación de sus actos en sus escritos. Podemos apreciar cómo desde los cimientos de la educación se legitima el poder absoluto.

No deja de ser curioso el interés que este monumento suscitó en el rey Luis XIV. El llamado Rey Sol, ligado mitológicamente a Apolo, crea inspirado en el propio Augusto el imaginario del absolutismo. La relación histórica entre el Monumentum Ancyranum (si bien se perdió la inscripción que había frente al Mausoleo, pudo encontrarse la inscripción de las Res Gestae Divi Augusti en Ankara) y el rey Luis XIV de Francia radica en el impulso de la corona francesa por recuperar y copiar este valioso texto clásico a principios del siglo XVIII. Si bien hoy día ya no existe más que el emplazamiento del Monumentum Ancyranum, disponemos de una copia del texto justamente al pie del moderno emplazamiento del Ara Pacis, en Roma.

Altamira. Blog de Historia del Arte, por Antonio Boix.: Comentario: El Ara  Pacis de Roma.

  1. Ara Pacis. Poema en mármol y una guía publicada en Roma en 1938

Mi visita al Ara Pacis se produjo ya cuando se había dispuesto el moderno complejo museístico diseñado por Richard Meier. Además de una pequeña discusión con el personal de control acerca de mi derecho a entrar gratis por ser profesor de filología latina, recuerdo que en su tienda encontré una antigua guía arqueológica del monumento.

El ejemplar pertenece a una acreditada colección de guías arqueológicas que aún pueden encontrarse como restos editoriales en ciertos museos y yacimientos. La guía en cuestión que encontré en la tienda del Ara Pacis era obra del arqueólogo italiano Giuseppe Moretti (primera edición de 1938) dentro de la “Collana degli Itinerari dei Musei, Gallerie e Monumenti d’Italia”. Giuseppe Moretti dirigió la excavación, rescate y reconstrucción definitiva del Ara Pacis Augustae entre 1937 y 1938, convirtiéndose en la figura clave para la salvación de este icónico monumento romano. Moretti no hace en su guía referencia alguna a la situación política del momento, salvo cuando se habla de la decisión tomada por el ministro de educación, Giuseppe Bottai, de acometer la reconstrucción. Pero no debe olvidarse el papel fundamental que desempeñó Benito Mussolini en una campaña propagandística que ligaba el pasado romano imperial con el nuevo régimen fascista.

La guía de Moretti volvió a ser publicada tras la segunda guerra mundial, una vez liberado el monumento de sus protecciones. Es muy significativo que esta guía gozara luego de sucesivas ediciones tanto en italiano como en inglés. La posterior historia editorial de esta pequeña guía da cuenta de la nueva relectura del monumento, más allá del contexto político donde se inscribe su reconstrucción. Ciertamente, Moretti tan solo daba una escueta noticia acerca de las disposiciones que el ministro de instrucción pública había aprobado para que se desarrollara el proyecto de recuperación. En realidad, el tono técnico de la guía contrasta con la naturaleza propagandística que llegó a tener el acto de inauguración (https://youtu.be/CILr3dV3hxI?is=NWDNB1EuaziJjJ1u).

La Paz Augusta va a ser otro de los grandes mitos ligados a las modernas dictaturas. Recuerdo que el Hospital Universitario La Paz en Madrid se inauguró el 18 de julio de 1964. Su nombre y creación conmemoraban los llamados “XXV Años de Paz” del régimen franquista tras la Guerra Civil. El Ara Pacis es uno de los monumentos que mejor definen desde el punto de vista iconográfico la época y la figura del primer emperador de Roma. En señal de agradecimiento por sus exitosas campañas por Hispania y la Galia, en el año 13 a.C., el Senado decidió construir este altar de la diosa Paz junto al Campo de Marte, lugar conocido por tal nombre porque allí se había erigido antiguamente un templo al dios de la guerra. Esta circunstancia no deja de tener cierto carácter simbólico, pues la guerra y la paz constituyen las dos caras del propio Augusto. Primero se erigió un altar provisional el mismo año 13 a. C., y en el año 9 a.C. se terminó de construir el altar de mármol de estilo helenizante que podemos admirar hoy día reubicado y reconstruido junto al Tíber.

Vamos a terminar nuestro apartado sobre el Ara Pacis destacando el papel protagónico que tiene Eneas en su iconografía, en un afán de la familia imperial por apropiarse de la propia leyenda troyana, de manera que Augusto se convierta en un nuevo Eneas. No en vano, si se contempla el templo desde la esquina delantera derecha, vemos a un lado a Eneas y, al otro, en el relieve lateral, al mismo Augusto, ambos con la cabeza velada y en clara relación de continuidad. Este planteamiento nos lleva al cuarto y último de los monumentos que vamos a estudiar, esta vez literario.

Arco de la Victoria - Wikipedia, la enciclopedia libre

  1. La Eneida. La muerte de Virgilio y la inmortalidad de Augusto: la publicación en 1945 de un libro alemán sobre el poeta y su misión providencial

La Ciudad Universitaria de Madrid fue uno de los principales frentes de combate de la llamada “defensa de Madrid”. Su restauración se inauguró oficialmente el 12 de octubre de 1943, y la construcción del llamado “Arco de la Victoria”, que contiene dos inscripciones latinas, tuvo lugar entre 1950 y 1956. Vamos a referirnos ahora a un libro publicado en Madrid en 1945 y cuyo prólogo, significativamente, se ubica expresamente en esta Ciudad Universitaria.

Haecker, Theodor Virgilio. Padre De Occidente : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive

Se trata de la versión española de una obra publicada catorce años antes, en 1931, por Theodor Haecker, con el título de Virgilio, Padre de Occidente. El libro es vertido a la lengua española y publicado en 1945 con un prólogo del argentino Juan Carlos Goyeneche (1913-1982), un destacado político, escritor e intelectual ultra-nacionalista argentino vinculado al catolicismo integrista y a las corrientes de extrema derecha del siglo XX. Su figura es históricamente relevante por sus conexiones transnacionales con los regímenes fascistas europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Goyeneche, director del proyecto editorial donde se inscribía la versión española del libro de Haecker, se encargó de escribir el prólogo oficial de este volumen, mientras que la traducción del texto original en alemán al castellano corrió a cargo del académico español Valentín García Yebra. En el prólogo, no sin expreso dolor, aparecen los ecos al final de la Segunda Guerra Mundial y el hundimiento de la Alemania nazi. Desde 1931 hasta 1945, la visión providencial de Haecker, concebida en unos tiempos bien diferentes, los de la República de Weimar (1918-1933), supone toda una relectura contrastable con otra obra publicada también en 1945, pero ya muy lejana a la anterior en cuanto a los presupuestos de que parte. En 1945, terminada la Segunda Guerra Mundial, el ambiente favorable y legitimador del emperador Octavio Augusto iba a dar un vuelco.

Un aspecto representativo de este nuevo estado de cosas será la segunda edición de La revolución romana de Ronald Syme en 1951, un contexto más favorable para comprender su posición crítica que el de 1939. A finales de la II Guerra Mundial el escritor austriaco Herman Broch publica su novela titulada la Muerte de Virgilio. La novela relata minuciosamente las últimas dieciocho horas de vida del poeta romano Virgilio tras su llegada al puerto de Bríndisi junto al emperador Augusto. Enfermo y sumido en un estado de duermevela entre la lucidez y el delirio, Virgilio se ve asaltado por una profunda crisis existencial. Atormentado por la idea de que su obra maestra, la Eneida, es imperfecta y no ha logrado capturar la verdad absoluta, toma la drástica decisión de quemar el manuscrito. El núcleo del libro avanza a través del debate ético y estético entre el poeta y el emperador Augusto, quien intenta convencerlo de preservar el poema para la gloria del Imperio romano.

La obra de Haecker sobre Virgilio intenta releer al poeta en clave de “paganismo adventista”, a partir de la idea, tan cara para autores como Tertuliano (ca. 160-ca. 220), de que el alma, aunque pertenezca al mundo pagano, no deja de ser por naturaleza cristiana: anima naturaliter Christiana (Tert. Apol. 17.6). Se parte, por tanto, de la consideración de un cierto sentido prospectivo de la vida del propio Virgilio, de forma que su obra debería leerse en la clave de lo que luego llegará a ser el cristianismo y la moderna cultura occidental. Como bien señala Haecker, es necesario partir del hecho, natural para San Agustín y para Dante, pero incomprensible, acaso, para la modernidad, de que la Roma cristiana surgiera de una Roma pagana (Haecker, 1945: 45). Asimismo, la Roma cristiana da lugar a la idea de un Occidente cristiano frente a Oriente. Para ilustrarlo, Haecker se centra en el pasaje del escudo de Eneas (Verg. Aen. 8,626-728), donde Virgilio situó, junto a las huestes de Octavio y Antonio, a los dioses monstruosos de Egipto que se erigían contra las divinidades de Venus, Apolo o Minerva (Haecker, 1945: 59-60). Resulta curioso que este pasaje también atrajera la atención de Adam Parry, egregio representante de la Escuela de Harvard, si bien con una interpretación mucho más abocada al conflicto político entre Marco Antonio y Octavio.

Otro argentino, al igual que Goyeneche, tradujo a la lengua española la obra de Broch en 1946, que se publicó en Buenos Aires bajo el sello editorial Santiago Rueda. Nos referimos a Arístides Gregori. Sin embargo, este libro, precisamente a partir de la traducción de Gregori, no llegó a publicarse en España hasta 1979, en la colección de Alianza Tres.

Desde luego, la revisión que se hace de la figura de Augusto en la novela es radicalmente distinta, así como el carácter e intención de Virgilio en su Eneida. Del cristianismo “avant la lettre” que propone Haecker, Broch deriva al pesimismo más lúcido.

Veamos ahora cómo cada autor considera el pasaje del escudo de Eneas, ubicado en el libro VIII de la Eneida. Haecker en ningún momento cuestiona a Octavio, en cuya lucha con Marco Antonio se convierte en el baluarte de Occidente y de su idea de orden:

Las Bucólicas, lo hemos de ver aún, son los elementos de la poesía de Virgilio, que se repiten constantemente en sus obras posteriores; revelan la medida de aquella fuerza sin la cual nadie es poeta, por muy grande hombre que sea en otros aspectos; muestran que Virgilio tiene una proporción lírica para el lenguaje y hasta qué punto es pura esa proporción; muestran que es poeta desde la raíz de su ser, que el poeta domina en él al pensador, aun cuando hubiera podido llevar a la práctica su decisión de no vivir, una vez concluida la Eneida, más que para el estudio de la filosofía. Pero no era éste su hado. Después de muchos años, siguieron las Geórgicas, cantos al trabajo y a la agricultura, y siguió… Áctium. ¡Cuánta suerte necesita un poeta clásico! Más que César. Sin esta decisión, por largo tiempo valedera, entre el Occidente y el Oriente, que Virgilio vió con absoluta claridad como la decisión entre el espíritu de Occidente con su idea del orden y de la luz y de la medida y de la confianza, y el de Oriente con su enormidad y desesperación —Virgilio ve en las figuras proféticas del escudo de Eneas, junto a los ejércitos de Octavio y Antonio, que luchan entre sí, los monstruosos dioses de Egipto, el labrador Anubis de cabeza de perro, arremetiendo contra Venus, Apolo y Minerva—, sin esta batalla y su efectiva decisión en favor del Occidente contra el Oriente, que estaba capitaneado por un desenfrenado traidor a su propio espíritu occidental —posibilidad que siempre puede darse de nuevo y hoy y en el futuro es más de temer que nunca—, sin esta intervención del hado no hubicra sido posible la Eneida. (Haecker, p. 59)

El propio Broch regresa a este pasaje del libro octavo de la Eneida, donde hace su aparición estelar Octavio, en uno de los episodios más tensos de su novela, justamente cuando el emperador logra quedarse con el manuscrito:

«-Hay pocas cosas tan dignas de mi memoria. ¿No fue poco después de regresar yo de Egipto, cuando me sometiste el primer esbozo de la epopeya?

-Tú lo has dicho.

-Y en el centro del poema, verdaderamente centro y clímax del poema, en el centro del escudo de los dioses que concediste a Eneas, ha[s] puesto la descripción de la batalla de Accio.

-Así lo hice. El día de Accio fue la victoria del espíritu romano y sus costumbres sobre las oscuras fuerzas de Oriente, la victoria sobre el oscuro misterio que acaso se había apoderado de Roma. Esta fue tu victoria, Augusto.

-¿Sabes el pasaje de memoria?

-¡Cómo podía saberlo! Mi memoria no alcanza la tuya.

-¡Oh, ningún engaño era posible! Inequívocamente el Augusto había dirigido los ojos hacia el cofre del manuscrito, y los mantenía fijos en él: ¡oh, no era una ilusión, había venido a quitarle el poema!» (Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, 1995, 305)

Virgilio recitará ante Augusto los versos 674-688 del libro octavo, justamente donde aparecen enfrentados el mismo Augusto y su rival Marco Antonio. Los reproducimos en la versión de Aurelio Espinosa Pólit:

“En el medio campean las enormes

ferradas naves de la guerra de Accio:

sobre dorado oleaje está el Leucates

hirviendo todo en orden de batalla.

En un frente se yergue Augusto César:

toda Italia en pos de él, senado y pueblo

con los Penates y los Grandes Dioses.

Vese de pie sobre la excelsa popa,

lanzan sus sienes dos alegres llamas,

y el astro paternal sobre él fulgura.

Al favor de los vientos y los dioses

mandando su escuadrón avanza Agripa,

y al exhibirse -enseña de victoria-

la corona rostral luce en su frente.

Del otro lado Antonio, que volviendo

vencedor de los pueblos de la Aurora

y a costa bermeja con variados

ejércitos de bárbaros, arrastra

en pos de sí al Egipto y al Oriente,

y a la Batriana en sus confines últimos.

A su lado, ¡oh baldón!, la egipcia esposa…”

Naturalmente, este pasaje, con la presencia de Augusto y su gran colaborador, Marco Vipsanio Agripa, establece un dramático contraste con las figuras de Marco Antonio y Cleopatra, llamada por Virgilio su Aegyptia coniunx. En definitiva, Roma enfrentada a Oriente y Egipto. Parry, en el artículo citado, no pierde de vista este fundamental pasaje. Por una parte, compara la pareja formada por Dido y Eneas con la que representan Cleopatra y Marco Antonio. Resulta una comparación ciertamente desafiante, pero no creo que sea tanto por la comparación en sí como por lo que implican ambas parejas acerca de lo que podría haber sido y no fue (¿y si Eneas se hubiera quedado en Cartago, junto a Dido, desafiando al destino?). Por otra parte, Parry también recurre al escudo de Eneas y nos dice lo siguiente al respecto:

“Aeneas’ shield is adorned with scenes from Roman history, history which is future to him -it is here that we read of Augustus at the Battle of Actium- and as he puts it on, Virgil says:

He marvels at the scenes, events unknown to him,

and lays upon his shoulder the fame and fate of descendants

attolens umero famamque et fata nepotum” (Parry 1963, pp. 74-75 )

El verso que cita Parry es ya el que cierra el pasaje, es decir, el 731 del libro octavo, y apela a ese interesante concepto, tan propio de esta parte de la Eneida, como es el de un “futuro” para Eneas que ya es pasado para los lectores de la obra. Esta perspectiva nos recuerda al Futuro pasado del historiador Koselleck, donde, verosímilmente, vemos enfrentada la experiencia que supone el pasado con la expectativa del futuro, perfectamente recogida en estos últimos versos del pasaje:

“Esto Eneas admira en el escudo

que a Venus dio Vulcano; no comprende,

mas goza en las figuras, y alza al hombro

las glorias y los hados de sus nietos” (Virg. Aen. 8, 729-731)

Todavía en latín se expresa mejor o de manera más sintética este, llamémosle, “goce de la incomprensión”: rerumque ignarus imagine gaudet. En ningún momento Parry cita a Broch en su trabajo, pero Broch se adivina y, como en otras señeras ocasiones de la historia de la filología, la creación literaria se adelanta a lo académico. De esta forma, Augusto quiso que la Eneida perpetuara su imagen, su legitimidad y orden más allá de su propia circunstancia.

  1. Conclusiones

El análisis de los cuatro monumentos vinculados a Octavio Augusto —la estatua de Prima Porta, las Res Gestae Divi Augusti, el Ara Pacis y la Eneida— permite comprender que el poder de Augusto no se construyó únicamente mediante la acción política o militar, sino también a través de un complejo imaginario capaz de proyectarse sobre la sociedad y de perdurar más allá de su propia época. Cada uno de estos elementos representa una dimensión diferente de ese poder: la imagen personal del líder, la legitimación de su autoridad, la paz entendida como resultado del orden y, finalmente, la construcción de una memoria destinada a perpetuar su figura.

Uno de los aspectos fundamentales que se desprenden del trabajo es la estrecha relación entre poder, orden y paz. La contraposición entre la etapa republicana, asociada a las guerras civiles y a la división política, y la llamada «Edad de Augusto», presentada como un período de estabilidad, permite entender cómo se construyó la imagen de un poder absoluto capaz de poner fin al desorden. De este modo, Augusto aparece ante la posteridad como la encarnación de una autoridad que encuentra su justificación precisamente en la paz y en la estabilidad que proporciona.

El estudio de la recepción moderna de estos monumentos demuestra, además, que el imaginario augusteo no pertenece exclusivamente a la Antigüedad. Las diferentes lecturas realizadas durante los siglos XIX y XX muestran cómo la figura de Augusto fue recuperada y reinterpretada en contextos políticos muy diversos. Especialmente significativa resulta su utilización durante las dictaduras y los regímenes autoritarios del siglo XX, donde determinados aspectos de su figura —el liderazgo personal, la concentración del poder, la restauración del orden, la paz y la recuperación de un pasado imperial— podían servir para legitimar nuevas formas de autoridad. Los documentos estudiados, publicados o reeditados en momentos como la dictadura de Primo de Rivera, el ascenso del fascismo y el nacionalsocialismo o el final de la Segunda Guerra Mundial, permiten observar con claridad este proceso de apropiación del pasado.

La estatua de Prima Porta ejemplifica especialmente bien la construcción de la imagen del líder. Su difusión en materiales educativos y su posterior utilización propagandística muestran cómo una representación artística de Augusto pudo convertirse en un modelo visual del poder personal. Del mismo modo, las Res Gestae muestran la importancia de que el propio gobernante construya y transmita el relato de sus éxitos, convirtiendo su trayectoria política en una narración legitimadora. La selección y difusión de estas fuentes durante los años treinta revela, además, que la recepción de Augusto podía adquirir una dimensión política concreta en contextos favorables a la concentración de la autoridad. El Ara Pacis, por su parte, permite observar la asociación entre Augusto, la paz y el orden. La recuperación y reconstrucción del monumento durante el fascismo italiano demuestra hasta qué punto la Antigüedad podía ser utilizada para establecer una continuidad simbólica entre el poder imperial romano y los regímenes contemporáneos. Sin embargo, la posterior reedición de la guía de Moretti después de la Segunda Guerra Mundial muestra también que un monumento puede desprenderse parcialmente de su contexto político original y adquirir nuevas lecturas. Por tanto, el imaginario no permanece estático, sino que se transforma según las necesidades y perspectivas de cada época.

Finalmente, la Eneida introduce una dimensión diferente: la capacidad de la literatura para convertir el poder político en memoria y en destino histórico. La relación entre Augusto, Virgilio y Eneas permite presentar al emperador como heredero y culminación de una historia que comienza con los orígenes míticos de Roma. Las diferentes interpretaciones de Virgilio estudiadas —desde la lectura providencial de Haecker hasta la visión mucho más crítica y problemática de Broch— demuestran que incluso una obra destinada a contribuir a la construcción de la imagen augustea puede ser reinterpretada posteriormente desde perspectivas muy diferentes.

En definitiva, el principal resultado del trabajo es comprobar que el poder de Augusto no reside únicamente en los monumentos que dejó, sino también en el imaginario que estos monumentos han generado y en las sucesivas apropiaciones que de ellos se han realizado. Imagen personal, legitimación, paz vinculada al orden y memoria perenne constituyen los cuatro grandes componentes de ese imaginario. Su pervivencia a través de distintos períodos históricos demuestra que la figura de Augusto ha servido como un modelo recurrente para pensar y representar el poder político.

Por ello, estudiar a Augusto desde la perspectiva de sus imaginarios permite superar una lectura exclusivamente histórica de su figura y comprender cómo la Antigüedad puede ser constantemente reconstruida desde el presente. El caso de Augusto pone de manifiesto, en último término, que las imágenes, los textos, los monumentos y las obras literarias no solo conservan la memoria del pasado, sino que también pueden convertirse en instrumentos para construir nuevas interpretaciones del poder. Su influencia llega así hasta nuestro tiempo, muchas veces de manera inconsciente, como parte de un imaginario político y cultural que continúa asociando la imagen del líder con su legitimación, basada en el orden, y el afán de pervivencia histórica.

Hispanic Handbooks on Greek Literature during the 19th Century: from Braulio Foz to Otfried Müller

20th Trends in Classics International Conference
Mapping the History of Greek Literary History
Thessaloniki, May 21-23, 2026.

Francisco García-Jurado and María José Barrios-Castro

Grupo de Investigación UCM “Historiografía y Recepción de la Literatura Grecolatina”. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

ABSTRACT

This paper examines the development of handbooks and syllabi on Greek Literary History published in Spain during the nineteenth century, analyzing them not merely as pedagogical tools but as expressions of broader intellectual and ideological transformations. Drawing on the Catalogue Raisonné of Hispanic Textbooks of Classical Literature (1782–1935), the study traces the gradual reception of modern European historiography of Greek Literature within the Spanish academic context. Particular attention is given to the influence of German scholarship, especially the historiographical frameworks established by Johann Joachim Winckelmann and Friedrich August Wolf, whose concepts of literary periodization and originality profoundly shaped the modern discipline. These ideas reached Spain largely through French intermediaries and were adapted to local cultural, political, and religious circumstances. The paper explores several key stages in this process: the earliest Spanish handbook by Braulio Foz and the French model represented by Alexis Pierron; the ideological division between liberal and conservative approaches to Greek Literary Historiography; and the singular contribution of Salvador Costanzo, whose work extended the scope of Greek Literature to Greco-Christian and Neo-Hellenic traditions. Finally, the Spanish translation of Otfried Müller’s Geschichte der Griechischen Literatur bis auf das Zeitalter Alexanders, promoted by Alfredo Adolfo Camús, is examined as the culmination of a long-standing aspiration to establish a rigorous and modern historiography of Greek Literature in Spain. Overall, the study reveals how the teaching of Greek Literary History became a site of cultural transfer, ideological debate, and scholarly modernization within nineteenth-century Spanish intellectual life.

INTRODUCTION

This paper does not aim simply to present a bibliography of nineteenth-century Spanish handbooks on Greek Literature. Instead, it offers a narrative about their intellectual significance and what they reveal about the development of Greek Literary History in Spain.

La digitalización de los manuales hispanos de literatura clásica ...

Drawing on the Catalogue Raisonné of Hispanic Textbooks of Classical Literature, we examine how modern European historiography—especially that developed in Germany—was gradually received and adapted in the Spanish academic context.

Greek Literary History, as a discipline, is deeply rooted in the intellectual tradition shaped by figures such as Johann Joachim Winckelmann and Friedrich August Wolf, whose ideas on literary periodization and originality transformed the study of antiquity. However, these ideas did not reach Spain directly: they were largely mediated through France and adapted to local cultural and ideological conditions.

In this paper, we will focus on four key moments:

a) the emergence of the first Spanish handbook and the role of French mediation;

b) the ideological divide between liberal and conservative approaches;

c) the exceptional case of Salvador Costanzo;

d) finally, the Spanish translation of the Literary History by Karl Otfried Müller, which represents the culmination of this historiographical process.

Overall, we argue that the teaching of Greek Literary History in nineteenth-century Spain became a site of cultural transfer, ideological debate, and scholarly modernization.

Let us begin with the first stage.

BRAULIO FOZ AND ALEXIS PIERRON: THE FIRST HANDBOOK AND THE FIRST TRANSLATION


The earliest Spanish handbook of Greek Literature was written by Braulio Foz and published in the mid-nineteenth century. His work represents a foundational moment: it is not only the first national attempt to systematize Greek Literary History, but also an example of how foreign historiographical models were selectively adapted. Foz simplifies the complex periodizations developed by German scholars and proposes a more accessible structure, better suited to local teaching needs.

Alongside this national initiative, we find an equally important phenomenon: the translation of foreign handbooks. A key example is the work of Alexis Pierron, which became highly influential in Spain. Unlike the more systematic German tradition, Pierron’s approach is more linear and less theoretical, aimed at a cultivated general audience rather than specialists.

This contrast between Foz and Pierron illustrates a broader pattern that will persist throughout the century: the coexistence of original Spanish works and translated foreign models. It also highlights the mediating role of France, through which German scholarship was often filtered before reaching Spain.

IDEOLOGICAL DIMENSION: LIBERALS VS. CONSERVATIVES

The second major aspect we would like to address is the ideological dimension of these handbooks. Nineteenth-century Spain was deeply divided between liberal and conservative positions, and this division is clearly reflected in the historiography of Greek Literature.

On the one hand, liberal authors tended to embrace European philological advances and to adopt a more open attitude toward Greek culture, including its pagan elements. Figures such as Raimundo González Andrés, Santiago Usoz y Río, and above all Alfredo Adolfo Camús exemplify this tendency.

These scholars promoted what we may call a philhellenic vision: not only were they interested in ancient Greece as a classical model, but also in its cultural continuity and its relevance for modern intellectual life. Their work shows a clear engagement with contemporary European scholarship and a desire to modernize Classical Studies in Spain.

On the other hand, conservative authors adopted a more cautious or even skeptical stance toward these innovations. Their handbooks often place greater emphasis on Christian literature and moral instruction, sometimes subordinating Greek pagan culture to a broader religious framework.

Writers such as Jacinto Díaz, Justo Álvarez Amandi, Pedro Bartolomé Casal, and José Campillo y Rodríguez illustrate this orientation. Their works tend to organize Greek Literature not only in historical terms, but also according to doctrinal or moral criteria, reflecting the influence of Neo-Catholic thought.

This ideological contrast shows that the historiography of Greek Literature was not a neutral scholarly field. On the contrary, it was deeply embedded in the political and cultural tensions of the time. The way Greek Literature was interpreted, organized, and taught depended on broader debates about religion, modernity, and national identity to a large extend.

SALVADOR COSTANZO

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A particularly interesting and somewhat exceptional case is that of Salvador Costanzo. His handbook stands out for its originality and for its attempt to expand the scope of Greek Literary History beyond its traditional limits.

Unlike most authors, who ended their accounts with the Byzantine period, Costanzo proposed a broader vision that included Greco-Christian and even modern Greek literature. In doing so, he challenged the conventional boundaries of the classical canon and presented Greek Literature as a continuous and evolving tradition.

Imagen 3 de 3 de Manual De Literatura Griega Salvador Costanzo 1860 1ra Ed

His work also incorporates elements that are largely absent from other handbooks, such as translations, critical commentary, and references to contemporary authors. This gives his book a more personal and interpretive character, reflecting his individual intellectual project.

At the same time, Costanzo’s work reveals the influence of Romantic and philhellenic ideas, particularly in his interest in modern Greece and its cultural revival. However, despite its originality, his handbook did not achieve the lasting impact that its author may have intended.

KARL OTFRIED MÜLLER

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This brings us to the final stage of this historiographical development: the Spanish translation of Karl Otfried Müller’s handbook on Greek Literature.

This translation, published in 1889 and promoted by Alfredo Adolfo Camús, represents a decisive moment in the consolidation of Greek Literary History as a modern academic discipline in Spain. Müller’s work embodies the rigorous and systematic approach characteristic of German philology, and its introduction into the Spanish context marked a significant step forward.

For Camús, this translation was not simply a scholarly project, but the realization of a long-standing intellectual aspiration: to provide Spain with a solid and scientifically grounded account of Greek Literature. In this sense, the publication of Müller’s handbook can be seen as the culmination of decades of efforts to modernize Classical Studies in Spain.

It also reflects a broader shift in academic culture, as Spanish scholars increasingly sought to align themselves with the most advanced European models. The contrast between Müller’s comprehensive work and earlier more elementary handbooks highlights the extent of this transformation.

CONCLUSIONS

In conclusion, the study of nineteenth-century Spanish handbooks on Greek Literature reveals a complex process of cultural transmission and intellectual change. These works were not merely pedagogical tools, but key instruments in the construction of a modern scholarly discipline.

Through them, we can observe how German historiographical models were introduced, adapted, and sometimes contested within the Spanish context, often through French mediation. We can also see how ideological divisions shaped the interpretation of Greek culture, influencing both the structure and the content of these histories.

Literature

-Primary sources

  1. Ancient handbooks published in Europe

Fabricius, Johann-Albert (1705-1728), Bibliotheca Graeca sive notitia Scriptorum Veterum Graecorum quorumcunque monumenta integra, aut fragmenta edita extant: tum plerorumque è MSS. ac deperditis, Hamburgi, Sumptu Christiani Liebezeit.

Ficker, Franz (1837), Histoire abrégée de la littérature classique ancienne, traduite de l’allemand de F. Ficker, professeur de Littérature Classique et d’Esthétique en l’Université de Vienne. Par M. Theil, membre de l’université. Première partie: littérature grecque, Paris, Chez L. Hachette.

Harless, Gottlieb Christoph (1812), Brevior notitia litteraturae Graecae in primis scriptoribus graecarum ordini temporis adcommodata, Lipsiae, In libraria Weidmannia.

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Schlegel, Friedrich (1843) Historia de la literatura antigua y moderna, escrita en alemán por Federico Schlegel. Traducida al castellano por P.C., I-II, Barcelona / Madrid, Imprenta de los SS. A. Pons y Cia.

Schöll, Friedrich (1808), Répertoire de Littérature Ancienne, Paris, Chez F. Schoell.

Schöll, Friedrich (1813), Histoire abrégé de la littérature Grecque, depuis son origine jusqu’à la prise de Constantinople par les Turcs, Paris, Chez F. Schoell.

Winckelmann, Johannes Joachim (1955), Historia del arte en la Antigüedad seguida de las Observaciones sobre la escultura de los antiguos, Madrid, Aguilar.

Wolf, Friedrich August (1787), Zu den Vorlesungen über die Geschichte der griechischen Literatur, Halle, In der Hemmerdesche Buchhandlung.

Wolf, Friedrich August (1831), Vorlesung über die Geschichte der griechischen Literatur. Herausgegeben von J. D. Gürtler, en Vorlesungen über die Alterthumswissenschaft. Herausgegeben von J. D. Gürtler, Zweiter Band, Leipzig, August Lehnhold.

  1. Spanish hanbooks

Álvarez Amandi, Justo (1881), Apuntes histórico-literarios sobre la antigua Grecia. Por el señor don Justo Álvarez Amandi, catedrático de la Universidad de Oviedo, Madrid, Imprenta de José Perales y Martínez (CRMHLC 63).

Campillo y Rodríguez, José (1882a), Lecciones de literatura griega para un curso de lección alterna de esta asignatura por D. José Campillo y Rodríguez, doctor en las facultades de derecho y filosofía y letras, y catedrático, por oposicion, de literatura griega y latina en la Universidad de Valladolid, Valladolid, Imp. y Libreria Nacional y Extranjera de hijos de Rodríguez (CRMHLC 67).

Campillo y Rodríguez, José (1882b), Programa de literatura griega acomodado al libro de texto por José Campillo y Rodríguez, catedrático, por oposición, de dicha asignatura en la Universidad Literaria de Valladolid, Valladolid, Imprenta, Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez (CRMHLC 68).

Camús, Alfredo Adolfo (1861), Programa de literatura clásica, griega y latina, presentado por el catedrático de esta asignatura en la Universidad Central Dr. D. Alfredo Adolfo Camus, Madrid, Imprenta de las Escuelas Pías (CRMHLC 32).

Casal, Pedro Bartolomé (1881), Epítome de literatura griega y latina por Fr. Pedro Bartolomé Casal, catedrático de universidad, Santiago, [s.n.] (Imprenta de D. Manuel Mirás y Alvarez) (CRMHLC 64).

Costanzo, Salvador (1860), Manual de literatura griega, con una breve noticia acerca de la literatura greco-cristiana, de los griegos que pasaron a Italia cuando los turcos se apoderaron de Constantinopla, y de la lengua y literatura de la Grecia moderna. Escrito por Salvador Costanzo, Madrid, [s.n.] (Est. Tip. de Mellado) (CRMHLC 31).

Díaz, Jacinto (1865), Historia de la literatura griega escrita por el Dr. D. Jacinto Díaz, Pbro. catedrático de literatura clásica en la Universidad de Sevilla, Barcelona, [s.n.] (Imp. del Diario de Barcelona) (CRMHLC 36).

Díaz, Jacinto (1866), Compendio de la historia de la literatura griega del Dr. Jacinto Díaz, Pbro. catedrático de literatura clásica en la Universidad de Sevilla, formado por el mismo para uso de los alumnos del año preparatorio de derecho, Barcelona, [s.n.] (imprenta del Diario de Barcelona) (CRMHLC 38).

Foz, Braulio (1849), Literatura griega: esto es, su historia, escritores, juicio de sus principales obras, y contestación a las críticas falsas ó incompetentes que se han hecho de ellas por Braulio Foz, catedrático de lengua griega de la Universidad Literaria de Zaragoza, Zaragoza, [s.n.] (imprenta de Antonio Gallifa) (CRMHLC 18).

Foz, Braulio (1853), Literatura griega, esto es, su historia, sus escritores y juicio critico de sus principales obras por Don Braulio Foz, catedrático de lengua griega en la Universidad Literaria de Zaragoza (obra señalada para la enseñanza pública.) Segunda edición, Zaragoza, Imprenta y Librería de Vicente Andrés (CRMHLC 24).

Foz, Braulio (1854), Literatura griega, esto es, su historia, sus escritores y juicio critico de sus principales obras por Don Braulio Foz, catedrático de lengua griega en la Universidad Literaria de Zaragoza (obra señalada para la enseñanza pública.) Tercera edición, Zaragoza, Imprenta y Librería de Vicente Andrés (CRMHLC 25).

González Andrés, Raimundo (1855), Breve exposición histórica de la literatura griega, dispuesta y ordenada para uso de sus discípulos por Raimundo González Andrés, catedrático de lengua y literatura griega en la Universidad de Granada, Madrid, Imprenta Nacional (CRMHLC 26).

González Andrés, Raimundo (1866), Breve exposición histórica de la literatura griega, por don Raimundo González Andrés, catedrático de literatura clásica en la Universidad de Granada. Segunda edición, Madrid, Imprenta y Libreria de Eusebio Aguado (CRMHLC 40).

González Emeritense, Casto (pseudonim of Fray Vicente Navas) (1792), Casti Gonzalesii Emeritensis Compendiaria in Graeciam via, sive praestantiorum linguae graecae scriptorum notitia, ad usum Hispanae iuventutis, [Madrid], ex Typographia Regia (CRMHLC 5).

Müller, Carlos Otfrido (1889), Historia de la literatura griega hasta la época de Alejandro anotada y continuada por Emilio Heitz. Traducida de la cuarta edición alemana por Ricardo de Hinojosa con un prólogo del Excmo. Sr. D. Alfredo Adolfo Camus, Madrid, Establ. Tip. de Ricardo Fé (CRMHLC 72).

Pierron, Alexis (1861), Historia de la literatura griega por M. Alejo Pierron; traducida de la segunda edición revista [sic], corregida y aumentada por Marcial Busquets, Madrid, Antonio de San Martín: Emilio Font; Habana: J. Turbiano; Barcelona, Librería de El Plus Ultra (Imp. de Luis Tasso) (CRMHLC 34).

Usoz y Río, Santiago (1860), Universidad Literaria de Santiago. Programa de literatura griega para el curso de 1859 á 1860, Santiago, [s.n.] (Imp. de Manuel Mirás) (CRMHLC 30).

-Studies

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Cerasuolo, Salvatore (1999), F. August Wolf, Esposizione della Scienza dell’Antichità, Napoli, Bibliopolis.

Clarín, Leopoldo Alas (1892), Ensayos y Revistas, Madrid, Manuel Fernandez y Lasanta Editor.

CRMHLC = García Jurado, Francisco (2019), Catálogo razonado de manuales hispanos de literatura clásica (CRMHLC) (1782-1935), Madrid, Guillermo Escolar, 2019.

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Hualde Pascual, Pilar (2017), “Alfredo Adolfo Camús: un intelectual entre la España isabelina y la Restauración alfonsina”, Revista de Hispanismo Filosófico 22, 73-96.

Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC): preliminares

Conviene que presentemos una introducción sucinta a lo que va a ser el AHTRC, especialmente dentro del mismo blog que está sirviendo como soporte básico para los enlaces que ilustran buena parte de los “encuentros complejos” representados en el Atlas. Somos conscientes de que estamos ante una labor ciclópea e inacabable, pues se trata de elaborar una fundamental cartografía de la lectura de los clásicos a lo largo del mundo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC)

https://zenodo.org/records/18726012

Dir. Francisco García Jurado

Universidad Complutense

El Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC) constituye un ambicioso proyecto de sistematización crítica orientado al estudio de los “encuentros complejos” entre la literatura grecolatina y las literaturas modernas. Concebido con una doble dimensión investigadora y didáctica, el Atlas aspira a convertirse en una herramienta de referencia para el análisis de la tradición clásica en el ámbito hispánico, sin perder de vista su proyección internacional y comparatista.

El documento inicial presenta una estructura rigurosamente organizada en ocho grandes bloques temáticos que recorren los principales géneros y ámbitos de la literatura antigua —épica, lírica, poesía didáctica, teatro y prosa (historiografía, novela, prosa filosófica y literatura técnica)— así como su pervivencia y resignificación en la modernidad. El enfoque no se limita a la noción tradicional de “influencia”, sino que adopta categorías críticas contemporáneas como la transtextualidad, la poligénesis cultural, el polisistema literario y la recepción activa del lector.

En su primera parte, el Atlas establece los fundamentos teóricos de la disciplina, atendiendo tanto a la historia del concepto de tradición clásica como a su diálogo con el comparatismo. Se subraya la dimensión estética y ética del pasado, así como la importancia de entender la relación entre antiguos y modernos como un proceso dinámico, histórico y problemático.

El núcleo del documento lo constituyen los estudios de casos organizados por géneros. Así, los paradigmas épicos (Homero, Virgilio y Ovidio) permiten analizar reescrituras, traducciones, parodias y lecturas críticas desde la Edad Media hasta el siglo XX. La lírica, la elegía y el epigrama evidencian la continuidad de formas y tópicos clásicos en la poesía moderna, mientras que la poesía didáctica y la sátira muestran cómo los textos antiguos dialogan con preocupaciones ideológicas y científicas contemporáneas.

El teatro ocupa un lugar central como espacio privilegiado de reescritura trágica y cómica, donde figuras como Prometeo, Antígona, Edipo o los personajes de la comedia latina se convierten en vehículos de reflexión filosófica, política y estética. De igual modo, la tradición historiográfica y novelística permite examinar la transformación de los modelos narrativos antiguos en la novela moderna y en la escritura ensayística.

Especial relevancia adquiere la sección dedicada a la prosa filosófica y científico-técnica, que demuestra cómo textos de Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca o Plinio el Viejo han sido reinterpretados como fuentes literarias, simbólicas o incluso ficcionales. El documento culmina con una reflexión sobre la Antigüedad Tardía y la noción de decadencia, entendida como categoría estética moderna.

Desde el punto de vista metodológico, el Atlas se caracteriza por:

-La articulación entre teoría y análisis textual.

-La atención a la traducción como forma privilegiada de recreación.

-El diálogo interdisciplinar entre literatura, filosofía, historiografía, arte y pensamiento político.

-La consideración de la recepción como proceso histórico, ideológico y creativo.

En conjunto, el Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica no solo ofrece un repertorio de obras, autores y problemas críticos, sino que propone una cartografía intelectual que permite comprender la Antigüedad como un horizonte dinámico de sentido en constante reformulación. Su valor reside tanto en la amplitud de su corpus como en la coherencia metodológica que articula los múltiples itinerarios de la tradición clásica en la modernidad.

Fedro y Augusto Monterroso. Un formidable encuentro complejo en torno a la antigua “brevitas” y el moderno microrrelato


Al lector desprevenido quizá le sorprenda que, por ejemplo, Aulo Gelio ocupe el título de un cuento de Andrea Camilleri. Se trata de un “encuentro complejo” e inesperado entre un autor antiguo y otro moderno. Entre ellos se tiene un puente rico e interminable que va más allá de una mera imitación. Hoy quería traer aquí otra relación curiosa y fructífera: la del fabulista latino Fedro con el autor hispanoamericano Augusto Monterroso. FRANCISCO GARCÍA JURADO HGLE
 
A la memoria de Tarsicio Herrera Zapién, traductor al latín de La oveja negra

Nos resulta difícil pensar que haya alguien, incluidos los niños, que no supieran darnos su versión de una fábula como la de la cigarra y la hormiga. Con razón dice Gérard Génette que la “fábula es casi íntegramente un género hipertextual y paródico”[1], hipertextual porque de manera indeleble subyace el texto clásico, ya sea de Esopo, Fedro, o La Fontaine (por no recordar nuestros fabulistas hispanos Iriarte, Samaniego y Hartzenbusch), y paródico porque siempre tenemos la posibilidad de reconvertir el asunto de la fábula a nuestro gusto, actualizándola o convirtiéndola en arma de doble filo. Estamos también de acuerdo con Genette cuando afirma que el éxito de la fábula viene dado por su brevedad y su notoriedad[2], condiciones necesarias para que sea un género tan popular. Esa brevedad o concisión, precisamente, tan acorde con el gusto por la breuitas en la literatura latina, convertida en una obsesión en los tiempos del Imperio[3], va a ser una de las metas de ciertos maestros del relato breve de nuestro siglo, entre quienes debemos destacar el autor en el que vamos a centrarnos en este capítulo, el guatemalteco exiliado en México Augusto Monterroso (1921), recreador irónico de fábulas, un eslabón más, el más moderno quizá, de la larga cadena que constituye este género, y autor de cuentos tan breves como el titulado “El dinosaurio”, que es como sigue:


“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”
(Obras completas (y otros cuentos), incluido en el volumen Cuentos, fábulas y lo demás es silencio, México, Alfaguara, 1996, p.69)
 

Precisamente, a la brevedad dedica nuestro autor las breves líneas siguientes, no exentas de sabor clásico:
 

“Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Sin embargo, en la sátira I,1, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujección al punto y coma, al punto.
A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.” (“La brevedad”, en Movimiento perpetuo, recogido en Cuentos, fábulas…, p.144)

 
A esta misma brevedad alude Gayo Julio Fedro (ca. 15 a.C.-ca. 55 p.C.) en los senarios que abren su libro segundo de fábulas[4]:
 

Sed si libuerit aliquid interponere,
Dictorum sensus ut delectet uarietas,
Bonas in partes, lector, accipias uelim,
Ita, si rependet illam breuitas gratiam.
Cuius uerbosa ne sit commendatio,
Attende, cur negare cupidis debeas,
Modestis etiam offerre, quod non petierint[5].

 
Monterroso se relaciona de manera “natural” con la fábula, pues es un cultivador consumado del relato breve y, quizá por ello, también un fabulista. Una suerte de alter ego literario de Augusto Monterroso es Eduardo Torres, quien en un ficticio ensayo titulado “De animales y hombres” se dedica a hacer una crítica literaria de la obra fabulística de su propio creador, Monterroso, concretamente de su libro titulado La oveja negra y demás fábulas. Veamos qué rasgos destaca acerca del género de la fábula en esta suerte de metacrítica:


“Decíamos que Monterroso va piano; pero debemos añadir que su parquedad corre pareja con su lentitud. De donde resulta que no sólo nos hace esperar sino que cuando se decide y nos da, nos da poco en cantidad. Y aquí viene a pelo un buen símil. ¿Habéis observado a la diligente Hormiga cuando lleva en los debilitados hombros una carga desproporcionada a sus fuerzas, cómo sufre, cuál cae aquí y allá, cuál se agita y gime y suda y a veces se duerme dulcemente acariciando quién sabe qué sueños, para después volver a su fardo, y cómo se angustia ante la lejanía de la meta final en que quizá, y aun sin quizá, la espera la bota del malvado campesino, o la vara del niño malo de la aldea que la aguarda con la sonrisa peculiar de la inocencia en los labios pero al mismo tiempo con la fría mirada del que piensa tan sólo en la destrucción de vidas laboriosas y útiles a la Sociedad? Tal los textos demasiado largos, sobre todo cuando se trata de textos breves y no de novelas… a las que pudiera pensarse malévolamente que me estoy refiriendo con el símil, tal vez más que traído por los cabellos, o las antenas, de este sufrido insecto. Cada quien, pues, lleve el fardo que sus energías le permitan, y recuerde que en cualquier caso arar ha sido siempre una tarea que pueden compartir al unísono el Buey y la Mosca, dicho esto sin entrar a saco en los difíciles terrenos del autor.
¿Quién lee hoy fábulas? ¿Quién lee al malicioso La Fontaine, a Esopo sabio, a Fedro prudente, a Hartzen­busch, al excelso conde, al ameno Lizarsi? Todo el mundo; quizá por ser éste un género reservado a muchos escrito­res y, por ende, con el sabor de la fruta del cercado ajeno (Garcila­so). Es probable que de ahí haya partido el interés de nuestro inquieto autor en brindarnos este puñado de apólogos o enxiemplos que, y esto ha trascendi­do ya por la prensa diaria y las revistas literarias de la capital, interesa por igual a niños (ver la fábula titulada “Origen de los ancianos”), jóvenes (ver “La honda de David”) y viejos (ver las restantes).” (La oveja negra, pp.309-310)


De nuevo, Monterroso trata graciosamente acerca de la brevedad y parquedad del género que cultiva, ejemplificándolo con distintas fábulas. Por otra parte, el tercer lugar que confiere al poeta latino Fedro en la enumeración de fabulistas, y su consideración elogiosa en el adjetivo “prudente”, frente a un “malicioso” La Fontaine y un “sabio” Esopo, nos da cierta idea de sintonía de Monterroso con el fabulista latino por excelencia, a pesar de que su figura aparezca presionada entre el griego Esopo y el francés La Fontaine, por citar acaso los dos más importantes. El Monterroso fabulista ha sabido captar perfectamente el tono y lenguaje de un Esopo o de un Fedro, adaptándolos a los tiempos y circunstancias modernos, no desprovisto de ironía con respeto al propio género, como es el reconocimiento a diversos especialistas de ciencias naturales al comienzo de la obra. Veamos un ejemplo significativo a partir de la fábula de Fedro titulada “La vaca, la cabra, la oveja y el león” (Phaed.1,5), que reproducimos primero en su versión original latina para facilitar la comparación:


VACCA, CAPELLA, OVIS ET LEO

Numquam est fidelis cum potente societas:
Testatur haec fabella propositum meum.
Vacca et capella et patiens ouis iniuriae
Socii fuere cum leone in saltibus.
Hi cum cepissent ceruum uasti corporis,
Sic est locutus partibus factis leo:
«Ego primam tollo, nominor quoniam leo;
Secundam, quia sum fortis, tribuetis mihi;
Tum, quia plus ualeo, me sequetur tertia;
Malo adficietur, siquis quartam tetigerit».
Sic totam praedam sola inprobitas abstulit.


Añadamos, además, esta traducción anónima recogida por Menéndez Pelayo[6]:

 
LA VACA, LA CABRA, LA OVEJA Y EL LEÓN.

Nunca con el potente
Fue fiel la compañía.
La fábula mía
Confirma mi propuesta claramente.
La Vaca y la Cabrilla, y la paciente
Oveja, compañeros del León fueron
En los bosques, y un Ciervo muy crecido
Entre todos cogieron,
El cual en cuatro partes dividido,
El león engreído
Habló de esta manera:
Me llaman León, me tomo la primera.
De aquesta misma suerte
Me daréis la segunda, pues soy fuerte;
También, porque más puedo,
Seguirá la tercera mi denuedo;
Nadie la cuarta toque;
Muy mal lo pasará quien lo provoque.
Con esto la maldad y la insolencia
Toda la presa entrega a su violencia.

 
La recreación y variación que hace Monterroso sobre la fábula de Fedro precisa en buena medida del texto subyacente que acabamos de leer para su perfecta comprensión. No en vano, como el mismo Monterroso reconoce, la conoce de memoria, como fruto de una más que especial relación con el latín a la que luego aludiremos. La nueva fábula, por lo demás, bien podría haber sido escrita por un Fedro actual, dado su respecto a las normas del género y su contenido crítico con el poder:


“La Vaca, la Cabra y la paciente Oveja[7] se aso­cia­ron un día con el León para gozar alguna vez de una vida tranquila, pues las depredaciones del monstruo (como lo llamaban a sus espaldas) las mantenían en una atmósfe­ra de angustia y zozobra de la que difícilmente podían esca­par como no fuera por las buenas.
Con la conocida habilidad cinegética de los cuatro, cierta tarde cazaron un ágil Ciervo (cuya carne por su­puesto repugnaba a la Vaca, a la Cabra y a la Oveja, acostumbradas como estaban a alimentarse con las hierbas que cogían[8]) y de acuerdo con el convenio dividieron el vasto cuerpo[9] en partes iguales.
Aquí, profiriendo al unísono toda clase de quejas y aduciendo su indefensión y extrema debilidad, las tres se pusieron a vociferar acalorada­mente, confabuladas de ante­mano para quedarse también con la parte del León, pues, como enseñaba la Hormiga, querían guardar algo para los días duros del invierno.
Pero esta vez el León ni siquiera se tomó el trabajo de enumerar las sabidas razones[10] por las cuales el Cier­­­vo le pertenecía a él solo, sino que se las comió allí mismo de una sentada, en medio de los largos gritos de ellas en que se escuchaban expresiones como Contrato Social, Constitución, Derechos Humanos y otras igualmente fuertes y decisivas.” (La oveja negra, p.208)

 
Nótese la fina ironía, sobre todo en la intencionada translación al presente, con términos como Derechos Humanos, o Constitución, que nos vuelve a mostrar un texto de inquietudes sociales y políticas. El texto latino de Fedro, aunque presupuesto en la fábula (“enumerar las sabidas razones”), aflora esporádicamente en los adjetivos “paciente” –patiens– (“la paciente Oveja”), o “vasto” –uastus– (“el vasto cuerpo”). El respeto a las convenciones del género es escrupuloso, haciendo hincapié siempre en el carácter universal de los protagonistas, frente a la posibilidad del personaje individual propio de un cuento[11], lo que refuerza, además, con alusiones a otras fábulas, como la de la hormiga. La historia no acaba aquí, pues, como si de una ironía del destino se tratara, el libro de Monterroso donde se contiene esta fábula ha sido traducido al latín por Tarsicio Herrera Zapién, con el título de Ouis nigra atque caeterae fabulae[12]. El mismo Monterroso nos comenta ante este hecho: “¿Cómo podía imaginar allá lejos que algún día mis propias fábulas estarían traducidas al idioma que me abrió las puertas a las maliciosas expresiones de Aristófanes por uno de estos sabios peripatéticos, concretamente por Tarsicio Herrera Zapién, traductor de Horacio y de Tibulo? Sólo se cumple lo que no se ha soñado”[13].
 
No podemos resistirnos a reproducir la versión latina que el Dr. Herrera Zapién hizo del propio texto de Monterroso. Si del latín de Fedro nos trasladábamos mágicamente hasta la moderna fábula de Monterroso, ahora regresamos a la lengua de Fedro desde una perspectiva tan inédita como admirable:
 
LEONIS PORTIO
 
Vacca et Capella et Patiens Ovis injuriae socii fuere cum Leone ut aliquando quieta frueretur vita, nam praedationes monstri (ut post ejus tergum appellabant) in angustiae et timoris circuitu eas teneba[n]t, ex quo difficile effugere nisi suaviter in modo poterant.
Nota cum venatoria quattuor illorum habilitate, vespere quodam agilem Cervum et Ovis refugiebant, nam de more herbas collectas pascebant) et ex pacto vastum c[o]rpus aequales in partes diviserunt.
Hic, simul omnimodas edentes querelas suamque aegritudinem et debilitatem extremam adducentes, tres illae vehementer clamare inceperunt, a priori conspirantes ut etiam Leonis portionem retinerent, nam ut Formica explicabat, aliquid ad arduos hiemis dies servare volebant.
Num vero, nequidem opus fecit Leo notas rationes adnumerandi ex quibus sibi soli Cervu[m] spectabat, sed ibidem esas uno consessu devoravit, longos inter earum clamores in quibus verba ut socialis contractus, Constitutio, humana jura aliaque aeque valida et definitiva audiebantur.
(Augusto Monterroso, Ovis nigra atque caeterae fabulae. Latine vertit Tharsicius Herrera Zapién, Philosophiae Litterarumque Facultas Nationalis Autonoma Mexicana Universitas, In Universitatis Urbe, MCMLXXXVIII, p. 49)
 
 
FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Palimpsestos…, p.89. Véase también el más reciente estudio de Carlos García Gual, El zorro y el cuervo. Diez versio­nes de una famosa fábula, Madrid, Alianza, 1995, p.19.
[2] Palimpsestos…, p.89.
[3] José Carlos Fernández Corte y Antonio Moreno, Antología de la literatura latina (ss. III a.C.-II d.C.), Madrid, Alianza, 1996, p.51.
[4] El propio La Fotaine recurría en el prefacio de su obra fabulística a unos versos del “Ars Poetica” de Horacio con motivo del cuento “Parturient Montes”, de Juan José Arreola (V.1): “et quae / desperat tractata nitescere posse relinquit”.
[5] “Mas si me agradase intercalar algo, / para que la variedad de los dichos deleite los sentidos, / desearía que lo recibas de buen grado, lector. / De tal forma, la brevedad compensará ese favor. / Y para que la recomendación de esto no sea superflua, / presta atención a porqué debes negar a los ávidos / y otorgar a los moderados lo que no han pedido”.
[6] Fue publicada en el Diario de Valencia el 23 de octubre de 1799 (Menéndez Pelayo, Bibliografía…, tomo III, p.350).
[7] Es prácticamente el verso tercero de la fábula de Fedro: Vacca et capella et patiens ouis (…).
[8] Monterroso señala el absurdo de la fábula de Fedro, donde se nos escapa ciertamente el sentido último que puede tener el hecho de que unos animales herbívoros tengan interés en la caza de un ciervo. Nótense también los ecos literarios del texto.
[9] Recuérdese el verso 5 de Fedro: ceruum uasti corporis.
[10] Es decir, las enumeradas en los versos 7 a 10 de la fábula de Fedro.
[11] “El protagonista de la fábula es el universal, como lo prueba el que ya lleve artículo determinado en su agnición o primera aparición; sólo el universal, por cuanto comporta el acto intencional que refleja la mención sobre la lengua misma, constituye, en efecto, en «personaje» un ser ya conocido por todo oyente: «el cordero bajó a beber al río; el lobo,, que estaba bebiendo aguas arriba de él, le dijo…». El protagonista del cuento es, en cambio, un particular individual indefinido, como lo prueba el que su mención de agnición se componga de un nombre común precedido de artículo indeterminado: «Había una vez un molinero que tenía una mujer joven y hermosa…» (…)” (Rafael Sánchez Ferlosio, “Un esquema”, en EL PAÍS, 24 de agosto de 1996).
[12] Publicado por la Universidad Autónoma de México. Agradezco a Carlos Mariscal de Gante su regalo de un ejemplar.
[13] Tomado del sabrosísimo artículo de Augusto Monterroso titulado “Mi relación más que ambigua con el latín”, publicado en Diario 16 el 26 de mayo de 1990.
 

El “Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica” (AHTRC) y su doble dimensión investigadora y didáctica

 

Ponencia plenaria presentada en el III Congreso Internacional de Formación Permanente “Estudios Literarios. Nuevos paradigmas de lectura del texto literario” (29 y 30 de enero de 2026). FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

-Qué es el AHTRC

El AHTRC es un recurso multifuncional cuyo documento previo, continuamente actualizado, puede consultarse en el repositorio ZENODO (García-Jurado, F. (2025). ATLAS HISPÁNICO DE LA TRADICIÓN Y RECEPCIÓN CLÁSICA [AHTRC]) (https://doi.org/10.5281/zenodo.17879284).

El Atlas se inscribe dentro de las actividades del Grupo de Investigación UCM “Historiografía y Recepción de la Literatura Grecolatina”, que se creó en 2004.  

Justificación del título:

-por qué se enuncia como un “Atlas”: la importancia de la geolocalización de las modernas lecturas de los clásicos (deslocalización y globalidad)

-por qué es “Hispánico”: un planteamiento que retomamos del Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (DHTRC) para reivindicar una visión hispánica de los fenómenos estudiados, frente al predominio anglosajón

-por qué trata acerca de la “Tradición y Recepción Clásica”: se trata de dos disciplinas que normalmente estudian un fenómeno común desde diferentes perspectivas:

La Tradición Clásica se centra en la transmisión histórica y canónica de los textos grecolatinos, a menudo vista como un conjunto más estático de obras maestras, mientras que la Recepción Clásica es un campo más dinámico que estudia cómo esos textos son re-leídos, adaptados y reimaginados a lo largo del tiempo por autores y culturas posteriores, revelando nuevas significaciones en un proceso de diálogo continuo entre pasado y presente. La principal diferencia radica en que la tradición es más enfocada en la historia y el canon, y la recepción en la estética, la relectura y la influencia cambiante, abriendo el estudio de los clásicos a interpretaciones más fluidas y menos dogmáticas.

Véase nuestro trabajo “Tradición frente a Recepción clásica: Historia frente a Estética, autor frente a lector” https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-30582015000300009 

-Qué se recoge en el AHTRC

El AHTRC reúne la experiencia de más de tres décadas dedicadas al estudio de los “encuentros complejos” entre autores antiguos y modernos, con especial atención a los siglos XIX-XXI, que es cuando la Tradición Clásica dejó de ser la tradición literaria por excelencia.

Los “encuentros complejos entre autores antiguos y modernos” se refieren a las relaciones multifacéticas e intertextuales que superan la mera influencia cronológica, donde los textos antiguos no son simplemente modelos pasivos, sino que dialogan, se reinterpretan e incluso generan tensión con las estéticas y sensibilidades modernas.

Tras un tema dedicado a aspectos teóricos e históricos de la disciplina como tal, el AHTRC se articula de manera práctica en torno a los géneros literarios antiguos (épica, lírica, poesía didáctica, teatro y géneros en prosa) y reúne dentro de cada uno una selección razonada de las lecturas modernas que se han hecho de los clásicos en sus diversas modalidades transtextuales, así como las tensiones que las han motivado, con el fin de constituir “conjuntos supranacionales” en torno a las modernas lecturas de un clásico grecolatino o una obra concreta. Pongamos el ejemplo de las modernas lecturas en torno a las Geórgicas de Virgilio recogidas en el AHTRC:

La poesía del campo. Las Geórgicas de Virgilio

-Hesíodo y Virgilio: la paradoja de la poesía útil y la dicotomía entre el campo y la ciudad

-La impronta simbolista: La vie des abeilles de Maurice Maeterlinck. Ensayo y aproximación simbolista

-Vituperios y elogios en torno a las Geórgicas: Joris Karl Huysmans, José María Eça de Queiroz y Cristóbal Serra. La construcción de un conjunto supranacional. Semblanza y ensayo

-Antonio Machado, Gabriel Miró y Valle-Inclán: paisaje y nostalgia

-”The land”, de Vita Sacville-West: “monotonía clásica” y el intertexto de las Geórgicas

-La mirada de las Geórgicas desde el Nouveau Roman francés: Claude Simon

-”Cosmogonía del libro I de las Geórgicas”, de Antonio Colinas: la naturaleza como argumento esencial

-“Elogio del librero”, de Héctor Yánover: naturaleza y literatura. Reescritura paródica

-“Todavía Virgilio”, de Andrés Trapiello: un “saber a medias”. La semblanza como ensayo

-Lectura de algunos poemas del libro Egle y Suertes virgilianas, de Carmen Iriondo: literatura y azar. Recreación de las Geórgicas en clave de mujer

Acerca de la construcción de un conjunto supranacional en torno a la moderna lectura de las Geórgicas véase Entre las Geórgicas (lo uno) y los textos modernos (lo diverso): hacia un conjunto supranacional. Reinventar la Antigüedad. Recuperado 13 de enero de 2026 de https://doi.org/10.58079/13ko0 

-La doble misión didáctica e investigadora del AHTRC

La misión del AHTRC consiste en fomentar tanto la didáctica como la investigación en el ámbito de la Tradición y la Recepción Clásica, aspectos que en la práctica se complementan a la perfección. La didáctica corrige en buena medida la especialización y el atomismo al que tienden las investigaciones concretas, mientras que la investigación proporciona nuevas perspectivas verdaderamente enriquecedoras y permite alimentar el AHTRC con nuevos “encuentros complejos”. De esta forma, el AHTRC se nutre y enriquece gracias tanto a la actividad docente como a la investigadora, en un intento práctico de conciliar estos dos ámbitos, a menudo desconectados, mediante el estímulo mutuo de tales actividades.

De hecho estamos utilizando el AHTRC tanto para ayudarnos con nuestra docencia en las disciplinas de “Tradición Clásica” (grado de Filología Clásica) y “Pervivencia de la literatura grecolatina” (máster de Formación del Profesorado) en la Universidad Complutense como para registrar el curso de la investigación en este ámbito. De una manera práctica, llevamos a cabo selecciones de cada uno de los diferentes apartados del AHTRC, y tales selecciones son las que se convierten en materia docente. Nuestras selecciones pueden variar de un curso a otro.

-Dónde puede consultar el AHTRC en su versión inicial

Tal como se ha indicado, el AHTRC se encuentra actualmente alojado, en calidad de documento previo, en el repositorio ZENODO (EU Open Research Repository), y sobre sus materiales se pretende crear una página web (www.ucm.es/ahtrc/) articulada de acuerdo a los diversos géneros literarios de la Antigüedad a los que ya nos hemos referido anteriormente. Además de la exposición sistemática de los datos relativos a encuentros complejos, se pretende ir dotando a tales relaciones literarias de enlaces tanto a fuentes primarias (en caso de que sea factible) como a fuentes secundarias (estudios académicos o divulgativos). En este sentido, no solo se enlazarán materiales escritos o publicados previamente, sino que, en caso de su ausencia, se irán creando contenidos específicos que aparecerán publicados en el blog REINVENTAR LA ANTIGÜEDAD (ISSN: 2340-8707).

En lo que respecta al tema primero, de naturaleza teórica, los enlaces preferentes se hacen a la versión online del Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (DHTRC): https://www.ucm.es/dhtc/dhtc-web.

-Cuál es objetivo académico del AHTRC

El objetivo académico del AHTRC es documentar los diferentes “encuentros complejos” entre textos antiguos y modernos. Pongamos un ejemplo: partimos de la relación entre la obra médica de Dioscórides y el poemario titulado Homenaje a Dioscórides de Rafael León. Actualmente, no se dispone de un estudio que, cuando menos, presente la problemática transtextual entre el libro VI de su Material medicinal, atribuido a este autor y vertido en el siglo XVI a la lengua española por Andrés Laguna, y la obra poética de Rafael León, que incluso incorpora grabados de plantas tomados de la edición renacentista de 1555. Esta sería una ocasión propicia para redactar un blog que contextualice este encuentro complejo, tratando de plantear las relaciones transtextuales posibles, así como las tensiones (como la planteada por la  relación entre la antigua ciencia y la moderna poesía) que han podido motivar tales relaciones. Por lo demás, también habría que asociar la obra de Rafael León a la que años más tarde llevó a cabo Antonio Gamoneda en su Libro de los venenos, y tratar de determinar si existe o no una relación genética entre ambos poetas modernos.  

-Qué otros recursos se quieren desarrollar en el AHTRC: la geolocalización y la base de datos (plan de gestión de datos)

Además de los hipervínculos, se pretende llevar a cabo una geolocalización relativa a los lugares donde se han publicado las obras modernas en torno a un autor clásico, de forma que se pueda observar cómo los fenómenos de recepción clásica se han convertido en factores globales. Esta labor será asumida por la Dra. Mónica de Almeida, quien ya ha ensayado para esta charla cómo sería la geolocalización de las lecturas modernas de Ovidio contempladas en el AHTRC. 

Asimismo, se quiere desarrollar una base de datos que permita establecer sistemáticamente las relaciones posibles entre autores antiguos y modernos. Esta base de datos debe cumplir los requisitos que actualmente se requieren para el desarrollo de los proyectos de investigación en materia de Plan de Gestión de Datos, de manera que sean Findable (Encontrables), Accessible (Accesibles), Interoperable (Interoperables) y Reusable (Reutilizables).

-Conclusiones

El AHTRC es un recurso singular que contempla una doble dimensión didáctica e investigadora. Aprovecha la experiencia de treinta años de investigación en el ámbito de la Tradición y Recepción Clásica, al tiempo que se abre directamente al futuro.

Roma en Madrid. Introducción a las ciudades imaginarias

Italo Calvino escribió acerca de una intuición que no pocas personas habremos tenido alguna vez en nuestra vida: la de ver ciudades lejanas en nuestro paisaje urbano de cada día, o la de entrever nuestra ciudad en lugares remotos. En realidad, las “ciudades invisibles” de Calvino habitan en nuestra manera de sentir las calles y las plazas. El itinerario didáctico “Roma en Madrid” comienza en la Puerta de Toledo y llega por la calle de Bailén hasta lo que en su momento fue el Palacio de Godoy. Nuestro propósito es evocar diversos aspectos de la ciudad de Roma en el contexto de la de Madrid. Entre otras cosas, hablaremos del tridente barroco, las puertas conmemorativas, las fachadas borrominianas, los orígenes míticos de Madrid y sus colinas, el concepto romántico de ruina, los imaginarios de la monarquía y la república, así como de otras sorpresas sutiles. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA CLÁSICA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Conviene, lo primero de todo, aclarar lo que NO es esta actividad: NO se trata de un excursión turística: vamos a visitar lugares “invisibles” o evocados, si bien para ello nos ayudaremos de lo visible. Quien organiza esta actividad NO es un guía turístico, sino un catedrático de universidad (a veces el público confunde a quienes organizamos actividades de la Semana de la Ciencia con guías, pero nos dedicamos a cosas diferentes). En realidad, esta actividad nace de la asignatura “Roma imaginada”, que se imparte dentro del grado de Filología Clásica de la Universidad Complutense, y tiene que ver con el uso de los imaginarios de Roma en el mundo moderno. TAMPOCO se trata de un mero paseo por Madrid, sino de una experiencia académica que maneja el criterio de las “ciudades invisibles” de Italo Calvino: es decir, ciudades que podemos entrever dentro de otras. Una vez aclarados estos términos, pasamos a describir brevemente la actividad.

Nos proponemos presentar el imaginario de una ciudad evocada en otra. En este caso, se trata de ver aspectos muy significativos de la ciudad de Roma (la antigua y la barroca) en la ciudad de Madrid. Nuestro punto de encuentro es la Puerta de Toledo. En aquel lugar, aprovecharemos no solo para hablar acerca de los arcos conmemorativos (el elemento más visible de nuestro lugar de encuentro), sino de otro elemento en que se evoca de manera muy específica la ciudad de Roma: el tridente conformado por las tres calles que descienden hacia el río (el Paseo de los Pontones, la Calle de Toledo y el Paseo de los Olmos). Este sistema de urbanización tridentina proviene de la época de Carlos III, en el siglo XVIII, donde se utilizó el tridente barroco de la Plaza del Pueblo en Roma para urbanizar la periferia de Madrid desde la plaza de Atocha. 

Nuestro paseo continúa luego por la Gran Vía de San Francisco hasta la Calle de Sam Bernabé, donde contemplaremos la fachada barroca de la Capilla del Hospital de la Venerable Orden Tercera de San Francisco. Esta fachada se caracteriza por los tres cuerpos en que se divide, enmarcada en pilastras cóncavas de orden gigante. Es la ocasión perfecta para evocar el dinamismo arquitectónico de la Roma de Borromini.

Como contrapunto, seguiremos paseando ahora hasta San Francisco El Grande, cuya planta circular, según se dice, se inspira en el Templo de Jerusalén, pero que no por ello deja de tener clarísimos referentes en en propio Panteón de Roma, en especial si nos fijamos en la impresionante cúpula.

Plaza de la Rotonda - La plaza del Panteón - Guía En Roma

Nuestro paseo gira ahora a la izquierda para internarse por la Calle de San Buenaventura, por la que llegaremos hasta el Jardín de las Vistillas. Es un momento único para poder evocar las colinas de Roma, en particular la del Gianicolo, y comenzaremos a tratar acerca de los orígenes míticos de Madrid, es decir, lo de la Mantua Carpetanorum. Sin embargo, los orígenes históricos de Madrid tienen más que ver con la Magerit árabe (Mayit), parte de cuyas ruinas pueden visitarse si recorremos el viaducto y luego, tras girar a la izquierda a la altura de la Calle Mayor, descendemos levemente hasta el ábside de la Catedra de la Almudena. Si hoy podemos contemplar esta ruinas es, paradójicamente, porque en Roma se creó una estética específica que todavía hoy podemos admirar en su antiguo foro.

Foto de triumphal arch

Después de esta evocación de la estética de la ruina retomaremos nuestra ruta en la Calle Bailén para llegar hasta la Plaza de Oriente, donde nos esperan las estatuas de los reyes hispanos (Paseo de las Estatuas). Será una ocasión única para hablar acerca de la antigua monarquía romana, a la que se contrapone luego el imaginario de la república. 

Estatuas en la Plaza de Oriente. Madrid, 2018 ©ReviveMadrid

Pero la Plaza de Oriente nos depara una preciosa sorpresa en el pedestal de la estatua de Felipe IV. En ella aparece la representación del río Manzanares en forma de anciano:

Esta representación evoca las antiguas representaciones de ríos, como la del Tíber, que podemos admirar en los Museos Vaticanos:

Pero también nos podemos trasladar idealmente hasta la Piazza Navona de Roma, donde podemos admirar la representación de cuatro grandes ríos pertenecientes a sendos continentes: el Nilo, el Río de la Plata, el Danubio y el Ganges.

Foto de travertine

Volviendo a Madrid, hace poco se ha vuelto a abrir restaurado el Patio Histórico de San Andrés, el segundo más antiguo de la Sacramental de San Isidro. En él puede admirarse un relieve antiguo de la primera mitad del siglo XIX que evoca la memoria de dos niños ahogados en el río Henares a los que un ángel conduce al cielo, mientras el propio río, representado como un anciano (a la manera de la iconografía clásica del Tíber o del Nilo), se muestra sumido en la tristeza.

Ahora vamos a visitar una verdadera rareza prácticamente invisible para el público, a pesar de estar a la vista: una corona mural junto a Palacio. Las coronas murales, frente a la reales, se vinculan normalmente con la república. Esta corona remonta seguramente al siglo XIX, y nos dará ocasión para evocar algunos aspectos relativos a la iconografía del poder.

Finalmente, llegaremos hasta donde se encuentran los sótanos del Palacio de Godoy, derruido ya en el siglo XX para poder urbanizar la Calle de Bailén tal y como hoy la conocemos. Estas ruinas nos permitirán evocar otras bastante más famosas de Roma: las de la Domus Aurea de Nerón.

Cuando completemos el recorrido es posible que tengamos una duda razonable: ¿en realidad, en qué ciudad hemos estado? FRANCISCO GARCÍA JURADO

Pompeya. El eterno regreso a una ciudad renacida

Una vez más, volvemos a Pompeya con la alegría de reconocer ya en ella una parte de nuestras emociones y recuerdos más felices. Todavía recordamos el educado grupo de estudiantes colombianos con quienes compartimos la visita de algunas de las casas que tan solo podían visitarse tras la previa concertación. Les guiaba su profesora de latín, una persona amabilísima. Aquella mezcla de ruinas y de juventud dorada, de pasado inmarcesible que motiva un viaje inolvidable es, en buena medida, la que ha hecho de Pompeya un lugar de peregrinación obligada desde el mismo siglo XVIII. POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Hace ya tiempo que acariciamos la idea de emprender un ambicioso viaje que quisiéramos titular “Reconstrucción de la mirada: el Grand Tour”. El profesor José María Luzón nos puso la miel en los labios cuando organizó en 1993, la exposición sobre el Westmorland, la fragata proveniente de Livorno que iba repleta de un imponente cargamento de recuerdos procedentes de uno de aquellos viajes, y que terminaron en España, concretamente en la Real Academia de Bellas Artes. El Museo Getty organizó, asimismo, una magnífica exposición sobre aquel “Gran” recorrido que sólo pudimos visitar de manera virtual, aunque luego, en las tiendas del Palacio Real de Madrid, logramos encontrar uno de sus souvenirs, la réplica de una cajita de pequeños medallones (“Intaglio Colletion”) que reproducen esculturas de la Antigüedad (podéis verla en la fotografía superior). Aquí está el origen de los recuerdos turísticos que luego, con tan mal gusto (excepto los del Metropolitan y algún otro museo) proliferan por los tenderetes de lugares arqueológicos. Quizá el gran libro de las Antigüedades de Sir William Hamilton terminó por completar esta colección de sueños, pues no deja de ser, en su formato infolio, un verdadero museo de la Antigüedad vista a través de los ojos del siglo XVIII. Hamilton estuvo enamorado del Vesubio como quizá pocas personas pueden enamorarse de un volcán. El hecho de que en el Westmorland también se encontrara uno de aquellos ejemplares ilustrados sobre el Vesubio cierra magníficamente este círculo mágico.
En nuestro afán por reconstruir el Gran Tour de los jóvenes ingleses del siglo XVIII como verdadero viaje de iniciación, por un lado, y de reinvención de la Antigüedad, por otro, nos encontramos con los magníficos lugares de Herculano y Pompeya.

Como apunta Mary Beard en un conocido libro sobre Pompeya, la ciudad ha tenido dos vidas, una antigua y otra moderna. En realidad, se trata de existencias distintas, con habitantes que nada tienen que ver entre ellos. Estamos hablando, naturalmente, de los antiguos pompeyanos y de los nuevos descubridores, a los que han seguido otros extraños habitantes, más bien invasores, llamados turistas.
El descubrimiento de Pompeya fue una revelación tanto para el conocimiento de la Antigüedad y la vida cotidiana como un importante motivo de inspiración estética (el estilo pompeyano influyó sobre la decoración palaciega a partir del siglo XVIII). De manera fortuita, el día 2 de abril de 1748 aparecieron los primeros restos de Pompeya. Son los tiempos del próspero reinado de Carlos VII de Nápoles, futuro rey Carlos III de España. Un ingeniero español al servicio del rey, Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), emprendió las excavaciones por medio de túneles sin saber todavía que lo que estaba bajo sus pies era la ciudad de Pompeya. La Historia parece haber sepultado al ingeniero durante mucho tiempo, al igual que la ciudad que descubrió. Uno de sus grandes detractores fue Johann Joachim Winckelmann, padre de la moderna historia del arte y por aquel entonces conservador de las antigüedades del Vaticano. Éste no creyó que en aquel lugar donde excavaba Alcubierre fueran a aparecer objetos artísticos ni confió jamás en los conocimientos arqueológicos del ingeniero español. Sin embargo, Pompeya volvió a la Historia, en este caso la historia moderna, repleta de tesoros artísticos y arqueológicos que acarrearon nuevos problemas. El principal era la condición de “cantera arqueológica” que adquirió el lugar durante muchos años, para el embellecimiento de los lugares de la corte. Cuando Goethe visita estas ruinas el 18 de marzo de 1787 se lamenta de que las excavaciones no se realizaran de manera metódica a cargo de mineros alemanes. Ya sabemos que cada época tiene su forma de hacer arqueología, pero no le faltaba razón.
No será hasta el siglo XIX cuando Giuseppe Fiorelli (1823-1896), catedrático de Arqueología en Nápoles, se hizo cargo de la excavación científica de Pompeya. Fiorelli ordenó la excavación metódica y limpió las calles para poder establecer de esta manera un plano de la ciudad, enumerando las insulae o manzanas. Una de las cosas más importantes fue el cambio de método ante los hallazgos, ya que ahora se hizo pertinente la localización precisa de cada objeto. Asimismo, Fiorelli ideó una forma de rellenar con una sustancia parecida al yeso las oquedades que habían dejado dentro de la lava los cuerpos y objetos perecederos. De esta forma, logró extraer impresionantes moldes que reproducían con exactitud y crudeza las posiciones adoptadas por los seres vivos, animales y personas, en el momento de su muerte.
Pero tan importantes como los descubrimientos arqueológicos en sí son sus interpretaciones modernas. Los nombres que se dan a las casas hoy día no dejan de ser ingeniosas invenciones. Es el caso de la llamada casa del moralista, denominada así por las inscripciones donde se nos prohíbe echar miradas lascivas, tentar a las mujeres ajenas o ser soez. Otra de las casas, la llamada del poeta trágico, se denominó de esta manera por sus pinturas relativas a la tragedia griega. Esta casa inspiró una de las más hermosas y famosas recreaciones literarias en la novela Los últimos días de Pompeya. Así lo vemos cuando habla uno de los personajes:

“Sin embargo, te agradan los eruditos, y el amor que sientes hacia la poesía, bien claramente se descubre en la pinturas de tu casa, donde admiramos a Esquilo y a Homero; al género dramático y a la epopeya.”

Quizá la mejor de todas estas modernas denominaciones sea la que ha puesto nombre a la propia erupción del volcán, llamada “pliniana” en honor del gran naturalista que allí encontró la muerte.
De todo lo encontrado en Pompeya, lo que mas tabúes ha supuesto para la interpretación moderna ha sido la propia mentalidad sexual romana. No fue hasta el 24 de agosto del año 2000 cuando el Museo Arqueológico de Nápoles se decidió a reabrir las salas de su Gabinete Secreto, integrado por 312 obras que han estado ocultas durante dos siglos. El gabinete, también llamado erótico, se creó en 1763 y permaneció expuesto con normalidad hasta 1819, cuando tras una visita con su hija de Francisco I, duque de Calabria y futuro rey de Nápoles, se decidió que a partir de ese momento sólo podrían contemplar aquellas piezas personas maduras y de buena reputación. El cambio de denominación del gabinete va desde el eufemismo de “secreto” hasta el juicio moral: “Colección pornográfica”. El historiador del arte Brian Sewell destaca la abundancia que hay en él de grandes falos, originariamente situados en los huertos como símbolo de fertilidad, y sugiere que aquellos descomunales miembros viriles, pintados de rojo, hoy encuentran su correlato en los famosos gnomos o enanos de jardín.
Pero si el sexo es impactante, no lo es menos la propia muerte. Los impresionantes vaciados de seres humanos a los que ya nos hemos referido y cuya huella permanece al cabo de los siglos tras deshacerse la materia orgánica bajo la lava seca son, posiblemente, el testimonio más conmovedor de cuantas cosas podemos admirar en la ciudad fantasma: no dejan de ser aire que se ha vuelto Historia. Ese mismo vacío es el que puede sentirse al pasear por aquellas calles, que hoy parecen intactas si las comparamos con otras ruinas de la Antigüedad donde sí se ha hecho presente y palpable el devastador paso del tiempo. También tenemos la misma sensación al entrar en las casas y los diferentes lugares. Aquella vida cotidiana, despojada de sus protagonistas, hoy vive ya para siempre en nuestro imaginario moderno.

María José Barrios Castro y Francisco García Jurado. Doctores en Filología Clásicas y miembros del Grupo UCM de Investigación “Historiografía y Recepción de la literatura griega y latina”

La Filología Latina y la moderna Universidad de Madrid: ensayo historiográfico

Hace unos meses, por loable iniciativa del profesor Emilio Peral Vega y de la profesora Carolina Rodríguez López, se publicó un interesante libro dedicado a los últimos 90 años de lo que otrora fue la mítica Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid (actualmente Universidad Complutense). En este blog quiero reproducir mi aportación, dedicada a la Filología Latina, donde se lleva a cabo un pequeño trabajo historiográfico que intenta trazar la línea que va desde la primera mitad del siglo XIX hasta el presente, pasando por los cinco grandes maestros que han configurado el devenir de tales estudios. FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA CLÁSICA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Capítulo publicado con el título “Filología Latina” en Emilio Peral Vega y Carolina Rodríguez-López (eds.), La Facultad de Filosofía y Letras. 90 años de memoria viva, Madrid, Guillermo Escolar, 2023, pp. 418-428

Humanismo frente a Filología Latina

A la hora de trazar esta suerte de “cartografía presente y futura” de los estudios relativos al área de Filología Latina en la Universidad Complutense, nos asalta, lo primero de todo, la sensación de estar ante una gran paradoja. A simple vista, cabría pensar que la Filología Latina es fruto directo de la antigua herencia renacentista y humanística sin reparar que estamos, más bien, ante un conjunto de disciplinas reformuladas dentro de lo que hoy entendemos como la moderna Filología Clásica (es decir, la parte de la Ciencia de la Antigüedad o Altertumswissenschaft configurada por los estudios de Filología Latina, Filología Griega e Indoeuropeo). Se trata, más bien, de una “construcción” que responde ya a las necesidades de comienzos del siglo XIX, en el contexto del nuevo Humanismus germano, bien diferente de la antigua Humanitas latina. Antes del siglo XIX, lo que ahora entendemos como Filología Clásica equivalía, simplemente, a la Filología por antonomasia, sin necesidad de mayores precisiones, y no revestía el carácter historicista que la iba a caracterizar desde entonces. A partir de un momento dado, tuvo lugar una compartimentación de los conocimientos humanísticos que ya no tendría posibilidad de retorno. Este paso a la moderna configuración de los estudios dedicados a las lenguas que también desde entonces denominamos “clásicas” no fue tan sólo nominal, sino que tiene una dimensión epistemológica ciertamente notable. Al referirse a las Artes Liberales, Cicerón decía al comienzo de su discurso Pro Archia que las disciplinas se apoyaban unas en otras, de manera que constituían una suerte de círculo (que es el sentido primigenio de lo “en-ciclo-pédico”). Sin embargo, cuando el padre de la Altertumswissenschaft, Friedrich August Wolf (1759-1824), formuló su “Enciclopedia de la Antigüedad”, inspirada en el moderno enciclopedismo de la época, dispuso un sistema de ramas del saber (Arbor Scientiarum) que dio paso a la profesionalización y especialización de los antiguos saberes. Inicialmente se trataba, en particular, de veinticuatro “ramas” (Wolf 1999, 166-167), a las que luego han ido añadiéndose nuevas especialidades, como la Gramática Histórica del Latín (García Jurado 2013a), la Literatura Latino-Cristiana, además del Latín Vulgar, Tardío y Medieval (García Jurado 2010), o los estudios de Tradición Clásica (García Jurado 2007). Ya desde Wolf se habían ido formulando nuevos caminos para entender la Antigüedad desde un punto de vista histórico, como las respectivas Historias de la Literatura Romana (la academia francesa optó por el gentilicio “Latina”) y Griega, inspiradas en la propia Historia del Arte Antiguo formulada por Joachim Winckelmann (1717-1768)[1]. De manera particular, la paulatina implantación de la enseñanza de la Historia de la Literatura Latina en la universidad española del siglo XIX irá arrinconando la inicial materia de Perfección del Latín, disciplina dieciochesca de profundas raíces clasicistas (García Jurado 2013b). Poco a poco, iremos derivando desde una concepción meramente preceptiva de la Lengua Latina a una dimensión histórica que con el tiempo dará paso al pleno cultivo de la Filología Latina en España, aunque para ello habrá que esperar hasta el mismo siglo XX.

Universidad Central

La legitimación de los nuevos planteamientos

El poder político de orientación liberal legitimó a lo largo del siglo XIX la Historia de la Literatura Latina en clave de un nuevo “discurso” (Fernández Corte 2004) cuyo propósito era, en gran medida, proporcionar un mero barniz de conocimientos clásicos, especialmente a sus futuros licenciados de Derecho. Ya no era necesario profundizar en el manejo del Latín ni mucho menos en su perfeccionamiento, una vez descartada la función de la lengua clásica como medio de expresión literaria o comunicación académica. A pesar del cambio de rumbo, en lo que a la Universidad de Madrid concierne, se creó una cierta genealogía de profesores que impartieron la asignatura dedicada a las letras de la Latinidad, desde el inicial Mata i Araujo (hacia 1785-1848), quien aún llegó a impartir la Perfección del Latín como asignatura oficial entre 1845 y 1848, para pasar luego a denominarse Literatura Latina ya con Alfredo Adolfo Camús (1817-1889). A este irán sucediendo otros profesores como Antonio González Garbín (1836-1912), Julio Cejador y Frauca (1864-1926) o Pedro Urbano González de la Calle (1879-1966). Más joven que Pedro Urbano, Bernardo Alemany Selfa (1896-1972), hijo del helenista José Alemany Bolufer (1866-1934), fue uno de los latinistas que continuaron en la facultad tras la Guerra Civil de 1936. Asimismo, la creación de las tres grandes secciones de Filosofía, Literatura e Historia en las facultades de Letras no hizo posible hasta los años 30 del siglo XX que pudieran crearse unos estudios específicos de Filología Clásica (que fueran más allá de la enseñanza del Latín y del Griego), a la manera de lo que ocurría en las modernas universidades europeas (véase Fernández Galiano 1989). No obstante, en lo que a España se refiere, entre finales del siglo XIX y los primeros decenios del XX fueron apareciendo algunos latinistas bien formados (en clara asimetría con el número de los helenistas), tanto en lo que respecta a los conocimientos literarios como de Gramática Histórico-Comparada, que permitieron configurar buena parte de los aspectos que hoy día caracterizan nuestros estudios. Tales latinistas hicieron posible la modernización de la enseñanza de la Lengua y la Literatura Latinas según nuevos presupuestos científicos e históricos. Aunque nos salgamos del ámbito estricto de la Universidad de Madrid, queremos recordar, como botón de muestra, a algunos de ellos por su papel clave en la propia configuración de la Filología Latina: Joaquín Balcells (1890-1936) desarrolla una amplia obra filológica y editora, donde destaca su estudio sobre el poeta Quinto Ennio (Balcells 1914), buena muestra del interés por la literatura arcaica y fragmentaria; Eustaquio Echauri (1873-1953), antagonista del anterior, compone un Diccionario latino-español cuya primera edición data de 1927, con prólogo de Luis Segalá (1873-1938) (la segunda edición es de 1939 y la tercera de 1940, dentro de Publicaciones y Ediciones SPES). Pero la atención exclusiva de Echauri por lo que entendemos como el “Latín Clásico” propició que ya durante la posguerra apareciera el que hoy conocemos como “Diccionario Vox”, que extendió su interés al Latín Cristiano[2], entonces demandado por los seminarios para la formación sacerdotal. No obstante, al estudio de esta modalidad de Latín no clásico ya habían comenzado a dedicar sus esfuerzos antes de la Guerra Civil latinistas como Pascual Galindo (1892-1990). El incipiente interés por el Latín Cristiano y, por extensión, el Medieval, estaba significativamente en consonancia con uno de los objetivos fundamentales del Centro de Estudios Históricos, dado que el conocimiento de la Latinidad Tardía complementaba la investigación de la Historia de la Lengua Española. De manera particular, uno de los manuales escolares de Galindo, la VIAM AD LATIVM, publicado en Zaragoza el año de 1924, introdujo por primera vez en la didáctica española de la Lengua Latina el conocimiento de antiguos monumentos epigráficos y de documentos no clásicos (Galindo 1924). Asimismo, Pascual Galindo contribuyó con un capítulo dedicado a la Literatura Hispano-Latina en la Historia de España de Menéndez Pidal (1869-1968). Sin duda, una de las aportaciones fundamentales de Pascual Galindo fue el beneficio que de su magisterio disfrutaron grandes filólogos como el medievalista Manuel Cecilio Díaz y Díaz (1924-2008), que realizó en Madrid, bajo su dirección, una tesis acerca de Valerio del Bierzo (Ruiz Asencio 2009). Por su parte, Vicente García de Diego (1878-1978) adaptó los principios del idealismo lingüístico para su Lexicología del Latín, en una línea similar a lo que Julio Casares (1877-1964) había llevado a cabo con sus estudios lexicológicos de la Lengua Española. Pedro Urbano González de la Calle (1879-1966), legítimo sucesor de Julio Cejador en la cátedra de Literatura Latina de la Universidad de Madrid, nos ofrece el primer eco académico de la Fíbula de Preneste en España (González de la Calle 1916, 66), además de sus amplios conocimientos en el ámbito de la Literatura y el Humanismo Latinos, enfoques que, sin duda, habrían ejercido mayor influencia en España de no haber tenido que marchar al exilio. Su magisterio, no obstante, llega hasta clasicistas como Abelardo Moralejo (1898-1983). Asimismo, buena muestra del alto nivel que habían alcanzado los latinistas españoles de esta primera mitad del siglo XX puede encontrarse en el jesuita Rufo Mendizábal (1888-1980), quien, entre otras obras notables en el ámbito de la Lingüística Latina, vertió en 1924 al español la Morfología de Alfred Ernout (1879-1973), con la propia colaboración del afamado latinista francés (Ernout 1924). Mención especial merece José Vallejo Sánchez (1896-1959)[3], quien, entre otras creaciones, tradujo al español la Historia de la lengua latina de Friedrich Stolz (1860-1936), publicada en 1922 (Stolz 1922), si bien quien figura como traductor es Américo Castro (1885-1972). Es un ejemplo notable, aunque soterrado, de la mencionada relación entre ciertos latinistas y miembros del Centro de Estudios Históricos. Vallejo destacó fundamentalmente en los estudios sobre Sintaxis y Crítica Textual. Su magisterio llega hasta Antonio Tovar (1911-1985)[4], figura clave, al igual que Vallejo, en el desarrollo de lo que va a ser el cultivo de la Filología Clásica tras la Guerra Civil[5]. Como puede observarse en esta breve pero selecta relación, en la Filología Latina de la primera mitad del siglo XX ya se perfilan algunos intereses académicos específicos, tales como la Literatura Latina, la Crítica Textual, el Latín Cristiano y Medieval, la Didáctica de las Lenguas Clásicas, la Literatura Hispano-Latina, la Lexicografía y Lexicología, el Humanismo Renacentista, la Morfología, la Sintaxis y la Historia de la Lengua, materias que van dotando indudablemente de una visión científica a nuestro campo de estudio. La creación de la Sección de Filología Clásica (junto a las secciones de Filología Románica y de Filología Moderna) en la España de 1932 tuvo un especial relieve en la entonces flamante Facultad de Filosofía y Letras de Madrid (García Jurado 2008). Entre los latinistas que figuraban en aquella época destacan el ya citado Pedro Urbano González de la Calle (procedente de Salamanca) y el paleógrafo Agustín Millares Carlo (1893-1980). Tras la Guerra Civil, ambos partieron al exilio americano, mientras quedaron en Madrid otros dos latinistas ya referidos, como Pascual Galindo y José Vallejo, a caballo entre el recién creado Consejo de Investigaciones Científicas (fundado para sustituir a la Junta de Ampliación de Estudios) y la universidad.

La generación de finales de los 40 y comienzos de los 50

La etapa de esplendor y pleno desarrollo de la Filología Clásica en España no llegaría, sin embargo, hasta mediados del siglo XX. La Universidad de Madrid tuvo un papel destacado en este proceso, pero no de manera aislada o excluyente, ya que es muy importante tener en cuenta los lugares de procedencia de quienes terminaron coincidiendo en Madrid. Sin duda, la generación que ha configurado la actual realidad de la sección de Filología Latina de la universidad madrileña es la de los maestros que vinieron a doctorarse a finales de los años cuarenta y a comienzos de los cincuenta del siglo XX. Dispares en sus ideologías, formación e incluso orígenes universitarios (Madrid, Salamanca o Barcelona), su labor científica configuró las líneas maestras del actual panorama académico de la Filología Latina en la Universidad Complutense. Si bien su llegada a la Universidad de Madrid obedece a momentos y circunstancias diferentes, debemos centrarnos en estas cinco figuras:

-Lisardo Rubio Fernández (1915-2006) es discípulo de Antonio Tovar. Su tesis doctoral, defendida el año de 1949, trató acerca de la familia de los Balbos en España (Fontán y Moure Casas 2006; González Rolán y Ollero Granados 2006). Entre otras materias, cultivó la Crítica Textual, la Codicología, la Sintaxis Latina y la Edición y Traducción de Textos Latinos (Frontino, Apuleyo y Petronio). Tras su inicial etapa en Barcelona pasó a la Universidad de Madrid en el curso 1967-1968. Si hubiera que destacar dos de sus más brillantes aportaciones, no tenemos duda en citar su Introducción a la sintaxis estructural del latín I-II (Rubio 1966 y 1976) y su Catálogo de los manuscritos clásicos latinos existentes en España (Rubio 1984), que representan sus intereses académicos más notables.

-Antonio Fontán (1923-2010) es discípulo de José Vallejo. Su tesis doctoral, defendida en 1948, trató acerca de la tradición manuscrita de Séneca. Entre otras materias, cultivó la Edición y Traducción de Textos Latinos (Tito Livio) y el estudio de autores (Cicerón), el Humanismo en su más amplio espectro (desde Isidoro de Sevilla a Raimundo de Miguel) y la Morfología Latina. Tras su paso por las universidades de Granada, Navarra y Autónoma de Madrid, llega a la de Madrid en 1976 (Moure Casas 2010). De su ingente bibliografía queremos destacar su obra compilatoria titulada Humanismo romano (Fontán 1974) y su edición y traducción de los primeros libros de Tito Livio (Fontán 1987).

-Antonio Ruiz de Elvira (1923-2008) es discípulo de José Vallejo. Su tesis doctoral, defendida en Madrid el año de 1952, versó sobre la sintaxis de Apuleyo (Cristóbal López 2021, 689). Entre otras materias, cultivó la Edición y Traducción de Textos Latinos (Ovidio), la Mitografía Clásica y los entonces incipientes estudios de Tradición Clásica. Tras su paso por Murcia regresó a la Universidad de Madrid en 1966. Destacamos dos de sus obras más notables, como son su edición y traducción de las Metamorfosis de Ovidio (Ruiz de Elvira 1964) y la Mitología Clásica (Ruiz de Elvira 1982).

-Sebastián Mariner Bigorra (1923-1988) es discípulo de Mariano Bassols (1903-1973) en la Universidad de Barcelona, si bien se doctora en Madrid el año de 1949 con una tesis dedicada a Las inscripciones en verso de la Tarraconense (Fontán 1988). Entre otras materias, cultivó la Fonética y Morfología Latinas, el Latín Vulgar y la Epigrafía. Tras su paso por las universidades de Barcelona y Granada llega a la de Madrid en 1961. Si bien pudiera parecer una obra menor, quiero destacar su «Apéndice sobre Fonemática latina» dentro de la Fonética de Bassols (Bassols 1983) y su manual de Latín vulgar para la UNED (Bassols 1992).

-Agustín García Calvo (1926-2012) es discípulo de Antonio Tovar. Su tesis doctoral, defendida en Madrid el año de 1950, trató sobre Prosodia y Métrica antiguas (López López 2013), materias que siguieron constituyendo aspectos centrales de su investigación, además de la Edición y Traducción de Textos Clásicos (Heráclito, Lucrecio y Homero). Tras sus primeros años en Salamanca y Sevilla, llega a la Universidad de Madrid en el curso de 1964-1965, de cuya cátedra fue expulsado en 1965 por haber apoyado a los estudiantes en una manifestación. Es reintegrado a su puesto ya en 1976. De su ingente y poliédrica obra quiero destacar su estudio sobre Virgilio (García Calvo 1976) y su monumental Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación (García Calvo 2006).

Los cinco profesores referidos provienen de tres maestros en particular: Rubio y García Calvo son discípulos de Tovar, el maestro de Salamanca; Ruiz de Elvira y Fontán lo son de Vallejo, quien, tras su paso por Sevilla, ocupaba desde 1940 la cátedra de Madrid, y Mariner proviene de Mariano Bassols de Climent (1903-1973), discípulo, a su vez, del ya citado Balcells en Barcelona. Asimismo, podemos apreciar en ellos el cultivo de una variedad de materias que va a dar lugar en buena medida a la prosecución de campos concretos por parte de los discípulos de tales profesores y, a su vez, de los sucesores de estos. Queremos hacer notar cómo esta genealogía sucintamente esbozada ha condicionado (y sigue haciéndolo aún) el desarrollo presente y futuro de la sección de Filología Latina de la Universidad Complutense.

El presente y el futuro

En realidad, al hablar del pasado ya hemos puesto las bases para referirnos ahora al presente como resultado de unas condiciones previas y parte de un proceso. Comenzábamos con una inicial asignatura de Perfección del Latín, todavía enclavada en la Preceptiva del siglo XVIII, pasábamos luego a la Ciencia de la Antigüedad de Wolf, en buena medida inspirada también por el Clasicismo de Winckelmann e imbuida ya de materias históricas, y veíamos cómo a este plan previo se iban añadiendo nuevos intereses de estudio, como el del Latín Cristiano y Tardío. De esta forma, el actual desarrollo de unas líneas de investigación específicas en la Sección de Filología Latina no responde a fenómenos casuales, sino que, muy al contrario, tiene que ver con los hilos a menudo invisibles que configuran y condicionan nuestra historia filológica en el sentido más amplio. El cultivo de algunas de estas materias se debe directamente a la labor de los maestros mencionados (Lisardo Rubio para el caso de la Crítica Textual, Ruiz de Elvira en lo que atañe a la Mitografía Clásica y Mariner en lo que respecta a la Epigrafía Latina), sin menoscabo de la incidencia ejercida por otros maestros, unos foráneos, como puede ser el caso del ya citado Manuel Cecilio Díaz y Díaz (1924-2008) y otros llegados más tarde a Madrid, como ocurre con Marcelo Martínez Pastor (1927-2022), en lo relativo al Latín Medieval. Para hacernos una idea de lo que encontramos hoy día vamos a recurrir a la página web del Departamento de Filología Clásica de la Universidad Complutense, donde aparecen las siguientes líneas de investigación en el área de Filología Latina[6]:

Análisis de Textos; Aulo Gelio; Cicerón; Codicología (x 2); Crítica Textual (x 9); Epigrafía Latina (x 2); Estudios Comparados sobre Clasicismo Chino y Grecolatino; Estudios del Discurso; Historia de la Transmisión de los Textos Latinos (x 6); Historiografía de las Literaturas Griega y Latina; Historiografía Latina (x 3); Humanismo (x 8); Ideología de las Literaturas Clásicas; Latín Humanístico y Renacentista; Latín Medieval y Tardío. Literatura Latina Medieval (x 7); Lingüística Latina (x 3); Literatura Latina (x 6); Literatura Técnica Latina (x 2); Mitología Clásica (x 2); Paleografía Latina (x 3); Pensamiento Romano; Pervivencia de la Literatura Latina (x 2); Recepción de la Cultura Clásica; Religión Romana; Retórica y Argumentación (x 3); Sintaxis Latina (x 2); Tácito; Teoría y Práctica de la Traducción (x 4); TICs y Filología Clásica; Tradición Clásica (x 5)

Un mero análisis numérico de tales materias revela que la disciplina más cultivada es la Crítica Textual, seguida del Humanismo, el Latín Tardío y la Literatura Medieval, así como la Historia de la Transmisión de Textos Latinos (a la que puede unirse por afinidad la Codicología y la Paleografía), la Literatura Latina, la Tradición Clásica y la Lingüística Latina (si a esta le unimos la Sintaxis). Este mayor grado de cultivo de ciertas materias está claramente vinculado con la labor llevada a cabo por los citados maestros de los años cuarenta y cincuenta. Sin embargo, cabe detectar una ausencia notable, pues resulta significativo que en la actual relación de materias extraídas de la página web del departamento no figure la Métrica (y Prosodia) Latina, si bien sabemos que es contemplada, cuando menos, en lo que a la docencia respecta (la “Prosodia y Métrica de las Lenguas Clásicas” aparece referida en el díptico de la titulación de Filología Clásica dentro del apartado de “Conocimientos que se adquieren”). Asimismo, entre las líneas de investigación consignadas no constan ciertos autores bien estudiados por algunos miembros del departamento, tales como Virgilio, Horacio, Tibulo, Plauto, Plinio el Viejo, la Historia Augusta o Isidoro de Sevilla, entre otros. Cuestión aparte sería valorar, asimismo, qué naturaleza tiene la aparición de nuevas materias, cuya continuidad se verá sin duda muy condicionada por la presencia o no de discípulos de aquellos que hoy día las cultivan. Sobre la aparición de tales materias “novedosas” (que quizá no lo sean tanto en otras culturas filológicas foráneas) normalmente pesan las objeciones concernientes a lo que se entiende como los “límites de la Filología”. Sin embargo, si atendemos a la propia historia de las disciplinas filológicas, tales límites no se muestran inmutables a lo largo del tiempo. Pensemos que, a comienzos del siglo XIX, según hemos señalado, también era una materia novedosa la Historia de la Literatura Latina (frente a la Perfección del Latín), al igual que a comienzos del siglo XX lo era también el estudio del Latín Cristiano y Medieval (cuando menos, al padre de las Ciencias de la Antigüedad, inspirado en el clasicismo de Winckelmann, jamás se le hubiera ocurrido incluir algo que no tuviera un claro referente pagano). En cualquier caso, la Filología Clásica y, en particular, la Latina, vienen a mostrarse, desde la inicial formulación de Wolf como un conjunto dinámico y cambiante, a pesar de su aparente inmutabilidad. El historiador de la Filología Clásica, en cualquier caso, sabe que su ámbito de investigación presenta una singular doble historia, conformada por la propia Antigüedad, de una parte, y por el presente que condiciona y organiza el estudio de esa Antigüedad, de otra.

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes primarias

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_____ (1987): Tito Livio, Historia de Roma desde la fundación de la ciudad (Ab urbe condita). Libros I y II. Texto revisado, traducción y notas de Antonio Fontán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC.

Galindo, P. (1924): VIAM : AD : LATIVM / PHILOLOGIAE : ALVMNIS : PASCHALIS : GALINDO / VARIIS : MILIARIIS : SIGNABAT, Caesaraugustae, Ex Opificina La Académica.

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Rubio, L. (1966): Introducción a la Sintaxis estructural del latín. Vol I. Casos y preposiciones, Barcelona, Ariel (reedición 1976).

_____ (1976): Introducción a la Sintaxis estructural del latín. Vol. II. La oración, Barcelona, Ariel.

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Fuentes secundarias

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Fernández Corte, J. C. (2004): «La invención de la Historia de la Literatura Latina en España (y una breve reflexión sobre Europa)», Cuadernos de Filología Clásica (Lat.), 24, pp. 95-113.

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Fontán, A. (1988): «El profesor Sebastián Mariner Bigorra (1923-1988)», Minerva 2, pp. 11-16.

Fontán, A. y Moure Casas, A. (2006): «Lisardo Rubio Fernández (1915-2006)», Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, 26, pp. 209-217.

García Jurado, F. (2007): «¿Por qué nació la juntura “Tradición Clásica”? Razones historiográficas para un concepto moderno», Cuadernos de Filologia Clásica (Lat.) 27, pp. 161-192,

_____ (2008): «El nacimiento de la Filología Clásica en España. La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid [1932-1936]», Estudios Clásicos 134, pp. 77-104.

_____ (2010): «Construcción moderna de la Historia de la Literatura latino-cristiana; la actualización del conflicto entre cristianos y paganos», en M. López Salvá (ed.), De cara al Más Allá. Conflicto, convivencia y asimilación de modelos paganos en el cristianismo antiguo, Zaragoza, Pórtico, pp. 139-160.

_____ (2013): «De la Historia Latinae linguae a la “Historia de la lengua latina”: literatura frente a lingüística. De Walchius a Stolz», Ágora. Estudos Clássicos em Debate, 15, pp. 171‐194.

_____  (2013b): «La Guía del perfecto latino (1848) de Luis de Mata i Araujo, o la derrota del Humanismo en España», Cuadernos de filología clásica. Estudios latinos, 33, pp. 127-160.

González Rolán, T. y Ollero Granados, D. (2006): «In memoriam Lisardo Rubio Fernández (1915-2006)», Revista de Estudios Latinos (RELat) 6, pp. 9-13.

Harloe, K. (2013): Winckelmann & the Invention of Antiquity. History and Aesthetics in the Age of Altertumswissenschaft, Oxford, Oxford University Press.

Herrero García, M. (1959): «Don José Vallejo Sánchez», Arbor, 44, pp. 105-111.

López López, M. (2013): «Agustín García Calvo, filólogo clásico», Minerva 26, pp. 301-315.

Moure Casas, A. (2010): «Antonio Fontán in memoriam», Revista de Estudios Latinos (RELat) 10, pp. 9-13.

Ruiz Asencio, J. M. (2009): «Manuel C. Díaz y Díaz (1924-2008), in memoriam», AHIg 18, pp. 437-439.

Sanz de Almarza, L. (1992): Eustaquio Echauri Martínez. Su vida y “Notas filológicas” (Sobre voces y frases incorrectas), Logroño, s.e.

Tovar, A. (1941): En el primer giro (Estudios sobre la Antigüedad), Madrid, Espasa Calpe.

Wolf, F. A. (1999): Esposizione dell Scienza dell’Antichità secondo concetto, estensione, scopo e valore a cura di Salvatore Cerasuolo, Nápoles, Bibliópolis.

[1] Para lo que supuso la obra de Winckelmann en el plan de las Ciencias de la Antigüedad véase Harloe 2013.

[2] La demoledora reseña que Echauri hizo del nuevo diccionario latino lo llevó a los tribunales, si bien se le dio la razón (Sanz de Almarza 1992, 24-25).

[3] Podemos encontrar una semblanza de Vallejo en la necrológica de Herrero García 1959.

[4] Podemos encontrar una semblanza de Tovar en la necrológica de Adrados 1985.

[5] En este sentido, por su carácter programático, debemos destacar la obra de Tovar titulada En el primer giro (Tovar 1941).

[6] Datos tomados de https://www.ucm.es/departamento-filologia-clasica/profesores-fl (consultada el 1 de marzo de 2023).

VT ROMA CADIT ITA ORBIS TERRAE. Ensayo de epigrafía imaginaria

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Gracias a una amable invitación del Aula de emprendimiento del IES Juan de la Cierva, impartí hace poco una conferencia acerca del Coliseo de Roma como imaginario. El caso es que, mientras preparaba mi charla, volví a ver una escena de la película Gladiator y reparé en algo que me había pasado desapercibido hasta ese momento: una inscripción sobre la puerta principal del magno edificio donde podía leerse VT ROMA CADIT ITA ORBIS TERRAE (literalmente: “Como Roma cae, así el mundo”). A continuación ofrezco algunas reflexiones acerca de esta inscripción, así como del texto que seguramente la inspiró. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO, CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Para Julia Teresa López y María José Barrios Castro, que han logrado aunar el mundo clásico con el emprendimiento

Cada vez me interesa más el mundo de los imaginarios, quizá porque la imaginación ha sido la capacidad que desde pequeño más he desarrollado. El hecho de que existan obras antiguas imaginadas, asunto sobre el que diserté hace unos meses en Cascante  (gracias a la invitación de mi admirado amigo Javier Andreu), sencillamente me fascina. Pues bien, en esto que volvía a ver una escena de la película Gladiator, como ya he señalado, me di cuenta de que sobre una de las puertas del Coliseo allí reconstruido aparecía la inscripción VT ROMA CADIT ITA ORBIS TERRAE. Como correctamente ha visto Michel Dubuisson en su deliciosa nota titulada “Gladiator. Le point de vue de l’historien”, para poder llegar a ser un correcto latín habría que haber escrito TERRARVM, de acuerdo con la expresión ORBIS TERRARVM que ya se atestigua en autores como Cicerón y que podemos encontrar, asimismo, en los maravillosos atlas de los siglos XVI y XVII.

En cualquier caso, no sé si alguien se ha preguntado cuál ha sido el motivo de inspiración de esta inscripción latina imaginaria. Creo no equivocarme demasiado si apunto a un texto del siglo VIII atribuido a Beda el Venerable, justamente el primer testimonio donde encontramos al Anfiteatro Flavio denominado ya con el nombre que lo va a caracterizar hasta nuestros días: “Coliseo”.  El texto es el siguiente: “Quamdiu stat Colisæus, stat et Roma; quando cadet Colisæus, cadet et Roma; quando cadet Roma, cadet et mundus” (Ps. Bed. Excerp. 94, 453B M), es decir, “En lo que el Coliseo permanece en pie, permanece también Roma; cuando caiga el Coliseo, caerá también Roma; cuando caiga Roma, caerá también el mundo”.

No es difícil colegir la afinidad entre este texto medieval y la inscripción imaginaria que aparece en la película: VT ROMA CADIT ITA ORBIS TERRAE. Naturalmente, en la inscripción cinematográfica falta la referencia al Coliseo, entre otras cosas, porque cuando se supone que transcurre la trama el Anfiteatro Flavio todavía no había recibido aún el nombre de Coliseo y porque, no en vano, la inscripción se encuentra idealmente colocada en el mismo edificio. La idea que se quiere desarrollar es que el Coliseo constituye una imagen de Roma, al tiempo que Roma es una imagen del mundo. Si cae el primero, como si de una fila de fichas de dominó se tratara, irán cayendo Roma y el mundo. Acerca de la analogía entre Roma y el mundo no debemos olvidar la Bendición VRBI ET ORBI (“A Roma [la Urbe por antonomasia] y al mundo”) del Santo Padre cada primero de enero, un ejemplo vivo acerca de esta analogía entre la ciudad y el orbe.

Y no quiero terminar este blog, asimismo, sin la noticia de un precioso artículo de José Luis Garrosa Gude titulado “Señales que anunciarán el fin del mundo: pequeña guía turístico-folclórica”, pues resume perfectamente la naturaleza popular de estas frases:

La ciudad de Roma acoge dos buenas muestras de estas tradiciones. En la primera, una profecía atribuida a Beda el Venerable, se dice que mientras exista el Coliseo existirá Roma y que cuando caiga el Coliseo también caerá Roma y, a continuación, acabará el mundo. Esta leyenda es muy semejante a la recogida por Pablo Diácono en su Historia Langobardorum, según la cual el futuro de los longobardos estaba asegurado mientras se mantuviese en pie la basílica erigida en Monza por la reina Teodolinda y dedicada a san Juan Bautista. La otra superstición romana surge en torno a la estatua de bronce de Marco Aurelio, en el Campidoglio, durante siglos considerada erróneamente como una representación del emperador Constantino. En sus orígenes, la escultura estaba recubierta por una capa dorada que se fue perdiendo con el paso del tiempo. El vulgo romano lo interpretaba al revés y pensaba que la estatua se estaba convirtiendo en oro y que, cuando la transformación se hubiera completado, llegaría el fin del mundo.

FRANCISCO GARCÍA JURADO

La moderna construcción de la literatura grecolatina en el siglo XIX y su transferencia al ámbito hispánico: los imaginarios de lo clásico, el Renacimiento y la nación

Tenemos el honor de haber sido invitados a participar en la reunión de trabajo “La Antigüedad Grecorromana como instrumento de modernización y transformación cultural en España y Latinoamérica”, que tendrá lugar entre los días 13 y 14 de noviembre de 2023 en la Universidad Carlos III de Madrid gracias a la iniciativa de la profesora Mirella Romero Recio, catedrática de historia antigua en esta universidad. Nuestro cometido es presentar los planteamientos fundamentales del proyecto de investigación: “El viaje de las ideas literarias. Historiografía comparada de las Literaturas Clásicas (ámbitos hispano y luso 1782-1950): transferencias culturales entre Europa y América” (HCLC), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (Referencia: PID2021-122634NB-I00). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA

  1. INTRODUCCIÓN

La historia cultural nos enseña a indagar en los significados que revisten las realidades de nuestra vida cotidiana, de manera que ponemos en relación lo visible con lo simbólico. De la misma forma que una historia cultural de los utensilios para comer nos muestra los diferentes valores que adquieren los alimentos en la mesa (no es lo mismo “seleccionar” bocados con palillos chinos que “cortarlos” con tenedor y cuchillo), nuestra historia educativa esconde significados más o menos precisos que van caracterizando las propias disciplinas a lo largo del tiempo. Aprender, pongamos por caso, latín e inglés en el siglo XVIII no es lo mismo que hacerlo hoy, pues parece que los valores de ambas disciplinas se han invertido.

De manera semejante, cabe preguntarse qué significó el moderno estudio de las literaturas griega y latina en el contexto educativo del siglo XIX, a uno y otro lado del océano Atlántico. Entre otras cosas, sirvieron de modelo para la constitución de las modernas literaturas nacionales, al tiempo que se utilizaron (al menos durante un tiempo) como vehículo legitimador para estas, en aras a su naturaleza (si bien no siempre entendida como positiva) de “literaturas clásicas”. Asimismo, las literaturas griega y latina, sobre todo en su dimensión pagana, se asociaron a la idea de “Renacimiento” (especialmente frente a los medievalismos) y contribuyeron de forma decisiva al desarrollo de nuevos imaginarios nacionales (la literatura imperial romana o el filohelenismo), políticos (el imaginario republicano o el de los Titanes) y estéticos (la idea de decadencia romana o el parnasianismo). Por ello, consideramos que hay tres imaginarios fundamentales para encuadrar esta historia cultural de la enseñanza de la literatura grecolatina que proponemos aquí: el imaginario de “lo clásico” (frente a “lo romántico”); el imaginario del Renacimiento (frente a la Edad Media) y el imaginario de la literatura nacional (frente a la antigua humanitas de naturaleza “universal”). El aspecto opositivo resulta clave para delimitar el alcance semántico de cada concepto, en la medida en que cada término asume, a su vez, a su contrario como parte de su propia definición (“lo clásico es lo que no es romántico”). Finalmente, haremos una brevísima incursión en Hispanoamérica.

  1. Apuntes para una historia cultural de la literatura grecolatina durante el siglo XIX

Fruto de la historia literaria del siglo XVIII (formulada entonces en términos de “Historia Critica Latinae/Graecae Linguae”), las nuevas historias de la literatura latina y griega nacen en el mundo germánico gracias a dos programas de curso realizados en la Universidad de Halle por Friedrich August Wolf (padre de la moderna filología clásica) y publicados en 1787, dos años antes del estallido de la revolución francesa. La gran novedad que aportan tales programas es el uso de una lengua moderna (en este caso, la alemana) como vehículo para la transmisión de conocimiento y la consideración de tales literaturas en clave de biografías de sendos pueblos. Nuestro proyecto “El viaje de las ideas literarias” aborda el estudio de la compleja transferencia de esta nueva disciplina desde los lugares donde se genera hasta el ámbito hispánico y luso. No olvidemos que se trata de un “nuevo discurso” (así lo ha visto Fernández Corte desde la terminología foucaultiana ) para una sociedad en transformación, pues, en ese sentido, cada pueblo vivía unas circunstancias históricas determinadas. Por tanto, la transferencia al ámbito hispánico (en este trabajo no vamos a abordar lo que ocurre en Portugal y Brasil) va a producirse unos años más tarde que en lo tocante a Alemania y Francia (no olvidemos todas las dificultades que atraviesa España durante los primeros treinta años del siglo XIX), ya durante el tercer decenio del siglo XIX, gracias fundamentalmente a versiones francesas de manuales alemanes, de manera muy particular el del académico vienés Franz Ficker, y a la institucionalización en las universidades de la enseñanza de la literatura clásica grecolatina (ya durante los años cuarenta del siglo XIX).

Desde hace un tiempo, el relato de la Historia de la Ciencia viene basculando desde la perspectiva de los “creadores” a la de los “receptores”. En un interesante libro divulgativo dedicado a la ciencia hispánica, José María López Piñero señalaba que un gran problema a la hora de afrontar un estudio semejante era “la reducción de la ciencia a las «grandes figuras» y la colonización cultural” (José Mª López Piñero, La ciencia en la historia hispánica, Barcelona, Salvat, 1982, pág. 6). Esta breve frase esconde dos aspectos clave que deben ser analizados de manera consciente para, de esta forma, poder apreciar mejor su alcance: las “grandes figuras” y la “colonización cultural”. Por “grandes figuras” debemos entender los creadores del conocimiento, vistos desde la perspectiva romántica de los héroes. De esta forma, la historia de la ciencia presta toda su atención a Darwin, pongamos por caso, pero no a quienes han recibido sus ideas en diversos lugares y circunstancias, como puede ser el caso de los propios manuales escolares de ciencias naturales, verdaderos divulgadores del conocimiento. Una nueva historia de la ciencia debería atender, por tanto, a la recepción de las ideas. Asimismo, con la noción de “colonialismo” cultural y científico creamos una apreciación muy pobre de un fenómeno mucho más complejo que, al menos, conlleva una “transferencia” de ideas a nuevos contextos y que en muchos casos no es fruto de una imposición del más fuerte sobre el más débil, sino de una actitud voluntaria que el académico supuestamente “colonizado” adopta para prestigiarse a sí mismo. A este fenómeno lo ha denominado Juan Luis Conde “conocimiento franquiciado”.

Para hacer una idea más concreta de lo que estamos planteando, vamos a tomar como ejemplo los dos primeros manuales, uno de literatura latina y otro de griega, publicados justamente en España: en lo que se refiere a la literatura latina, debemos acudir a Ángel María Terradillos, autor del primer manual de literatura latina publicado en España (1846 y segunda edición ampliada en 1848), una obra que se mueve entre la superficial transferencia de unas ideas que, más bien, suponen el oportunismo de intentar subirse a un modelo prestigioso que viene avalado por “grandes figuras” como Friedrich Schlegel y Barthold Georg Niebuhr. Esta actitud ya supone por sí misma una voluntaria asunción de la “colonización cultural” (o un “conocimiento franquiciado”, en términos de Juan Luis Conde). Braulio Foz, por su parte, es el autor del primer manual de literatura griega en España (1849), y guarda una interesante relación epistolar con otra “gran figura”, la de Alexis Pierron, posiblemente el autor más popular de manuales de literatura griega y latina durante el siglo XIX, a propósito de los juicios que el mismo académico francés había mostrado acerca de los poetas Bion y Mosco. Se trata de un intercambio epistolar que, aunque ciertamente asimétrico (a tenor del impacto que llegó a tener Pierron frente al mucho más limitado del autor aragonés), no deja de mostrar un afán colaborativo entre dos académicos, más allá de sus circunstancias.

De esta forma, los primeros testimonios hispánicos de la historia de las literaturas latina y griega revelan, ante todo, que España se ha convertido en un ámbito de recepción (o de “colonización cultural”) de las ideas foráneas, y que, como toda recepción, esta va a tener unas características particulares, sobre todo porque el ámbito hispánico se extiende a uno y otro lado del Atlántico. Queremos analizar ahora desde esta perspectiva de las transferencias culturales los tres grandes imaginarios que hemos propuesto para el estudio de tales historias de literatura: lo clásico, el Renacimiento y lo nacional.

  1. El imaginario de “lo clásico”: Madame de Staël

El imaginario de “lo clásico” debe configurarse, en principio, frente al de lo romántico pues, desde Madame de Staël y el paso del siglo XVIII al XIX, ambos aspectos han constituido una nueva mirada sobre las artes. Resulta curioso observar cómo, coincidiendo con el comienzo del Trienio Liberal (1820), se publica en España la correspondiente versión hispana de su novela Corina (editada en Valencia por Cabrerizo). Su traductor, Juan Ángel Caamaño dedica a la novela un interesante prólogo que ha recibido la atención de María José Alonso Seoane. De manera significativa, en este prólogo se ve ya claramente configurada la conocida oposición entre clásicos y románticos:

La voz clásico, como que es una abstracción, puede tener varias acepciones; por tanto, para hablar con juicio de la literatura clásica, y de la romántica, es menester fijar primero el sentido de lo que se quiere dar.

Es justamente el concepto de “literatura clásica”, identificada con la grecolatina, el que nos va a permitir vislumbrar la interesante y paradójica cuestión de la naturaleza fundamentalmente romántica que comporta la moderna configuración de los manuales de literatura clásica a lo largo del siglo XIX. Enumeramos a continuación las características románticas de la historiografía de la literatura grecolatina, tal como las hemos propuesto en dos trabajos previos (García Jurado 2011 y 2017):

  • La estética prerromántica del fragmento y del texto descubierto, a menudo equiparado a una ruina antigua. Sin duda, el palimpsesto del texto del De Republica de Cicerón, cantado por el mismo poeta Leopardi, es todo un símbolo de esta nueva situación. En el caso de la literatura griega, esta estética va a venir alimentada, básicamente, por el desarrollo de la papirología.
  • La constitución de un nuevo relato historiográfico que concibe la historia de la literatura como “biografía de un pueblo” y se articula en torno a una historia interna y una historia externa (Friedrich August Wolf). Tales ideas se van a transferir a España por medio del manual de literatura clásica compuesto por Franz Ficker, convenientemente vertido al francés. La literatura griega concebida como la biografía colectiva del pueblo griego va a resultar un planteamiento de gran rendimiento en el campo del emergente filo-helenismo.
  • La preferencia por el período arcaico, así como la primacía que alcanza lo popular frente a lo culto, por influencia de las ideas de autores como Friedrich Schlegel, cuya obra titulada Literatura antigua y moderna se vierte al español en 1843. No solo Homero, sino la etapa previa a Homero, con supuestos poetas míticos como Orfeo, tendrán un lugar particular en el nuevo imaginario romántico de la literatura griega. Un ejemplo notable de este nuevo imaginario romántico lo ofrece con su vida y obra el propio Otfried Müller, cuyo manual de literatura griega será publicado en lengua española en 1889.
  • El gusto nacional que adquiere el nuevo relato académico de la historia de la literatura, en relación con el uso de una lengua moderna como instrumento para relatar las literaturas antiguas. En el caso de la literatura griega, se produce la independencia con respeto a la tradición humanística latina y, por tanto, de las historias literarias sobre autores griegos redactadas en latín. La lengua española, en este sentido, se convertirá en vehículo de expresión para los manuales hispanos (no tendremos manuales, por ejemplo, en lengua catalana, hasta ya entrado el siglo XX).
  • El problema de la originalidad, que reinterpreta viejas cuestiones críticas acerca de la capacidad imitativa de los romanos con respecto a los griegos. Friedrich August Wolf asienta el principio de que, al ser la literatura griega anterior a la romana, también es superior (en especial la etapa de la “literatura ática”). Esta dimensión estética de la literatura griega se deja ver en algunos autores de literatura griega en español, como Alfredo Adolfo Camús, cuyas ideas influyen en uno de sus más ilustres alumnos: Clarín.

Se plantea, por tanto, la paradoja de enfocar el estudio de unas literaturas que comienzan a denominarse “clásicas” por excelencia desde presupuestos propiamente románticos. Los manuales de literatura griega y latina compuestos por Salvador Costanzo son probablemente los exponentes más significativos de esta nueva coyuntura. Su condición de autor exiliado y de intermediario de culturas favoreció sin duda este espíritu.

  1. El imaginario del “Renacimiento”

El imaginario del Renacimiento, por su parte, se configura frente al de la Edad Media (cuyo estudio y cultivo constituye el, así llamado, “Medievalismo”). Mientras el primero representa el pensamiento progresista (someramente, el Renacimiento recupera la Antigüedad grecorromana y sirve de motor de progreso hasta la propia Ilustración [Michelet]), el segundo va a encarnar al pensamiento reaccionario (la mirada nostálgica a los tiempos “medios”, donde aflora el cristianismo y el arte gótico [Chateaubriand]). Asimismo, el Renacimiento se asocia al antiguo paganismo. Muy significativo resulta el caso del abate Gaume (heredero de Chateaubriand) y su ideología neocatólica, detractora de la enseñanza de los autores paganos (“culpables” de los males modernos, como la revolución francesa de 1789) y de su moderno renacimiento. Tales tensiones ideológicas encontrarán, naturalmente, su eco e incidencia en el propio desarrollo de la historiografía de la literatura grecolatina, debatida entre miradas progresistas frente a miradas reaccionarias.

La “Historia literaria del Renacimiento” impartida durante varios cursos por Alfredo Adolfo Camús en el Ateneo de Madrid desde 1853 supone sin duda el ejemplo más notable de esta orientación progresista del estudio de la literatura. La “Historia literaria del Renacimiento”, así formulada por Camús, es fruto de dos conceptos pertenecientes a siglos distintos (“Historia literaria” pertenece al siglo XVIII y “Renacimiento” a la segunda mitad del siglo XIX). Es muy pertinente que sepamos que el uso del término “Renacimiento” durante la etapa comprendida entre 1853 y 1858 es indicio de una época de conflicto ideológico. La formulación del término “Renacimiento” por antonomasia nos lleva a la historiografía liberal francesa, muy en particular al influyente historiador François Guizot, autor de la Historia de la civilización. Guizot, criado en el ámbito de los hugonotes, considera que el Renacimiento fue una “revolución”, y que con él comenzó una etapa ascendente y progresiva de la historia. Esta acuñación del término “Renacimiento” por antonomasia, referido sobre todo al siglo XVI, se consolida hacia el decenio de los años 60 del siglo XIX gracias a obras como La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt. Hay un aspecto, no obstante, quizá más polémico incluso que el del propio paganismo que conlleva ese Renacimiento, y ese aspecto es el de la reforma protestante, un ámbito que los historiadores franceses ligan directamente a la idea de Renacimiento. A este respecto, es muy significativo el título que da Michelet a su famoso libro de 1855: Renaissance et Réforme. Camús, en su faceta de “católico liberal”, sentirá una especial predilección por la figura de Erasmo.

  1. El imaginario de la “literatura nacional”

La transformación de la antigua cultura humanística, de vocación universal, al calor de la nueva idea del Estado-Nación, da lugar al surgimiento de las historias nacionales de la literatura, que se inspiraron primeramente en la propia literatura latina, por lo que adquiriría el gentilicio de “romana” en el programa de curso compuesto por Wolf. De hecho, el que a día de hoy en unas culturas académicas (como la francesa o la española) hablemos de “Literatura latina” preferentemente, y no de “Literatura romana” (como en el mundo germánico o anglosajón) responde, en primera instancia, a las tensiones políticas creadas por Francia y Alemania a lo largo del siglo XIX.

Dos ejemplos tempranos de lo que decimos son el Specimen Litteraturae Romanae deperditae (1784) de Aymerich, todavía escrito en latín, y el ya citado programa de curso de la Historia de la Literatura Romana de Wolf. Resulta curioso que Aymerich utilizara ya en 1784 la expresión Vetus Romana litteratura y no la todavía hubiera sido esperable, es decir, la de Latinae litterae, dentro de su Specimen. Conviene hacer notar que el gentilicio “Romana” implica un nuevo sentido nacional que contrasta con la universalidad del término “Latina”. De hecho, el propio autor tiene que justificar en el prefacio de su obra por qué recurre al término «romanos» a la hora de hablar sobre los escritores:

Eos autem Romanos litteratos appellat Auctor, de quibus constat, vel Romae, aut in Latio, ac educatos, aut origine Romanos fuisse, (quod ex eorum nominibus dignosci potest,) vel qui, quamvis exteri, aut Romae, aut in provinciis Romanis Imperio subjectis, honorifica obiere munia, aut familiaritate, amicitia, vel litterario commercio cum Romanis floruerunt.

El uso del gentilicio “romanos” para los autores antiguos que han escrito en latín responde a diversas causas, bien geográficas, educativas, políticas o incluso meramente literarias. En todo caso, ya vemos en Aymerich una caracterización nacional de la antigua literatura latina, y en eso comienza a presentar puntos en común con el filólogo Wolf.

Por su parte, la vacilación entre “lo griego” y “lo heleno” muestra también aspectos significativos que van a conectar con el nuevo nacionalismo griego, y que hemos entendido en términos de “filohelenismo historiográfico”. Paralelo al propio movimiento filoheleno del siglo XIX, el filohelenismo historiográfico supuso una pequeña revolución en los estudios literarios que vino a buscar la independencia de lo heleno con respecto a la propia lengua y cultura latina como su vehículo natural de difusión. Esta vertiente conceptual puede asociarse a otros aspectos visibles en la historiografía de la literatura griega cuando su relato se independiza de la lengua latina, como, por ejemplo, la denominación del período clásico como “ático” (ya antes referido), frente a “ateniense”, el abandono de los nombres latinos de las divinidades mitológicas por los correspondientes nombres griegos (“Zeus” en lugar de “Júpiter”), o el recurso a transliteraciones de los nombres griegos más originales o cercanas a las lenguas de origen (“Orpheo” en lugar de “Orfeo”). El manual de Literatura griega de Otfried Müller y su recepción hispana es un ejemplo notable de este filohelenismo historiográfico.

De esta forma, la razón de ser de las literaturas clásicas construidas desde nuevas claves románticas responde bien a los tres imaginarios indicados, tales como su nueva caracterización en términos de “literatura clásica” (Madame de Staël), su asociación con la idea paganizante (y también protestante) de “Renacimiento”, así como su nueva relectura en clave nacional (“romana”, de una parte, y “filohelena”, de otra). Estas características encontraron, asimismo, su peculiar recepción en el mundo hispano (Caamaño, Camús, Aymerich).

  1. Iberoamérica: diversidad y transformación

El caso de las nuevas repúblicas hispanoamericanas es complejo y supondría un estudio particularizado, por lo que vamos a remitirnos únicamente a dos documentos. En cualquier caso, es notable la ingente transformación cultural que supuso el paso de la cultura influida por la propia educación jesuítica a la plena influencia de la cultura francesa.

Un ejemplo significativo de este estado de cosas no lo ofrece la traducción a la lengua española del manual de literatura griega de Fleury de Lecluse, destinado precisamente para su difusión en Hispanoamérica. Se publica en París en 1837 y se exporta al nuevo continente. Fleury de Lécluse (1774-1845), profesor de lengua griega en la Universidad de Toulouse, es un buen representante de lo que entendemos como erudito romántico, caracterizado por algunos intereses nuevos, como el cultivo de las historias nacionales de la literatura, el gusto por autores arcaicos, especialmente Plauto, o el uso de las lenguas modernas como vehículos de comunicación del conocimiento relativo a la Antigüedad clásica. De manera concreta, el renovado interés por la comedia latina, en especial la de Plauto, es ya de por sí un indicio característico de la historiografía de la literatura latina durante la época romántica, pues ve en este autor latino un exponente del lenguaje popular. No es, a este respecto, una mera anécdota la curiosa polémica que en torno a Plauto surgió al calor de la moda de los estudios sobre lengua vasca, y que constituye otro rasgo de la erudición romántica. Lécluse cuestionó de manera razonada al comienzo de su Grammaire Basque, publicada en 1826, el origen vasco de seis versos procedentes de los textos púnicos del Poenulus plautino. Ponía en entredicho de esta forma las encendidas propuestas de algunos eruditos que, como ocurrió especialmente con Bartolomé de Santa Teresa, no dudaron en enfrentarse abiertamente y por escrito al profesor francés. Así lo vemos en el libro titulado Plauto bascongado ó el bascuence de Plauto en su comedia Poenulo acto 5º 1ª y la impugnación del Manual de lengua basca, publicado en 1828. Lécluse, a su vez, replicó con un opúsculo titulado Plauto polígloto, o sea, hablando libremente hebreo, cántabro, céltico, irlandés, húngaro, etc., publicado en 1828. Plauto queda unido, de esta forma, a la propia polémica relativa a los orígenes de la lengua vasca, que es una cuestión candente a partir del siglo XIX.

La costumbre de firmar mediante iniciales hace a menudo difícil saber quién fue el traductor de su manual. Sin embargo, gracias al cotejo de otras obras publicadas por la imprenta de Bruneau, hemos comprobado que las siglas “R. de A. y L.” se corresponden con Rafael de Ayala y Lozano, ex vicecónsul de Colombia en París, quien ya había traducido alguna que otra obra para esta imprenta parisina de clara proyección editorial en Hispanoamérica. Prueba de ello es que Bruneau publicó en París algunas obras de Andrés Bello. Se trata del primer manual de una literatura clásica traducido al castellano, si bien está publicado en París para su difusión en las jóvenes repúblicas americanas.

Hasta el decenio de los sesenta no volverá a traducirse otra obra similar al castellano, que en este caso será el manual de literatura griega de Alexis Pierron. La obra original de Lécluse aparece con el título de Résumé de l’histoire de la littérature grecque (Paris, Imp. et Librairie Classiques de Julien Delalain et Cie, 1837), en paralelo a un Résumé de l’histoire de la littérature latine (Paris, Imp. et Librarie Classiques de Jules Delalain et Cie, 1837). Es oportuno señalar que hay un ejemplar francés depositado en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense que perteneció a Alfredo Adolfo Camús, no en vano muy ligado a la cultura francesa. Por lo demás, el hecho de que solo se tradujera una de las dos literaturas, concretamente la griega, ya anticipa una de las características que van a definir la historiografía de la literatura griega y latina en lengua española, como es el escaso interés por traducir manuales de historia de la literatura latina frente a lo que ocurre con la literatura griega.

Otro ejemplo notable es la literatura clásica del ya citado Andrés Bello (1781-1865), nacido en Caracas y fallecido en Santiago de Chile. Su dilatado periplo vital puede dividirse en tres grandes etapas: la etapa colonial (1781-1810); la guerra de independencia de Venezuela, seguida de su viaje a Inglaterra (1810-1829), y, finalmente, su etapa en Chile (1829-1865). Ya desde la infancia fue un apasionado lector, especialmente de los autores españoles del siglo de oro. Aprendió la lengua latina de niño en el convento de las Mercedes, gracias a su preceptor, el padre Cristóbal de Quesada. Desde el año 1797 cursó sus estudios en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, donde obtuvo su grado de bachiller en artes en 1800. Al año siguiente tuvo lugar un gran acontecimiento en su vida, ya que conoció al geógrafo Alexander von Humboldt. Son los años en que comienza los estudios jurídicos y de medicina e imparte clases particulares a alumnos que después terminarán siendo personas claves de Venezuela, como Simón Bolívar. Tras ejercer varios cargos oficiales parte en 1810 a Londres, ciudad donde vivirá, no sin problemas económicos, hasta 1829. En lo que a sus intereses humanísticos respecta, debemos destacar que en Londres tuvo ocasión de aprender la lengua griega gracias a la biblioteca del diplomático y humanista venezolano Francisco de Miranda. Finalmente, en febrero de 1829 deja Londres para emprender su nueva etapa vital, esta vez en Chile, de donde ya no saldrá. El acontecimiento más importante de esta nueva etapa es el de la fundación de la Universidad de Chile en 1842, que Bello inaugura con un hermoso discurso en 1843. Asimismo, es una etapa de esplendor académico, como vemos por sus diversas publicaciones, entre otras la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847) y la Historia de la literatura (1851). Es durante estos años cuando compone la obra que ahora nos ocupa, su Historia de las literaturas de Grecia y Roma.

Andrés Bello nos ofrece una muestra significativa de su exquisita formación clásica en esta discreta obra, aunque bien puede figurar también como un digno exponente de la historiografía romántica de la literatura grecolatina. La obra permaneció en gran parte inédita hasta comienzos del siglo XX, que es cuando se edita en la “Biblioteca Andrés Bello”. La fecha que en el catálogo de la BNE se nos da para este ejemplar es la de 1915 (sin bien con interrogante). La parte relativa a la literatura romana no está completa. Se trata de un manual de clara influencia francesa, como puede apreciarse por las obras de referencia utilizadas. La etapa de composición debe de ser hacia 1850, año en que contamos con una entrega parcial de la primera parte de su literatura latina, en particular sus estudios sobre Plauto, que aparecen reproducidos dentro de una obra publicada en 1850 por Vendel-Heyl. Este afirma lo siguiente acerca de Bello al comienzo de su prólogo:

El compendio histórico de la primera edad de la Literatura Latina que vemos a la cabeza de estos Ensayos, ha sido escrito por el señor don Andres Bello, que, a pesar de un sinnúmero de mas importantes ocupaciones que le rodean, se ha prestado gustoso a darme la mano en la revision y correccion de las presentes pájinas: trabajo ciertamente fastidioso para quien como él no fuera tan ilustrado i celoso partidario de la Literatura antigua. (Vendel-Heyl 1850, p. I)

Este juicio, sin embargo, sorprende cuando podemos comprobar por otras fuentes los excelentes conocimientos que Bello tenía de la literatura grecolatina, o su buena formación en latín, hecho que no es óbice alguno para su afición a otros ámbitos de la literatura, como la medieval, y especialmente el Poema de Mío Cid. Por ejemplo, la comparación que hace de los versos de Ennio con ciertas composiciones propias de la edad media (Bello s.a., p. 139) es fruto de la estética romántica y, en especial, la que establece entre la épica homérica y el Poema de Mío Cid, de cuya obra era un notable estudioso. Sorprende la ausencia de referencia alguna a Angelo Mai en el momento de hablar acerca del tratado ciceroniano De Republica (Bello s.a., p. 255), a pesar de que Bello se inspira en A.F. Villemain (1790-1870), precisamente el traductor del tratado ciceroniano al francés.

El manual aparece dividido en dos partes, correspondientes a la historia de la literatura griega y de la literatura latina, respectivamente, y sigue el mismo esquema que el de Ficker (1837), aunque en el caso de la latina sólo llega hasta la tercera etapa. Con respecto a la parte latina, la única sección del manual publicada en vida de Bello fue la dedicada a Plauto y a la época más antigua de la literatura latina, confundida con epopeyas populares:

[…] algunos miran la historia de las primeras edades de Roma como el reflejo de una ó más epopeyas populares, que desfiguraron los hechos, confundieron los personajes, dieron a las migraciones y revoluciones una personalidad real, y añadieron á todo esto innovaciones poéticas, verdaderas sólo en cuanto hablaban de las creencias y costumbres reinantes. (Bello s.a., p. 130)

No obstante, Bello expresa ciertas reservas ante los excesos interpretativos a que puede llevar esta lectura romántica tan claramente inspirada por Niebuhr:

Con la misma facilidad que se relega al país de las fábulas todo lo que creyeron acerca de los primeros tiempos de Roma los hombres más instruidos del siglo de Augusto, se levanta, sobre textos esparcidos acá y allá en noticias casuales de escoliastas y de poetas, y con el auxilio de suposiciones y conjeturas, un edificio completamente nuevo en que admiramos el ingenio y la imaginación del arquitecto, pero que, si nos es permitido expresar nuestro juicio, no nos parece más digno de respeto que el antiguo ni tanto. Que haya mucho de leyenda en la temprana historia de Roma, es preciso admitirlo; que todo, ó casi todo sea epopeya y símbolo, es lo que no podemos persuadirnos. (Bello s.a., p. 154)

Andrés Bello muestra en su obra claros ecos del ámbito cultural francés, según se ve en las continuas citas a autores galos, como el ya citado Villemain, o el historiador romántico Jules Michelet. De hecho, una de las obras básicas de consulta es la Biographie Universelle, a la que contribuyó decisivamente el primero de ellos. Fruto de esta orientación es, por ejemplo, el recuerdo de cuando los generales franceses honraron la cuna y la tumba de Virgilio durante sus primeras victorias por Italia (Bello s.a., p. 215), o la posible impronta de Cicerón en J.J. Rousseau (Bello s.a., p. 255). En lo que respecta al uso de la lengua, el manual está escrito, naturalmente, en español, si bien llama la atención que las citas de los textos latinos tan sólo aparezcan en su idioma original, en la idea, acaso, de que los lectores pudieran todavía entenderlas. De esta forma, podemos decir que Andrés Bello nos ofrece un manual propiamente romántico sin que por ello deje de mostrar aspectos propios de la preceptiva clásica. Una vez más, la tensión entre lo clásico y lo romántico define ambos aspectos. Este volumen que ahora comentamos no se publica ya retrospectivamente con un interés didáctico, sino histórico, dentro de la “Biblioteca Andrés Bello”. La fecha y el lugar de su publicación tienen, por tanto, un claro carácter histórico, motivado por el propósito de publicar las obras completas del ilustre político y polígrafo venezolano.

De esta forma, en ambos documentos, el de Lecluse y el de Bello, puede verse la profunda impronta que ejerce la cultura francesa sobre el continente americano. Francia se autoproclama heredera de la “civilización latina”, razón por la que a día de hoy se utiliza la denominación de “Latinoamérica” y estudiamos “literatura latina” y no “literatura romana”. En el primer caso, el manual es una traducción de un libro francés, y en el segundo se deja notar la influencia de autores como Villemain.

  1. CONCLUSIONES

Hemos podido apreciar cómo, gracias al planteamiento de la historia cultural nos es posible abordar este particular capítulo de la historia de la educación (la historiografía de la literatura grecolatina) desde una perspectiva que arroja nueva luz acerca de su significado y rol específico en el contexto de las nuevas ideologías imperantes en el siglo XIX. La paradoja de constituir un contenido “clásico” que se presenta desde los nuevos presupuestos románticos, así como el hecho de que se trate de un estudio que incide en la moderna construcción de la idea de Renacimiento y también de literatura nacional confieren a tales enseñanzas un papel clave en la configuración de la nueva visión no solo de la cultura en general, sino de la propia Antigüedad, que ahora recibe un tratamiento histórico y nacional, acorde con los nuevos tiempos. FRANCISCO GARCIA JURADO

Un paseo nostálgico por Atenas: la Academia de Platón

Vista de los restos de la Academia de Platón, en el barrio ateniense de Colono

Cualquiera que acceda al Partenón durante estas fechas veraniegas observará las filas impresionantes de turistas que se agolpan a la altura de los Propileos. Sin embargo, es posible recorrer casi en soledad (o simplemente rodeados de lugareños) algunos lugares que, si bien no resultan tan icónicos, son igualmente transcendentales. Llegar hasta el barrio ateniense de Colono, donde están los restos de la Academia de Platón, no merece la pena tan solo por visitar unas ruinas casi irreconocibles, sino por lo que este paseo (preferentemente a pie) nos da cuenta de la antigua ciudad de Sócrates y Pericles. FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

La Academia de Platon estaba a las afueras de Atenas, y a ella se llegaba directamente por una avenida funeraria que partía del barrio del Cerámico. No es fácil a día de hoy imaginar cómo era aquel recorrido jalonado de tumbas, sobre todo porque buena parte de este camino ha sido enterrado por los modernos edificios y el tráfico rodado. Sin embargo, merece la pena emprender al atardecer este evocador paseo hasta la Academia, como hicimos María José y yo mismo.

Si partimos de la céntrica Plaza de Sintagma, cuatro kilómetros de paseo nos aguardan hasta el barrio de Colono. Durante el primer tramo dejamos a nuestra derecha la casa de Schliemann y el precioso conjunto de edificios neogriegos compuesto por la Academia de Atenas, la Universidad y la Biblioteca Nacional. Luego descendimos hasta la infernal plaza de Omonia y definitivamente el paisaje urbano se fue haciendo cada vez más feo, a pesar de que, de vez en cuando, cabía encontrar algún recoleto rincón.

Tras cruzar las vías del tren, llegamos un poco más tarde al Parque Arqueológico de la Academia de Platón, donde tan solo son apreciables algunos cimientos. Quienes pasean por este entorno parecen haber olvidado, absortos en su cotidianeidad, el significado de aquel lugar. 

Me vino a la memoria entonces una lectura que hice hace ocho lustros de una obra escrita por Antonio Tovar, titulada Un libro sobre Platón. En ella se habla emotivamente de la fundación de la Academia:

La Academia en aquel tiempo era un modesto gimnasio, situado a 10 o 12 estadios (unos tres kilómetros) de la puerta de Dipylon, no lejos de la pequeña altura de Colono, que Sófocles, nativo de aquel barrio, había cantado en su última pieza. Se hablaba de un héroe desconocido que dio nombre al lugar, manera de explicar un nombre ininteligible, que provenía, sin duda, de los pobladores pregriegos del país.

¡Nombre ilustre llamado a albergar una escuela que se mantendría mil años en el mismo lugar, y que luego serviría para dar nombre a las más altas instituciones en enseñanza y cultivo de la ciencia!

Se salía de Atenas y al principio los sepulcros flanqueaban la via empedrada. Eran columnas coronadas por un vaso, estelas de piedra en las que el muerto se despide de los suyos, sirenas con cuerpo de ave…

Detrás de estas tumbas veíase el campo cultivado y comenzaban esos espeso olivares de Grecia, que no están en filas, como los de otras partes. Más a lo lejos sobresalían los montes Egaleo y Parnes, de roca pelada, con algún corro de árboles donde la tierra se había salvado pegada al peñasco.

El color del cielo era oscuro y profundo, mientras que en la tierra, salvo alguna mancha verde, dominaba el blanco, la plata, la sombra y el verde grisáceo y polvoriento. La gleba estaba blanca bajo el sol, guardando la humedad debajo de una capa reseca.

Después se llegaba a la Academia. Platón terminó por establecerse allí y no salir nunca de los muros, si no era para pasear por los cielos y trazar en ellos sus figuras infinitas. (A. Tovar, Un libro sobre Platón, Madrid, 1973, pp. 46-47)

El recuerdo de esta lectura me retrotrajo al pasado personal, minúsculo en comparación con el pasado secular que ahora evocábamos. Mereció la pena ir andando, pues así logramos entender la necesaria y simbólica distancia que mediaba entre la bulliciosa Atenas y la retirada Academia. Francisco García Jurado

 

Reinterpretar, disfrutar y ser mejores. Filosofía de la tradición clásica

 

Puede ser una imagen de 4 personas y texto que dice "UNED Facultad Filología IJORNADA CIENTÍFICA "EL MUNDO CLÁSICO Y SU PROYECCIÓN EN LA CULTURA OCCIDENTAL" 14 de marzo de 2023 Máster oficial El Mundo Clásico su proyección en la cultura occidental Departamento de Filología Clásica UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN ADISTANCIA"

Es muy grato recibir la invitación de nuestros colegas de otra universidad cercana para impartir una charla en el marco de sus enseñanzas. Este es el caso de la UNED y su máster “El mundo clásico en la cultura occidental”. La ocasión se vuelve aún más grata cuando comprobamos que vamos a compartir la mañana con uno de los profesores más queridos de esta universidad, como es el Dr. José María Lucas. Todas estas circunstancias excepcionales nos han animado a elegir para semejante ocasión un tema asimismo excepcional y no muy transitado: cuál es el sentido de nuestros estudios sobre Tradición Clásica y, en definitiva, cuál es nuestra relación vital, ética y estética, con el propio pasado. FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA LATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

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La feliz circunstancia de haber podido concluir el proyecto de investigación “Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica” nos ha permitido clarificar las bases conceptuales de nuestra disciplina. De una manera sinóptica, ofrecemos a continuación el cuadro que resume la obra, donde a la dimensión conceptual se une, asimismo, la de las personas y los métodos:

Ahora podemos apreciar cómo la comprensión acerca de nuestro pasado se sustenta sobre la complejidad de múltiples metáforas, tales como la de la herencia, la del contagio, la de la pervivencia y la democrática.

En la conferencia que ahora vamos a exponer, queremos ampliar el horizonte ya trazado en lo que corresponde al marco conceptual. De esta forma, a partir de las cuatro metáforas establecidas, vamos a observar cómo éstas implican una dimensión estética variada: la sublimidad de las ruinas, el clasicismo esencial, la vitalidad nietzschiana, o la relectura de los clásicos en clave de modernas estéticas, como es el caso de la lectura surrealista de Ovidio. Hay, además, una profunda dimensión ética para con el pasado, que también mantiene correlaciones con las cuatro metáforas iniciales: el problema de la memoria y el olvido con respecto a nuestro legado clásico, la censura (cancelación) de su influencia, la idea de una dignitas litterarum que faculta, pongamos por caso, que Platón o Sófocles pervivan más allá de su circunstancia concreta a través de los siglos y, finalmente, un progresivo cuestionamiento “democrático” con respecto a la jerarquía de los clásicos. Estos tres planteamientos, el hermenéutico, el estético y el ético, así como su propia articulación, nos llevan a proponer una filosofía de la tradición clásica en esta triple clave. Su consecuencia inmediata nos invita a plantear el gran compromiso vital que contraemos quienes estudiamos el pasado para forjar el futuro. 

  1. INTRODUCCIÓN. LA PERTENENCIA Y LA IDENTIDAD

Tombuctú - Wikipedia, la enciclopedia libre

Ismaël Diadié Haidara asumió, al igual que durante siglos habían hecho sus ascendientes, la inmensa responsabilidad de custodiar el Fondo Kati, formado por algunos de los códices andalusíes más importantes de lo que conocemos como la Biblioteca de Tombuctú. Ismaël es el último descendiente de Alí ben Ziryab al Kuti, que tuvo que marchar de la ciudad de Toledo en 1468 con destino a África. En el prólogo a su libro titulado Los últimos visigodos (2003), donde pone por escrito un curioso relato oral, se nos dice que cuando en África se saluda a alguien de una manera honorable, se repite varias veces tanto su nombre como el de su clan, pues no sólo se está saludando a esa persona en cuestión, sino a todos sus ascendientes. Este pequeño y hermoso ejemplo nos brinda una oportunidad única para entender lo que de manera primigenia es y, sobre todo, sentimos que es una tradición. Quien habite o haya habitado una zona rural sabe que en los pueblos una persona no existe individualmente, sino en función de su familia y de las personas amigas. Por eso, en los pueblos “somos de alguien”, de manera pareja a como los héroes homéricos se identificaban por su patronímico (“el Pelida Aquiles”). Cuando salimos del pueblo y vamos a otro cercano, si sus habitantes desconocen nuestra ascendencia concreta, podemos ser reconocidos en aquel nuevo espacio gracias a nuestra procedencia de un pueblo en particular, al igual que los héroes se identificaban por las polis de donde procedían.

La tradición, entendida en su sentido más primigenio, supone por tanto el elemento que hace que pertenezcamos a otros para disfrutar así de una identidad que es la que nos permite ocupar un lugar propio en el mundo. Los relatos que alimentan esta tradición suelen ser orales (salvo cuando alguien decide escribir un libro acerca de su pueblo y sus vecinos, género curioso que se prodiga en las zonas rurales españolas), y desde esa suma de relatos personales se alimenta un pequeño imaginario colectivo de usos y costumbres que tan sólo comparten las personas que se (re)conocen entre sí. Tales usos configuran lo que en la etnografía podemos considerar una tradición cultural que, pasado el tiempo, puede convertirse en pura leyenda.

Cuando tales tradiciones transcienden espacios concretos y se elevan a una manera de ser y de vivir en una determinada parte del mundo, pasamos a dimensiones más complejas que nos caracterizan como, por ejemplo, ser americanos, africanos o europeos. Hablamos entonces no tanto de culturas concretas, sino de civilizaciones. Quienes provenimos de una civilización que hunde sus raíces en el mundo grecolatino, aunque este elemento no sea excluyente de otros posibles, participamos de una identidad colectiva que a veces se diluye y se vuelve invisible, acaso por su inmensidad temporal y geográfica. La tradición clásica alcanza dimensiones de civilización, y ha dado lugar a la cultura que llamamos humanística a lo largo de los siglos y que ha llegado a latitudes ciertamente alejadas de su lugar de nacimiento: Grecia y Roma. Tal naturaleza civilizatoria da lugar, sin embargo, a una realidad problemática, como la falta de conciencia de esta tradición por parte de la gente en su quehacer diario y, asimismo, la profunda crítica al binomio “tradición clásica-Occidente”.

Desde que Gilbert Highet publicara por primera vez en 1949 su obra The Classical Tadition, con el elocuente subtítulo Greek and Roman Influences in Western Literature, han ocurrido muchas cosas en el mundo. Algo más de setenta años han dado para que tanto nuestra visión del mundo, entonces inmerso en una incipiente guerra fría, y hoy en plena fase de reequilibrio de las grandes potencias mundiales, haya producido un profundo cambio tanto en nuestra forma de entender lo que es una civilización (que en muchos casos identificamos con imperialismos) y nuestra propia relación con la Antigüedad grecorromana. A comienzos del siglo XXI surgieron dentro de la academia anglosajona los estudios de recepción clásica, que han alterado sensiblemente la idea de que la relación con los antiguos deba ser únicamente de influencia o imitación. Asimismo, se cuestionan las jerarquías ente antiguos y modernos. El debate entre la tradición y la recepción clásicas está servido. 

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Toda esta situación de crisis debe hacernos reflexionar a quienes enseñamos estas materias tanto acerca de lo que hacemos como sobre de la manera en que lo hacemos.  Yo mismo imparto una asignatura en la Universidad Complutense titulada “Tradición Clásica en la Literatura Universal” que sigue formulándose, sin que seamos del todo conscientes, tal como esta materia se concebía setenta años atrás. “Globalización”, “Poscolonialismo” o “Clausura” son términos que se han infiltrado en nuestras modernas retóricas. Sin necesidad de ser un mero servidor de las corrientes de pensamiento al uso, considero, no obstante, que tengo un deber para con la actualidad que domina la actual percepción del mundo clásico y su tradición.

Hace ya unos años, con ocasión de un encuentro dedicado a la metodología de la tradición clásica que íbamos a celebrar en la propia Complutense, invité al profesor Carlos García Gual para la conferencia de apertura y a un conocido filósofo para la de clausura. García Gual aceptó mi invitación inmediatamente y nos brindó una espléndida conferencia acerca de la tradición clásica y la traducción, pero el filósofo no aceptó participar, quizá porque le habíamos pedido que disertara acerca de un tema concreto: “Filosofía de la tradición clásica”. Pasado el tiempo, el desarrollo y la investigación específica en la elaboración del Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica nos ha permitido vislumbrar unas posibilidades hasta ahora apenas entrevistas que me facultan en este momento para acometer semejante conferencia. Las filosofías particulares de las disciplinas están encaminadas a fundamentar tales estudios mediante la explicación de su método y propósito. Pensemos en una filosofía de la ciencia, de la matemática, del derecho o de la historia. Existe incluso, ya de una manera más cercana a nuestro asunto, una “filosofía de la ciencia literaria”, propia de los años 30 del siglo XX, que nos ha inspirado y, sobre todo, nos ha hecho ser conscientes de la necesidad de una cierta guía que nos ayude a pensar por qué hacemos lo que hacemos.

Partimos, por tanto, de nuestra necesidad de saber para qué estudiamos la tradición clásica del arte, de la filosofía o de la literatura, y cómo se fundamenta este estudio. Tratamos de huir del mecanicismo y la mera mímesis irreflexiva. Quizá el primer problema que nos aguarda es que estamos ante un concepto que resulta a menudo vago, como ocurre, por ejemplo, con el de la llamada “música clásica”. Cuánta gente puede afirmar que detesta la música clásica y, llegado el caso, emocionarse con una composición de Bach. Esta vaguedad conceptual, la de hablar de “tradición clásica” casi como si fuera un cajón de sastre, simplifica en exceso y oculta la riqueza de contenidos y posibilidades que se encierra tras esta categoría. Por ello, es bueno comenzar atendiendo a la multiplicidad de relaciones que cabe establecer entre el pasado y el presente. Como vimos en nuestro libro Teoría de la Tradición Clásica (2016), la propia comprensión del pasado, su hermenéutica, es ya de por sí múltiple.

portada teoría de la tradición clásica

Al menos cuatro grandes metáforas dan cuenta de su riqueza: el legado, el virus, el fantasma y la materia.

  1. UNA HERMENÉUTICA

En su libro Múltiples moradas (1998), Claudio Guillén hace un elogio de la multiplicidad frente a los pensamientos unificadores y prejuiciosos. Lo múltiple nos libera de los esquematismos y los dogmas, y considero que este es el primer ejercicio que deberíamos ejercer a la hora de explicar los procesos de la tradición clásica. Sí, la tradición clásica debe ser comprendida como un hecho múltiple donde, al menos, entran en juego cuatro procesos complementarios para la comprensión del pasado:  

  • Tradición y legado

El pasado es concebido normalmente como un legado material que se transmite y que se hereda. La academia anglosajona ha desarrollado ampliamente esta idea (ocupa a este respecto un lugar clave Robert Ralph Bolgar, entre otros).

9780521042772: The Classical Heritage and its Beneficiaries

Normalmente, la idea del legado abarca muchos más aspectos que los meramente artísticos y alcanza ámbitos como el de la educación. No olvidemos que la educación, incluso por poco clásica que sea, viene a constituir una de la formas más características de la herencia grecolatina.

  • Influencia

La idea de influencia nos traslada a una metáfora biológica, afín al contagio de los propios virus, sobre todo auspiciada por algunos de los grandes pensadores alemanes, como Heidegger, cuyas ideas dejaron un importante poso en autores de la talla de Gadamer y el propio Steiner (quien sostiene la idea de que los clásicos “nos leen”). 

La idea de influencia supone, ante todo, la certidumbre de que la cultura grecolatina nos sigue hechizando gracias a una serie de elementos como su profundidad y su equilibrio.

  • Pervivencia

La pervivencia se sostiene sobre una metáfora de la inmortalidad y la resurrección. Se trata de una visión desarrollada igualmente por autores alemanes, como Otto Immisch. Los clásicos “reviven” en otras épocas y autores y se incorporan, por tanto, a una nueva vida. Los clásicos están, por tanto, vivos.

Este planteamiento, unido a las ideas de Nietzsche acerca de lo dionisiaco, configuraron buena parte de las nuevas concepciones de Warburg acerca del renacimiento de la Antigüedad en el arte.

  • Recepción

También derivada de la hermenéutica alemana, la recepción, formulable de forma más concreta como la “estética de la recepción” (Jauss e Iser), confiere a los receptores el absoluto protagonismo en la creación de significados.

La academia anglosajona adopta parte de estos presupuestos a comienzos del siglo XXI para dar lugar a las “Classical Receptions”, donde uno de los componentes principales consiste en la llamada “democratización” de los clásicos.

De esta forma, en resumen, cabría hablar de cuatro grandes metáforas que recogen la naturaleza de cada una de las interpretaciones que hacemos en torno a los clásicos: la metáfora hereditaria, la metáfora del contagio, la metáfora de la inmortalidad y la metáfora democrática.   

  • IMPLICACIONES ESTÉTICAS Y ÉTICAS DE CADA UNA DE LAS METÁFORAS

Para comenzar, cuando menos, a articular un asunto prácticamente inacabable, nos parece oportuno establecer las implicaciones que estas cuatro variedades hermenéuticas ofrecen a la hora de entrar en el ámbito de la estética y de la ética. Nuestra reflexión nos lleva a los presupuestos que reflejamos esquemáticamente en este cuadro:

HERMENÉUTICA

IMPLICACIONES ESTÉTICAS

IMPLICACIONES ÉTICAS

Tradición y legado

La sublimidad de la ruina

Memoria frente a olvido

Influencia

El clasicismo como esencia

Censura (Cancelación)

Pervivencia

La vitalidad frente al estatismo

Dignitas litterarum

Recepción

Materia clásica para las nuevas estéticas

Jerarquías cuestionadas

  1. UNA ESTÉTICA

Grabado del siglo XVIII de una escena con ruinas romanas

  • La sublimidad del legado clásico cuando es una ruina

El legado de la Antigüedad nos ha llegado las más de las veces en forma de ruina o fragmento. Esta condición precaria e incompleta de nuestra herencia clásica ha configurado una determinada visión estética que conocemos como la sublimidad. Junto al concepto de belleza, al que acaso supera, y frente a lo grotesco, al que se opone en calidad de contrapunto, lo sublime o la sublimidad han tenido un notable desarrollo en las teorías estéticas antiguas y modernas.

Su recorrido histórico se extiende desde el breve pero intenso tratado atribuido a Longino, probablemente escrito en el siglo I de nuestra era, hasta los modernos pensadores dieciochescos Edmund Burke (Indagación filosófica sobre el origen de las ideas acerca de lo sublime y lo bello) e Immanuel Kant (Lo bello y lo sublime), que dieron al término (y, de paso, al antiguo tratado) nueva vida en el contexto de las incipientes estéticas neoclásicas y románticas (el escocés Hugh Blair hará también lo propio en su difundida retórica).

Más allá de esta condición accidental de la ruina y el fragmento, cabe ver su conceptualización estética, de manera que los autores modernos son capaces de crearlos conscientemente. El poeta Ezra Pound compuso uno de los poemas más breves y famosos a propósito de Safo. Se titula, “Papyrus” y es como sigue:

Spring . . . . . . .

Too long . . . . . .

Gongula . . . . . .

La referencia a Gongula, una de las jóvenes amigas y compañeras de Safo, ocupa en este poema una posición clave, ya sea por lo que el nombre propio evoca, ya por las resonancias fonéticas que mantiene en inglés tanto con “long” como con “spring”. En un artículo publicado en 2009 por María José Barrios Castro, la autora tuvo ocasión de relacionar el uso de la estética del fragmento con la brevedad de los haikus y una obra de Alma Tadema:

  • El clasicismo como esencia

Frente a los nuevos aires de la estética romántica, cuando a lo largo del siglo XIX se va creando y extendiendo el concepto de “clasicismo”, la idea clave que lo sustenta parte de la convicción de que lo clásico comporta unos valores implícitos de serenidad y armonía que transcienden el tiempo y las modas.

El clasicismo tendría, pues, mucho que ver con esta naturaleza “contagiosa” o “influyente” del arte y la literatura clásica, exaltada ahora como una consiente elección estética. Si bien convertido paradójicamente en otro ismo propio del siglo XIX, dirá Paul Valéry que “el clasicismo siempre viene después”, y Borges, en la voz poética de Góngora, reconocerá que “Virgilio me ha hechizado, Virgilio y el latín”.  

  • La vitalidad frente al estatismo

El sentido vivo de una Antigüedad que se hace parte del presente nos acerca a una visión dinámica, cercana a la idea de lo dionisiaco propuesta por Nietzsche.

Warburg siguió los pasos del filósofo alemán y nos deja adivinar en su propia obra la impronta que el Origen de la tragedia ha ejercido en propia su visión del “frenesí demoníaco”, símbolo de una Grecia muy alejada del estatismo de los mármoles imaginados por Winckelmann. Asimismo, cabe ver perfectamente la idea de una recepción activa de la Antigüedad que está ligada, como cabría esperar en un seguidor de las ideas de Burckhardt, al concepto historiográfico del Renacimiento. En este sentido, son muy característicos de Warburg sus estudios acerca de Botticelli y su cuadro titulado “El nacimiento de Venus”.

Sandro Botticelli, "El nacimiento de Venus". Temple sobre lienzo, 1482-1484  - Departamento de Educación Departamento de Educación

  • Materia clásica para las nuevas estéticas

Frente a la idea patrimonial del legado, la vírica de la influencia, o la vitalista de la pervivencia, la recepción centra su mirada en la “materia” de lo clásico frente a la “forma”. Así pues, al convertir lo clásico en materia dúctil, podemos conferirle nuevas formas al calor de las estéticas de la modernidad. Si nos fijamos bien, las tres visiones anteriores ya comportan, a su manera, una nueva estética como forma de mirar la Antigüedad: la sublimidad romántica, el clasicismo alternativo a lo romántico, o el vitalismo dionisiaco de Nietzsche.

Ahora, en la recepción, esta circunstancia de la concurrencia de las nuevas estéticas se convierte en un poderoso argumento que nos permite, por ejemplo, apreciar a Ovidio desde el surrealismo, como ocurre con el “Diálogo con Ovidio” de Gonzalo Rojas:

DIÁLOGO CON OVIDIO

Cum subit illius tristissima noctis imago
quae mihi supremum tempus in Urbe fuit…

Leo en romano viejo cada amanecer
a mi Ovidio intacto, ei mihi,
ay de mí palomas,
cuervas más bien, pájaras
aeronáuticas, ya entrado
el año del laúd del que no sé
pero sé aciago. […]

Estos cuatro presupuestos no dejan de ser, simplemente, una mirada posible acerca de las implicaciones estéticas (la sublimidad, el clasicismo, lo dionisiaco y las estéticas de la modernidad) que nos ofrecen cada uno de los cuatro caminos hermenéuticos propuestos. No menos interesante resultan las implicaciones éticas.

  1. UNA ÉTICA

Archivo:Mengs, Jupiter küsst Ganymed.jpg

  • Memoria frente a olvido

Preservar el legado no sólo materialmente, sino también como memoria viva de lo acontecido supone un gran compromiso ético que se enfrenta, entre otras cosas, al irreparable olvido. La damnatio memoriae actúa muchas veces como un simple acto de desprecio e indiferencia. En La montaña mágica de Thomas Mann, un humanista, Settembrini, echaba en cara a todo un profesor de latín, el jesuita Naphta, su empeño demoledor de terminar con la herencia de la cultura humanística (burguesa) en aras de una nueva “alba proletaria”.

La montaña mágica

Pasado el tiempo, parece que hemos transigido en que nos roben la cultura impunemente. Cierta generación que ascendió por una escalera a su particular Parnaso, decidió que, tras sus pasos, ya nadie tenía derecho a seguir subiendo por ella y sencillamente la derribaron. Aurora Luque resume perfectamente esta situación tal como se presenta en nuestros días:

Castigar la enseñanza de los clásicos es como asesinar a los abuelos. Perdemos la memoria de lo mejor que fuimos, el legado del pueblo que inventó todo lo que todavía reconocemos como bello y como bueno: el teatro, la construcción histórica de la ciudadanía, el lenguaje de la razón, la pasión por la belleza, el invento de la verdadera libertad como un bien cívico… (Entrevista en El Cultural del 20 de septiembre de 2021)

  • Censura (Cancelación)

Si la indiferencia o el desprecio ante el legado de los clásicos resulta peligrosa, no menos letal puede ser, desde la idea de la influencia, considerar que tal influencia puede ser perniciosa. La idea de que los clásicos pueden ejercer una “perniciosa influencia” viene de antiguo. Las poesías de Safo fueron censuradas y, aún mucho más, mutiladas ya en la misma Antigüedad. Primero, se consideró que ciertos clásicos eran perniciosos por sus costumbres sexuales o por ser paganos, y ahora por ser “políticamente incorrectos”. En 1851, un abate ultraconservador, Gaume, escribió un curioso libro titulado Le ver rongeur des sociétés modernes ou le paganisme dans l’éducation. En él afirmaba que la enseñanza de los clásicos era la culpable de los males de la sociedad moderna, tales como el socialismo y el divorcio. Gaume pensaba sobre todo en ciertos usos políticos y apropiaciones que desde la Revolución francesa de 1789 se habían hecho de ciertas ideas de los clásicos, como la concepción espartana del estado.

El asunto podría parecernos baladí, pero hoy día modernos centros educativos están “cancelando” (es el nuevo eufemismo) la lectura de los clásicos por entrar en conflicto con los nuevos presupuestos de la corrección política. Esta actitud, que desprecia, en aras a nuevos dogmatismos, el hecho de la lectura crítica y distanciada, se torna peligrosa. En la práctica, tanto los seguidores de Gaume en el siglo XIX como los actuales abanderados de la corrección política persiguen una idea común: legitimar su ignorancia.

  • Dignitas litterarum

El famoso humanista florentino Pico della Mirandola propuso, a partir de su profunda lectura de los clásicos, la idea de que los seres humanos teníamos una doble condición que nos equiparaba, por un lado, a las bestias y, por otro, a los dioses.

Pico1.jpg

Esta segunda condición es la que atañe a la, así llamada, dignitas hominis, que considera al ser humano como centro de las cosas y ser capaz de proyectarse más allá de sus meros límites biológicos. Asimismo, frente a la idea medieval del hombre en calidad de ente limitado y finito, Pico della Mirandola nos dibuja al ser humano como proyección, como alguien capaz de romper con sus meras fronteras físicas para convertirse en algo grandioso. Desde estos presupuestos, consideramos que la literatura, en calidad de creación humana, no es otra cosa que una proyección que va más allá del tiempo, de manera que su estudio no debería ceñirse a las obras como tales, ni tan siquiera a los escritores, sino a esos vectores del tiempo que hacen que una obra adquiera dimensiones gigantescas y atemporales. Desde hace años me tienta hacer una traslación de este concepto a la propia literatura cuando esta es capaz de pervivir y transcender más allá de su mera circunstancia. La literatura verdaderamente digna es aquella que transciende, que nos educa, que no es de usar y tirar, y que transmite verdades humanas a través de las generaciones.

  • Jerarquías cuestionadas

La moderna lectura “democrática” de los clásicos, abanderada por los teóricos de la recepción, topa con una cuestión delicada e inherente a la propia formulación antigua del término “clásico”: la de jerarquía. En el siglo II de nuestra era, cuando Aulo Gelio utilizó un término como classicus para referirse a los autores antiguos que eran ejemplo de corrección gramatical, partió de dos supuestos: los autores antiguos (hasta Virgilio) son buenos por el hecho de ser antiguos y vienen a ser como la aristocracia de una suerte de república literaria.

De hecho, classicus se refiere originariamente a los ciudadanos más solventes de la primitiva Roma, frente a proletarius. Al consultar el capítulo titulado “Les cadres de la société” en la Guide Romain Antique, presentada por G. Hacquard y elaborada por J. Dautry y O. Maisani, podemos leer, tras una cita inicial de Hegel[1], la siguiente afirmación:

La société romaine, comme toutes les sociétés antiques, est fondée sur l’inégalité. (Hacquard 1952, 18)

Al leer esta frase y, especialmente, la palabra “inégalité”, nos viene rápidamente al recuerdo uno de los artículos clave de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 (a saber, “Tous les hommes naissent libres et égaux en droits”). De esta forma, la Antigüedad se definiría por la “inégalité” frente a la “égalité” sobre la que, cuando menos teóricamente, se fundarían las sociedades modernas. Esta desigualdad, en el caso de Roma, estaría representada por la división ente patricios y plebeyos, si bien, tuvo lugar una significativa reforma social que cambiaría tales reglas del juego, tal como podemos leer más adelante:

Une réforme, dite de Servius Tullius et que la tradition fixe à 578, abolira les privilèges politiques attachés à la naissance et fondera la hiérarchie des citoyens sur leur fortune. (Hacquard 1952, 19)

Resulta curioso el cuidado que este segundo texto, por sucinto y escolar que resulte, pone en la elección de otras dos palabras clave para explicar la reforma del rey Servio Tulio: de una parte, “privilegios”, término referido a la división entre patricios y plebeyos, marcada por el nacimiento, frente a “jerarquía”, término relativo a la nueva redistribución basada en la fortuna. A lo largo del tiempo, la idea del clásico se ha ido vaciando de este contenido jerárquico hasta llegar al concepto del canon personal, donde cada cual elige sus propios clásicos. El ejemplo moderno más notable de esta nueva “redistribución” de los recursos literarios nos la ofrece Italo Calvino en el conjunto de ensayos que llevan el título genérico de Por qué leer los clásicos.

Por qué leer los clásicos - 1

De esta forma, al igual que veíamos la multiplicidad de implicaciones estéticas que cada una de las metáforas de la tradición nos ofrecía, las implicaciones de carácter ético nos llevan hasta ámbitos como el de la memoria, la censura, la dignidad o la jerarquía.

  1. CONCLUSIÓN

Al comienzo de este trabajo hemos propuesto la importancia de la multiplicidad como instrumento que sale al paso de los esquematismos. La múltiple hermenéutica de la tradición clásica (herencia como legado, influencia, pervivencia y recepción) asegura esta riqueza inherente de nuestro pasado. A su vez, hemos propuesto la incidencia que cada uno de los aspectos hermenéuticos aquí propuestos tiene en el plano de lo estético y lo ético. De ello, se derivan aspectos estéticos como el de la sublimidad romántica de la ruina y el fragmento, el clasicismo esencial, el carácter dionisiaco y vital de la Antigüedad y el poder transformador de las modernas estéticas cuando inciden en lo antiguo. Asimismo, en lo que al ámbito ético respecta, hemos visto la responsabilidad de la memoria, la censura de los clásicos, la dignidad de la literatura como hecho transcendente y los modernos escrúpulos ante la idea de las jerarquías literarias.

Nuestra labor académica conlleva un profundo compromiso con la vida. Consideramos que esta propuesta y paseo por lo que puede ser una filosofía de la tradición clásica no resulta tan sólo interesante por su riqueza, sino también necesaria como ejercicio previo de reflexión que sirva, asimismo, para situarnos en el mundo.   

Quede expreso mi agradecimiento a Yordan Arroyo, María José Barrios Castro, Javier Espino Martín, Aurora Luque, Carlos Mariscal de Gante y Pablo Testa. 

[1] Cita que, por lo demás, no resulta nada inocente, dado que establece la clave dialéctica para estudiar la historia de la antigua Roma: “[Patriciens, pébéiens:] ce dualisme caractérise véritablement l’être le plus intime de Rome.” (Hacquard 1952, 18).

 

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La recepción de las ideas literarias en el marco de la Historia de la Ciencia (Proyecto HCLC)

El lunes 20 de febrero de 2023 se celebra en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México el ciclo de mesas redondas que lleva el título de “El viaje de las ideas”. Este ciclo va a suponer la primera presentación pública del proyecto EL VIAJE DE LAS IDEAS LITERARIAS. HISTORIOGRAFÍA COMPARADA DE LAS LITERATURAS CLÁSICAS (ÁMBITOS HISPANO Y LUSO 1782-1950): TRANSFERENCIAS CULTURALES ENTRE EUROPA Y AMÉRICA (HCLC). Referencia: PID2021-122634NB-I00. Será una ocasión magnífica para comenzar a poner en común los planteamientos que configuran una investigación tan singular como sugerente: la manera en que una moderna disciplina dedicada al estudio de la literatura antigua ha ido difundiéndose desde los lugares en que se crea hasta el continente americano, donde va a encontrar, asimismo, nuevas lecturas y posibilidades. Esta es la otra mitad, normalmente invisible, de un proceso tan ambivalente como fascinante. POR FRANCISCO GARCIA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA LATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Llevo más de veinte años tratando de explicar lo que, a todas luces, resulta una aparente paradoja: la “Historia de la literatura griega (helena)” y la “Historia de la literatura latina (romana)” son disciplinas modernas, formuladas de tal forma a finales del siglo XVIII por Friedrich August Wolf. El planteamiento historicista (“historia interna” e “historia externa”) y nacional dieron a las, así llamadas, Graecae et Latinae Litterae un nuevo enfoque que sirvió de modelo para la configuración historiográfica de las modernas literaturas nacionales, cuyo estudio significó para los románticos nada menos que la llave destinada a comprender el espíritu de sus respectivos pueblos. Sabemos bien dónde nacieron tales ideas, pero su recepción y fortuna siguen constituyendo una nebulosa, sobre todo en lo que concierne a ámbitos culturales como el hispano y el luso. A dilucidar cómo aquellos planteamientos, en principio germánicos, se convirtieron en europeos y, por lo demás, en universales, es a lo que vamos a dedicar nuestro proyecto “El viaje de las ideas literarias”.

Desde hace un tiempo, el relato de la Historia de la Ciencia viene basculando desde la perspectiva de los “creadores” a la de los “receptores”. En un interesante libro divulgativo dedicado a la ciencia hispánica, José María López Piñero señalaba que un gran problema a la hora de afrontar un estudio semejante era “la reducción de la ciencia a las «grandes figuras» y la colonización cultural” (José Mª López Piñero, La ciencia en la historia hispánica, Barcelona, Salvat, 1982, pág. 6).

LA CIENCIA EN LA HISTORIA HISPANICA. : Jose Maria López Piñero: Amazon.es:  Libros

Esta breve frase esconde dos aspectos clave que deben ser analizados de manera consciente para, de esta forma, ser capaces de apreciar mejor su alcance: las “grandes figuras” y la “colonización cultural”.

Las “grandes figuras”, desde su papel indiscutible de creadores de conocimiento, ofrecen una visión necesariamente parcial de los ámbitos sociales donde se mueve la ciencia. Se trata de una perspectiva de innegable cuño romántico, que atribuye a tales personajes el papel de “héroes” de una interesante novela (las vidas de las personas que se dedican a la ciencia, como Madame Curie). Pero esta idea, a pesar de su innegable bondad, conlleva la presuposición de que allí donde no hay un Einstein, pongamos por caso, no hay ciencia. Sin embargo, el conocimiento no vive tan solo de tales “héroes”, sino también de lo que consideramos la “masa crítica”, concepto obviamente mucho menos romántico, pero fundamental cuando queremos analizar el desarrollo científico de una comunidad dada. La masa crítica es fundamental para comprender el contexto donde se genera el conocimiento, pero también donde éste se recibe y reinterpreta. Vayamos ahora a un ejemplo significativo de nuestro ámbito de estudio, la Historiografía de la literatura clásica. Cuando en la Universidad de Halle el ya citado Friedrich August Wolf, comenzó a pergeñar a finales del siglo XVIII el nuevo planteamiento nacional e histórico del estudio de la literatura romana en clave de biografía de su propio pueblo, no pudo ni sospechar la fortuna que este planteamiento iba a tener en lugares tan remotos como puede ser la ciudad de La Habana. Naturalmente, para que este planteamiento, que dividió el estudio de la literatura en Historia interna e Historia externa, transcendiera los límites de su ámbito de trabajo, otro académico, esta vez Franz Ficker, profesor de Estética en la Universidad de Viena, tuvo que componer un manual destinado a divulgar tales ideas, que no hubieran tenido semejante predicamento si no fuera porque otro erudito, a su vez, Napoleon Theil, vertió el manual a la lengua francesa en 1837. Una vez traducido al francés, el manual de Ficker logró una gran fama en los círculos académicos europeos, incluidos los de España y Portugal. Y será ya en el último cuarto del siglo XIX cuando el profesor cubano Antonio María Tagle vierta al español parte de este manual y lo publique en La Habana. Así pues, desde la Halle de Wolf hasta La Habana de Tagle se ha producido un interesante proceso por el cual unos conocimientos muy específicos han atravesado dos lenguas (alemán y francés, hasta llegar al español) y un océano.

Por su parte, el concepto de “colonización cultural” puede ser abordado desde ángulos complementarios. No me gusta “ideologizar” un proyecto de investigación partiendo de apriorismos. La investigación, en mi opinión, debería ser algo parecido a cuando vemos salir un chorro de agua por el grifo: no estamos criticando si el agua cae, o si lo hace con mayor o menor fuerza, simplemente intentamos explicar las razones de este proceso. En este sentido, la llamada “colonización cultural” puede ser un mecanismo que comparta aspectos positivos a la vez que negativos. En respuesta a los tradicionales estudios comparados, cuando Michel Espagne planteó la idea de “transferencias culturales”, ofreció una herramienta útil para nuestro mejor conocimiento de los procesos que hacen posible que unas ideas vayan desde un lugar a otro: comerciantes, traductores, docentes o exiliados pueden ejercer, de manera voluntaria o forzada, tales roles favorecedores del viaje de las ideas. Espagne contempla en estos casos la parte más noble de los intercambios culturales y, en buena medida, deja al margen otros mecanismos que, a menudo, no se tienen en cuenta, como puede ser el afán de ser colonizado para, digamos, subirse al carro de los prestigiosos. En este sentido, considero que la propuesta de “franquiciado cultural” de Juan Luis Conde, miembro del equipo del proyecto HCLC, ofrece una herramienta muy útil para poder apreciar un hecho a menudo más sutil que el de la mera imposición de las ideas por parte de grupos foráneos. En el ámbito que aquí nos ocupa, me ha parecido muy interesante el caso del que podemos considerar el primer manual de literatura latina publicado en España. Lo compone en 1846, a instancias del director de instrucción pública del momento, Antonio Gil de Zárate, un joven profesor llamado Ángel María Terradillos. De manera especial, su segunda edición, publicada en 1848, abunda en numerosas y superficiales referencias a dos eruditos alemanes: Friedrich Schlegel y Barthold Georg Niebuhr, abanderados de la nueva historiografía romántica que proviene del mundo germánico. Terradillos, escribe un manual ciertamente anodino, encaminado básicamente a que los estudiantes de Derecho de la Universidad Central de Madrid tuvieran un cierto barniz de literatura clásica, una vez desmantelada la asignatura de Perfección del latín (véase mi artículo titulado “La Guía del perfecto latino (1848) de Luis de Mata i Araujo, o la derrota del Humanismo en España”). Para camuflar la premura de su obra y, sobre todo, la falta de brillantez, intenta ponerla en relación con unas ideas foráneas que en ese momento gozan de gran prestigio, al igual que hoy muchos académicos aderezan con brillo anglosajón sus estudios. 

Ángel María Terradillos compuso improvisadamente el primer manual moderno de Literatura latina en España. Atrás quedaban ya las Latinae litterae.

Sea por unas razones o por otras, tan importante como la generación de ideas es la de la propia recepción de éstas a nuevos ámbitos y latitudes, donde se reinterpretan y cobran nueva vida. El caso de la recepción del manual de Otfried Muller, del que ya he tenido ocasión de escribir en otro lugar, es una de las muestras acaso más representativas de ese flujo e intercambio entre lenguas y naciones.

Nuestro proyecto de investigación “El viaje de las ideas literarias” es igualmente viajero, como también lo es su objeto de estudio, y el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM es el enclave perfecto para su primera presentación pública, como ya se hizo en su momento con la propia presentación del Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica. POR FRANCISCO GARCIA JURADO

 

La vida en papel (artículos de prensa sobre literatura latina)

Algunos (algunas) colegas de mi departamento de Filología Clásica de la Complutense creen, no sé si con pretendida ingenuidad, que la asignatura que imparto bajo el título de “Roma imaginada” trata simplemente de “películas de romanos”. Me gustaría que alguna vez se dieran una vuelta por mis clases matutinas, pues acaso se asombrarían de las inesperadas cosas acerca de las que enseño. De manera particular, hay una clase que me ha costado preparar nada menos que unos treinta años. Seguramente ya se trate de un tema anacrónico, pero cuando hablo acerca de los imaginarios de Roma en la moderna prensa escrita, me gusta ofrecer un particular recorrido por la literatura latina: mi “manual” no es otro que una carpeta repleta de artículos de prensa. No sólo es la literatura latina, sino también el afán recopilador, la pasión por saber y por vivir, aquello a lo que no renuncio (en la fotografía, una vista de la ciudad de Bolonia) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA LATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

A mis grupos de “Roma imaginada”, en la espera de que alguna vez estas personas todavía jóvenes sean conscientes de todo lo que hicimos durante aquellas mañanas que para mí fueron felices y para ellas serán remotas. De manera muy especial, para Héctor, Javier y Nuria.

Cuando lo anecdótico o circunstancial, en este caso unos pobres recortes de prensa, se convierte en un inesperado argumento es, seguramente, cuando comenzamos a darnos cuenta de que nuestra vida esconde un sentido peculiar que no desciframos hasta pasado el tiempo. Aquellos recortes que suelo llevar a la Complutense una  mañana de noviembre o diciembre forman parte de mi vida, de vivencias a menudo felices. Entre otras, cómo olvidar el artículo que el gran Ettore Paratore escribió sobre Horacio en 1992, y que me encontré, precisamente, volviendo a España desde Milán, en la revista de una compañía aérea italiana. En un lugar donde uno sólo espera encontrar los abalorios al uso de este tipo de publicaciones (los rutinarios Rólex, los palos de Golf, o estrafalarios gustos de lo que se supone que es la buena vida) me encontré el artículo titulado “Tra una satira e un’epistola”. Volvía cargado con la propia edición de Plauto del mismo Paratore, los cinco tomos que había encontrado en una tienda de periódicos al lado del mismo colegio donde me hospedaba (con el precioso nombre de I Poeti) en Bolonia. También mostré en clase el artículo que apareció en el diario El País sobre el bimilenario de Virgilio (28 de marzo de 1981, ahí es nada), con una semblanza de Luis Antonio de Villena. Llamó la atención un artículo sobre el pintor Guillermo Pérez Villalta, quien afirmaba haber leído a Ovidio (con toda seguridad las Metamorfosis, pero quizá también el Ars Amatoria) en los tiempos cándidos y ahora irreconocibles de la llamada “movida”. Es uno de mis propósitos poder dirigir una tesis doctoral sobre el valor que la cultura del mundo grecorromano tuvo durante los felices años 80 del pasado siglo XX. La posible correspondencia de San Pablo y Séneca motivaba un artículo del diario El Mundo (domingo 24 de octubre de 1999), y nada menos que Francisco Ayala escribía acerca de una relectura del Satiricón de Petronio en El País del 27 de junio de 1995. Entre otros artículos, recordé con especial cariño el que Joan Perucho escribió para el ABC cultural con el título de “Los viñedos del poeta Ausonio”. Fue el 10 de marzo de 1995, y todavía pude leerlo junto a mi padre. El tiempo ha pasado irremediablemente, como diría un antiguo poeta, pero ha quedado cierta conciencia de lo vivido. Cuando toca a su final la última de las novelas de A la búsqueda del tiempo perdido, el personaje protagonista de Proust encuentra felizmente las claves de su vida gracias a una asociación circunstancial de cosas (simplemente, vuelve a tener una misma sensación que hacía años había sentido mientras degustaba una madalena). No en vano, esta última novela se titula El tiempo recobrado. FRANCISCO GARCÍA JURADO

El poeta Horacio, la felicidad y la Universidad de Harvard

Una reciente conferencia sobre la felicidad y la literatura latina impartida por mi brillante colega Juan Antonio González Iglesias me ha traído el grato recuerdo de una estancia de estudios en la Universidad de Harvard. Esta asociación de ideas precisa de una explicación, naturalmente. González Iglesias se refirió a la manera en que algunos poetas latinos multiplican sus deseos de felicidad, tal como hace Horacio al final de la triste y bella oda XIII del libro primero. En realidad, como coda de un poema desventurado, no deja de ser un amargo voto de dicha destinada a los otros; sin embargo, tales versos, perfectamente descontextualizados, se convierten en un canto al amor duradero. El caso es que aquellos versos me recibieron hace ya unos años a la entrada del antiguo campus bostoniano. POR FRANCISCO GARCIA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA LATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
 
La zona más antigua de la Universidad de Harvard es la que se conoce como Harvard Yard. Es un lugar delimitado y tranquilo que contrasta ciertamente con el bullicio de Harvard Square, llena de tiendas y otros servicios. Dentro de Harvard Yard podemos encontrar algo parecido a dos grandes parques rectangulares en torno a los cuales se reparten los venerables edificios. Uno es el Old Harvard Yard, el lugar fundacional de la universidad, en 1636, y el otro, más reciente, es lo que se conoce como el Tercentenary Theater, que es donde está, entre otros edificios, la famosa biblioteca Widener. Precisamente, paseando alrededor de Harvard Yard por la Massachusetts Avenue, y ya casi llegando a Harvard Square, encontré dos puertas de entrada simétricas y coronadas cada una por dos sendos en latín. En la puerta de la izquierda se podía leer lo siguiente:

Felices ter et amplius,quos inrupta tenet copula nec malis
 
Una traducción de urgencia nos permite entender: “Felices tres y más veces aquellos a los que una unión no rota mantiene ligados y no con malos…”. Falta texto para entender el sentido completo, que rápidamente encontramos encima de la puerta de la derecha:
 
divulsus querimoniis suprema citius solvet amor die.
 
Gracias a este otro verso podemos apreciar que el “malis” del verso anterior debe unirse a la palabra “querimoniis”: “… (y) su amor, desgarrado (por malos) lamentos, no se disolverá antes de que llegue el día final”. Los buenos estudiantes de latín de otro tiempo habrían reconocido rápidamente que se trataba de los versos 17-20 de la famosa Oda 13 del libro I de Horacio. Se trata de un poema con el que Horacio expresa sus desventuras amorosas por Lidia, donde los celos y la incertidumbre se aúnan para darnos una imagen del mismo poeta que se me antoja tan catuliana. Finalmente, en un rasgo inconfundiblemente horaciano, el poeta ensalza la felicidad que debe de conllevar una unión duradera y pacífica. Sin el contexto anterior, estos versos finales, ahora colocados sobre ambas puertas de entrada, se nos muestran como una manifestación genuina de la felicidad conyugal. 
 
Ni los estudiantes ni los turistas de hoy en día apenas reparan acerca de estas cosas. Sí he visto que tales versos se siguen recordando al menos en los libros dedicados a la historia del campus. Un día, durante mi estancia, encontré a un señor intentando leerlos y me atreví a decirle que eran versos de Horacio, del poeta latino. El pobre hombre huyó espantado ante aquel espontáneo alarde de erudición por parte de un desconocido.
 
Ofrezco finalmente la traducción que de estos versos ofrece el poeta Enrique Badosa
 
Tres veces más felices y aun más serán aquellos
que se encuentran unidos por un vínculo intacto,
y a quienes el amor nunca extinguido
por malvadas querellas, no habrá de separar 
antes que les llegue el día de la muerte.
 
Francisco García Jurado