Octavio Augusto, o el imaginario del poder

El presente trabajo pone en relación cuatro monumentos antiguos (la estatua de Prima Porta, las Res Gestae Divi Augusti, el Ara Pacis y la misma Eneida) con sendos documentos bibliográficos publicados en fechas clave del siglo XX: un manual escolar de literatura latina publicado en 1928 (dictadura de Primo de Rivera), una antología de fuentes latinas sobre Octavio publicado en 1939 (III Reich de Adolfo Hitler), una guía arqueológica publicada en 1938 (dictadura de Benito Mussolini) y un ensayo alemán publicado en español el año de 1945 (dictadura de Francisco Franco). De este análisis, cabe establecer un complejo imaginario del poder basado en cuatro ideas básicas: la imagen del líder, su legitimación, la equivalencia entre poder y orden y, en cuarto lugar, el afán de pervivencia más allá del propio tiempo en que se ejerce ese poder. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA CLÁSICA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

  1. Introducción: el imaginario del poder

El título de este trabajo nace de un juego de palabras a partir de un conocido libro titulado Augusto y el poder de las imágenes, una obra fundamental publicada por el historiador alemán Paul Zanker en 1987 (editada en español por Alianza Editorial).

Libro: Augusto y el poder de las imágenes. - 9788420671130 - Zanker, Paul -  · Marcial Pons Librero

El libro demuestra cómo el primer emperador de Roma, Octavio Augusto, se sirvió del arte, la arquitectura y los símbolos públicos como una poderosa herramienta de propaganda para consolidar su poder absoluto y reconstruir la identidad romana tras décadas de guerras civiles. Si bien vamos a servirnos de algunos de los presupuestos establecidos por la obra citada, el propósito de este trabajo, sin embargo, es bien distinto y mucho más concreto. Nuestra intención es partir de cuatro monumentos antiguos propiciados por Octavio Augusto para analizar cómo han quedado plasmados en algunos documentos bibliográficos modernos: una historia de la literatura romana, una antología de textos sobre Augusto, una guía arqueológica del Ara Pacis y un ensayo sobre Virgilio. A través de la pequeña historia de cada documento intentaremos perfilar cuál es el imaginario del poder creado por Augusto y que ha llegado hasta nosotros, normalmente de manera inconsciente. Este trabajo pretende mostrar cómo el primer emperador de Roma creó un complejo imaginario del poder que ha transcendido hasta nuestro tiempo a través de algunos de los regímenes políticos más característicos de la Historia: el absolutismo, el fascismo y, por regla general, los populismos, y cómo ese imaginario ha llegado hasta nosotros de una manera sutil y concreta por medio de materiales didácticos, guías de monumentos o ensayos. Pero antes de hablar acerca del imaginario del poder augusteo conviene definir qué son los imaginarios en general y los de Roma en particular.

La Filología Latina y la moderna Universidad de Madrid: ensayo  historiográfico | Reinventar la Antigüedad

  1. Qué son los imaginarios. Su carácter social y compartido

Es importante que definamos lo que son los imaginarios (González-Rivas Fernández s.v. “Imaginario”, en el DHTC), con especial realce en su carácter social y compartido. El concepto de imaginario se presenta, a día de hoy, como un instrumento clave para poder comprender cómo se lleva a cabo la recepción de la Antigüedad en los contextos modernos, dado que las ideas que nos hacemos colectivamente acerca de las cosas, al margen de su exactitud o adecuación, se convierte en un aspecto clave para apreciar cómo se representa el mundo clásico en la actualidad. Los imaginarios de Roma son muchos y complejos. Así lo mostramos en la asignatura “Roma imaginada”, que impartimos en la Universidad Complutense. Estos son algunos de los principales imaginarios de Roma, tal como quedan reflejados en el tema primero de la asignatura:

a) El imaginario romano frente al griego

b) Roma como imperialismo

c) Ex Roma lux: el imaginario renacentista

d) El imaginario viajero y de las ruinas: Roma y el Grand Tour

e) La Roma de la sangre y los vicios

f)  Oriente frente a Occidente

El asunto de Augusto y el imaginario del poder está íntimamente ligado al imaginario de “Roma como imperialismo” (a este respecto, resulta muy pertinente el libro de Juan Luis Conde titulado La lengua del imperio; la retórica del imperialismo en Roma y la globalización), que desde los años 70 ha llevado a que ciertos libros de Historia sustituyan el término “Romanización” por otros como “Invasión romana” o “Aculturación”.

LA LENGUA DEL IMPERIO: LA RETORICA DEL IMPERIALISMO EN ROMA Y LA  GLOBALIZACION | Juan Luis Conde | Casa del Libro

Asimismo, como veremos en el último apartado de este trabajo, el imaginario del poder augusteo también está muy ligado a la idea de Oriente frente a Occidente. De manera concreta, Roma representaría a Occidente, tal como vamos a encontrar en la interpretación del pasaje del escudo de Eneas que figura en el libro octavo de la Eneida. Dado que el concepto de poder es un elemento clave tanto en la cultura romana como en su moderno imaginario, es conveniente aclarar algunos aspectos previos de naturaleza léxica.

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  1. El concepto de poder y la lengua latina

La lengua latina ofrece un campo especialmente rico para analizar la concepción romana del poder, tanto por la variedad de términos empleados para designarlo como por las relaciones semánticas que estos establecen entre autoridad, dominio y orden. Entre los conceptos fundamentales destacan imperium, potestas y auctoritas, que, aunque relacionados, remiten a formas distintas de ejercer o legitimar el poder. El primero se vincula especialmente con la capacidad de mando y de imposición; el segundo, con el poder reconocido por una determinada posición institucional; el tercero, finalmente, con una autoridad basada en el prestigio, la legitimidad y la influencia.

La República Romana

Esta concepción compleja del poder permite comprender también la tensión entre los dos grandes imaginarios políticos de Roma: República e Imperio. Como ha señalado Juan Luis Conde, ambos pueden entenderse como modelos en conflicto que articulan de manera diferente la relación entre poder, instituciones y comunidad. En este contexto, resulta especialmente significativa la asociación entre orden y poder, que puede formularse mediante la metáfora conceptual EL PODER ES ORDEN. Esta concepción da lugar, por ejemplo, a una falsa definición del anarquismo como “desorden”, como Podemos apreciar en la segunda acepción que de “Anarquía” nos ofrece el DLE:

Del gr. ἀναρχία anarchía.

  1. Ausencia de poder público.

Ant.: gobierno.

  1. Desconcierto, incoherencia, barullo.

Sin.:desorden, caos, confusión, desgobierno.

Ant.: orden.

  1. anarquismo (‖ doctrina que propugna la supresión del Estado).

Sin.: anarquismo, libertarismo, acracia.

De esta forma, el poder se legitima así en la medida en que es capaz de establecer, conservar y proyectar un determinado orden político y social. Por su parte, la noción de poder absoluto adquiere una dimensión particular cuando se proyecta sobre el espacio y el tiempo: un poder verdaderamente absoluto aspira a extenderse territorialmente y a perpetuarse históricamente, presentándose además como un poder indiscutible. De ahí surge uno de los problemas fundamentales de la teoría política posterior: la necesidad de limitar y dividir el poder para impedir su concentración absoluta.

En este sentido, Octavio Augusto constituye para la posteridad una de las representaciones más elaboradas del poder absoluto. Su figura concentra y transforma las distintas tradiciones romanas del poder, articulando autoridad, mando y legitimidad bajo una nueva configuración política. El imaginario augusteo proyectará así una determinada idea de poder que no se limita a la capacidad de gobernar, sino que aspira a presentarse como garantía de orden, estabilidad y continuidad en el tiempo.

  1. Octavio Augusto y cuatro monumentos representativos de su poder

En aras a una necesaria concreción, vamos a centrarnos en cuatro monumentos cuya creación favoreció el propio Augusto para fomentar el imaginario de su poder y el propósito de cada uno:

  1. La estatua del emperador hallada en Prima Porta: la imagenpersonal del dictador
  2. Las Res Gestae Divi Augusti o el Monumentum Ancyranum: la legitimación de las acciones
  3. El Ara Pacis Augustae recuperado y reconstruido junto al Tíber: el ordenimpuesto
  4. La Eneida de Virgilio: el afán de perpetuidad

El planteamiento de nuestro trabajo no consiste en el análisis de estos monumentos como tales, sino en la proyección moderna que tuvieron en sendos documentos bibliográficos publicados en fechas fundamentales del siglo XX:

  1. Un manual de literatura latina publicado en Madrid el año de 1928 (dictadura de Primo de Rivera)
  2. Una edición escolar acerca de las fuentes del emperador publicado en Berlín/Leipzig el año de 1939 (III Reich de Adolfo Hitler)
  3. Una guía del Ara Pacis publicada en Roma el año de 1938, reeditada sucesivamente tras la Segunda Guerra Mundial (dictadura de Benito Mussolini)
  4. Una traducción española del libro de Haecker sobre Virgilio como padre de Occidente y publicada en Madrid en 1945 (dictadura de Francisco Franco)

Nuestro objeto de estudio, por tanto, lo van a constituir estos cuatro documentos bibliográficos, cuyas fechas de edición o reedición van a ser argumentos esenciales para el análisis que queremos llevar a cabo acerca del imaginario que Octavio Augusto creó en torno a su poder ya en pleno siglo XX.

  1. La estatua de Augusto y un manual escolar publicado en 1928

La estatua de Prima Porta, hallada en 1863, se ha convertido en la imagen por antonomasia del emperador, si bien ha ido recibiendo a lo largo de los años diferentes lecturas, fundamentalmente ligadas a modernas dictaduras. De manera significativa, en 1940, el dictador italiano Benito Mussolini regaló a España varias copias de bronce de esta estatua. Mussolini buscaba promover el fascismo y recordar un pasado romano compartido. Envió estas estatuas a ciudades españolas fundadas por el emperador romano, como Zaragoza, Mérida, Tarragona y Gijón. Más allá de la monumentalidad de la estatua y de sus réplicas, a la hora de estudiar su dimensión imaginaria, contamos con unos instrumentos mucho más discretos, si bien resultan ciertamente útiles: los materiales didácticos. De hecho, los libros escolares sirvieron de manera muy efectiva para la difusión de la estatua, y no solo los de arte o historia de Roma. A este respecto, puede verse la interesante ilustración que aparece en el manual de literatura latina de Eustaquio Echauri, publicado en 1928 y manual único y oficial, de acuerdo con las directrices de a política educativa durante la dictadura de Primo de Rivera. La imagen de Augusto aparece, no lo olvidemos, en un manual de literatura (no de historia de Roma), y muy cerca de la propia imagen de Virgilio, un par de páginas más atrás (en los dos apartados finales volveremos a esta productiva y conflictiva asociación entre el emperador y el poeta). No se trata de un hecho baladí, pues la presencia de Augusto va a incidir en la propia manera de periodizar la literatura latina. Este manual sigue una pauta historiográfica muy consolidada ya en el mundo académico: la delimitación de la “Edad de Augusto” frente a la “Edad republicana”, encarnada en Cicerón. Se trata de un rasgo propio de la historiografía germana (Schanz-Hosius). Véase a este respecto el cuestionario preparado durante la dictadura de Primo de Rivera para la división de la literatura latina, inspirado precisamente en la historiografía germánica:

  1. Literatura latina: conceptos y preliminares
  2. Ciclo literario de la monarquía, y de la república

Elementos de literatura nacional

Edad arcaica

Edad de Cicerón

  1. Ciclo literario del imperio

Edad de Augusto

Edad argéntea  

Edad de cobre

De esta forma, había un interés expreso en diferenciar la edad de Cicerón, asociada a las interminables luchas civiles, de la edad de Augusto, caracterizada por el fin de tales luchas (aquí podría apreciarse la metáfora subyacente del poder absoluto como instaurador del orden). De esta forma, el poder absoluto es el que crea la paz y el orden, frente a la disensión propia de los regímenes republicanos. Echauri se muestra claramente favorable a la nueva situación política creada por Augusto:

Entramos en el segundo período de la Edad de oro, conocido con el nombre de Edad de Augusto. Cansados los romanos de sus interminables guerras civiles, apenas sintieron la pérdida definitiva de su libertad republicana, compensada por la paz que el imperio les traía. El cambio de gobierno debía traer consigo la transformación de la literatura: los géneros que, como la oratoria, sólo viven con las luchas políticas, pasaron casi totalmente a la historia. Pero Augusto y su favorito Mecenas fueron cultivadores y grandes protectores de las letras: pasó el tiempo de los briosos discursos del Senado y del foro: empezaron las recitaciones literarias de salón, y se abrió campo a una nueva era de poesía, consagrada en gran parte a celebrar al príncipe y el imperio. (ECHAURI 1928: 78-79)

Observemos que no deja de estar aquí implícito el imaginario del dictador con mano de hierro que termina con las disensiones políticas, afín a lo que señalaba el manifiesto del propio Primo de Rivera, cuya pretensión era liberar a España de los “profesionales de la política”. Con respecto a la ilustración del manual, tenemos una fotografía definida por el ángulo desde el que se toma la perspectiva de la estatua. La fotografía parece corresponderse con una proveniente de la misma Alemania y realizada en 1891 (Getty Images):

Puede ser una imagen de libro y texto

La imagen se caracteriza porque no está tomada frontalmente, sino desde el ángulo derecho, como cabe intuir del basamento. La fotografía ha cumplido una misión importante a la hora de difundir la imagen de la estatua de Augusto, donde se lo representa eternamente joven y con una evidente pose de autoridad.  A pesar de la longevidad del emperador, esta impronta juvenil es la que ha quedado en la retina colectiva. Asimismo, y aunque se hayan hecho ensayos sobre su coloración original, la propia fotografía en blanco y negro ha contribuido a difundir una imagen monócroma de la Antigüedad.

  1. Res Gestae. El uso de la primera persona y la herencia cesariana. El Monumentun Ancyranumen el contexto de una publicación alemana de 1939

Una mañana, al entrar en la Biblioteca de Filología Clásica de la Universidad Complutense, me sorprendió la presencia de unas pequeñas torres de libros, todos iguales, que estaban a disposición de quien quisiera llevárselos. No tardé en darme cuenta de que se trataba de antiguos materiales didácticos publicados a finales de los años 30 del siglo XX y procedentes de Alemania. Uno de ellos llamó especialmente mi atención, dado que en su portada aparecía reproducida la estatua de Augusto de Prima Porta que ya hemos visto en el apartado anterior, si bien en este caso la imagen reproducía la estatua frontalmente.

Por lo que pude indagar, tales ejemplares habían llegado desde Alemania. Eulalia González Parra, por aquel entonces subdirectora de la Biblioteca de la Facultad de Filología de la Complutense, me proporcionó esta útil información acerca de la procedencia de tales ejemplares: “Los libros llegaron procedentes del Instituto de Secundaria Cervantes. No todos son alemanes, pero hay muchos. Hay unos 1700 libros que están ahora en cajas. Llegaron algunos más pero hicimos un primer expurgo y mandamos a otras bibliotecas lo que no era de nuestra materia. Por lo que yo he podido indagar creo que el fondo alemán tiene que ver con los años en que el IES Cervantes ocupó los locales del antiguo colegio alemán de Madrid”. Revisemos sucintamente el contenido de este ejemplar que contiene las Res Gestae publicado por la afamada editorial Teubner en Leipzig-Berlín en 1939 acerca de las fuentes sobre Augusto. Las fuentes vienen constituidas por Tito Livio, unos pasajes de la Vida de César de Suetonio, la primera égloga de Virgilio, el Monumentum Ancyranum, ciertos pasajes de los Fastos de Ovidio y algunos pasajes de la Vida de Augusto por Suetonio. El libro fue elaborado por Max Gottschald, quien ya en 1927 había publicado también en Teubner una obra titulada Augustus und seine zeit: Suetons biographie und andere quellen. En este caso, las fuentes son Suetonio, Horacio, Donato, Monumentum Ancyranum, Mecenas, Livio, Virgilio, Ovidio y Estrabón. Curiosamente, la recopilación de tales textos también excluye lo testimonios relativos a los Anales de Tácito, mucho más críticos.

El año de 1939 es relevante porque termina la Guerra Civil española y comienza la Segunda Guerra Mundial. También en este mismo año de 1939 publica Ronald Syme su afamado libro The Roman Revolution. El libro supuso una lectura revisionista y abiertamente negativa del emperador que no llegó a ser plenamente aceptada hasta terminada la gran contienda.

Desde luego, el libro sobre las fuentes de Augusto publicado en 1939 no supone en absoluto una publicación inocente. De manera análoga, en 1938 Pascual Galindo había dedicado su traducción del Monumentum Ancyranum en la revista Jerarquía a Francisco Franco, en sintonía con el el espíritu nacionalsocialista de la época (Duplá 2001). Las Res Gestae son más un documento histórico que literario. Desde luego no alcanza a la altura de las obras del padre adoptivo de Augusto, Julio César. Ambos autores buscaron la legitimación de sus actos en sus escritos. Podemos apreciar cómo desde los cimientos de la educación se legitima el poder absoluto.

No deja de ser curioso el interés que este monumento suscitó en el rey Luis XIV. El llamado Rey Sol, ligado mitológicamente a Apolo, crea inspirado en el propio Augusto el imaginario del absolutismo. La relación histórica entre el Monumentum Ancyranum (si bien se perdió la inscripción que había frente al Mausoleo, pudo encontrarse la inscripción de las Res Gestae Divi Augusti en Ankara) y el rey Luis XIV de Francia radica en el impulso de la corona francesa por recuperar y copiar este valioso texto clásico a principios del siglo XVIII. Si bien hoy día ya no existe más que el emplazamiento del Monumentum Ancyranum, disponemos de una copia del texto justamente al pie del moderno emplazamiento del Ara Pacis, en Roma.

Altamira. Blog de Historia del Arte, por Antonio Boix.: Comentario: El Ara  Pacis de Roma.

  1. Ara Pacis. Poema en mármol y una guía publicada en Roma en 1938

Mi visita al Ara Pacis se produjo ya cuando se había dispuesto el moderno complejo museístico diseñado por Richard Meier. Además de una pequeña discusión con el personal de control acerca de mi derecho a entrar gratis por ser profesor de filología latina, recuerdo que en su tienda encontré una antigua guía arqueológica del monumento.

El ejemplar pertenece a una acreditada colección de guías arqueológicas que aún pueden encontrarse como restos editoriales en ciertos museos y yacimientos. La guía en cuestión que encontré en la tienda del Ara Pacis era obra del arqueólogo italiano Giuseppe Moretti (primera edición de 1938) dentro de la “Collana degli Itinerari dei Musei, Gallerie e Monumenti d’Italia”. Giuseppe Moretti dirigió la excavación, rescate y reconstrucción definitiva del Ara Pacis Augustae entre 1937 y 1938, convirtiéndose en la figura clave para la salvación de este icónico monumento romano. Moretti no hace en su guía referencia alguna a la situación política del momento, salvo cuando se habla de la decisión tomada por el ministro de educación, Giuseppe Bottai, de acometer la reconstrucción. Pero no debe olvidarse el papel fundamental que desempeñó Benito Mussolini en una campaña propagandística que ligaba el pasado romano imperial con el nuevo régimen fascista.

La guía de Moretti volvió a ser publicada tras la segunda guerra mundial, una vez liberado el monumento de sus protecciones. Es muy significativo que esta guía gozara luego de sucesivas ediciones tanto en italiano como en inglés. La posterior historia editorial de esta pequeña guía da cuenta de la nueva relectura del monumento, más allá del contexto político donde se inscribe su reconstrucción. Ciertamente, Moretti tan solo daba una escueta noticia acerca de las disposiciones que el ministro de instrucción pública había aprobado para que se desarrollara el proyecto de recuperación. En realidad, el tono técnico de la guía contrasta con la naturaleza propagandística que llegó a tener el acto de inauguración (https://youtu.be/CILr3dV3hxI?is=NWDNB1EuaziJjJ1u).

La Paz Augusta va a ser otro de los grandes mitos ligados a las modernas dictaturas. Recuerdo que el Hospital Universitario La Paz en Madrid se inauguró el 18 de julio de 1964. Su nombre y creación conmemoraban los llamados “XXV Años de Paz” del régimen franquista tras la Guerra Civil. El Ara Pacis es uno de los monumentos que mejor definen desde el punto de vista iconográfico la época y la figura del primer emperador de Roma. En señal de agradecimiento por sus exitosas campañas por Hispania y la Galia, en el año 13 a.C., el Senado decidió construir este altar de la diosa Paz junto al Campo de Marte, lugar conocido por tal nombre porque allí se había erigido antiguamente un templo al dios de la guerra. Esta circunstancia no deja de tener cierto carácter simbólico, pues la guerra y la paz constituyen las dos caras del propio Augusto. Primero se erigió un altar provisional el mismo año 13 a. C., y en el año 9 a.C. se terminó de construir el altar de mármol de estilo helenizante que podemos admirar hoy día reubicado y reconstruido junto al Tíber.

Vamos a terminar nuestro apartado sobre el Ara Pacis destacando el papel protagónico que tiene Eneas en su iconografía, en un afán de la familia imperial por apropiarse de la propia leyenda troyana, de manera que Augusto se convierta en un nuevo Eneas. No en vano, si se contempla el templo desde la esquina delantera derecha, vemos a un lado a Eneas y, al otro, en el relieve lateral, al mismo Augusto, ambos con la cabeza velada y en clara relación de continuidad. Este planteamiento nos lleva al cuarto y último de los monumentos que vamos a estudiar, esta vez literario.

Arco de la Victoria - Wikipedia, la enciclopedia libre

  1. La Eneida. La muerte de Virgilio y la inmortalidad de Augusto: la publicación en 1945 de un libro alemán sobre el poeta y su misión providencial

La Ciudad Universitaria de Madrid fue uno de los principales frentes de combate de la llamada “defensa de Madrid”. Su restauración se inauguró oficialmente el 12 de octubre de 1943, y la construcción del llamado “Arco de la Victoria”, que contiene dos inscripciones latinas, tuvo lugar entre 1950 y 1956. Vamos a referirnos ahora a un libro publicado en Madrid en 1945 y cuyo prólogo, significativamente, se ubica expresamente en esta Ciudad Universitaria.

Haecker, Theodor Virgilio. Padre De Occidente : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive

Se trata de la versión española de una obra publicada catorce años antes, en 1931, por Theodor Haecker, con el título de Virgilio, Padre de Occidente. El libro es vertido a la lengua española y publicado en 1945 con un prólogo del argentino Juan Carlos Goyeneche (1913-1982), un destacado político, escritor e intelectual ultra-nacionalista argentino vinculado al catolicismo integrista y a las corrientes de extrema derecha del siglo XX. Su figura es históricamente relevante por sus conexiones transnacionales con los regímenes fascistas europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Goyeneche, director del proyecto editorial donde se inscribía la versión española del libro de Haecker, se encargó de escribir el prólogo oficial de este volumen, mientras que la traducción del texto original en alemán al castellano corrió a cargo del académico español Valentín García Yebra. En el prólogo, no sin expreso dolor, aparecen los ecos al final de la Segunda Guerra Mundial y el hundimiento de la Alemania nazi. Desde 1931 hasta 1945, la visión providencial de Haecker, concebida en unos tiempos bien diferentes, los de la República de Weimar (1918-1933), supone toda una relectura contrastable con otra obra publicada también en 1945, pero ya muy lejana a la anterior en cuanto a los presupuestos de que parte. En 1945, terminada la Segunda Guerra Mundial, el ambiente favorable y legitimador del emperador Octavio Augusto iba a dar un vuelco.

Un aspecto representativo de este nuevo estado de cosas será la segunda edición de La revolución romana de Ronald Syme en 1951, un contexto más favorable para comprender su posición crítica que el de 1939. A finales de la II Guerra Mundial el escritor austriaco Herman Broch publica su novela titulada la Muerte de Virgilio. La novela relata minuciosamente las últimas dieciocho horas de vida del poeta romano Virgilio tras su llegada al puerto de Bríndisi junto al emperador Augusto. Enfermo y sumido en un estado de duermevela entre la lucidez y el delirio, Virgilio se ve asaltado por una profunda crisis existencial. Atormentado por la idea de que su obra maestra, la Eneida, es imperfecta y no ha logrado capturar la verdad absoluta, toma la drástica decisión de quemar el manuscrito. El núcleo del libro avanza a través del debate ético y estético entre el poeta y el emperador Augusto, quien intenta convencerlo de preservar el poema para la gloria del Imperio romano.

La obra de Haecker sobre Virgilio intenta releer al poeta en clave de “paganismo adventista”, a partir de la idea, tan cara para autores como Tertuliano (ca. 160-ca. 220), de que el alma, aunque pertenezca al mundo pagano, no deja de ser por naturaleza cristiana: anima naturaliter Christiana (Tert. Apol. 17.6). Se parte, por tanto, de la consideración de un cierto sentido prospectivo de la vida del propio Virgilio, de forma que su obra debería leerse en la clave de lo que luego llegará a ser el cristianismo y la moderna cultura occidental. Como bien señala Haecker, es necesario partir del hecho, natural para San Agustín y para Dante, pero incomprensible, acaso, para la modernidad, de que la Roma cristiana surgiera de una Roma pagana (Haecker, 1945: 45). Asimismo, la Roma cristiana da lugar a la idea de un Occidente cristiano frente a Oriente. Para ilustrarlo, Haecker se centra en el pasaje del escudo de Eneas (Verg. Aen. 8,626-728), donde Virgilio situó, junto a las huestes de Octavio y Antonio, a los dioses monstruosos de Egipto que se erigían contra las divinidades de Venus, Apolo o Minerva (Haecker, 1945: 59-60). Resulta curioso que este pasaje también atrajera la atención de Adam Parry, egregio representante de la Escuela de Harvard, si bien con una interpretación mucho más abocada al conflicto político entre Marco Antonio y Octavio.

Otro argentino, al igual que Goyeneche, tradujo a la lengua española la obra de Broch en 1946, que se publicó en Buenos Aires bajo el sello editorial Santiago Rueda. Nos referimos a Arístides Gregori. Sin embargo, este libro, precisamente a partir de la traducción de Gregori, no llegó a publicarse en España hasta 1979, en la colección de Alianza Tres.

Desde luego, la revisión que se hace de la figura de Augusto en la novela es radicalmente distinta, así como el carácter e intención de Virgilio en su Eneida. Del cristianismo “avant la lettre” que propone Haecker, Broch deriva al pesimismo más lúcido.

Veamos ahora cómo cada autor considera el pasaje del escudo de Eneas, ubicado en el libro VIII de la Eneida. Haecker en ningún momento cuestiona a Octavio, en cuya lucha con Marco Antonio se convierte en el baluarte de Occidente y de su idea de orden:

Las Bucólicas, lo hemos de ver aún, son los elementos de la poesía de Virgilio, que se repiten constantemente en sus obras posteriores; revelan la medida de aquella fuerza sin la cual nadie es poeta, por muy grande hombre que sea en otros aspectos; muestran que Virgilio tiene una proporción lírica para el lenguaje y hasta qué punto es pura esa proporción; muestran que es poeta desde la raíz de su ser, que el poeta domina en él al pensador, aun cuando hubiera podido llevar a la práctica su decisión de no vivir, una vez concluida la Eneida, más que para el estudio de la filosofía. Pero no era éste su hado. Después de muchos años, siguieron las Geórgicas, cantos al trabajo y a la agricultura, y siguió… Áctium. ¡Cuánta suerte necesita un poeta clásico! Más que César. Sin esta decisión, por largo tiempo valedera, entre el Occidente y el Oriente, que Virgilio vió con absoluta claridad como la decisión entre el espíritu de Occidente con su idea del orden y de la luz y de la medida y de la confianza, y el de Oriente con su enormidad y desesperación —Virgilio ve en las figuras proféticas del escudo de Eneas, junto a los ejércitos de Octavio y Antonio, que luchan entre sí, los monstruosos dioses de Egipto, el labrador Anubis de cabeza de perro, arremetiendo contra Venus, Apolo y Minerva—, sin esta batalla y su efectiva decisión en favor del Occidente contra el Oriente, que estaba capitaneado por un desenfrenado traidor a su propio espíritu occidental —posibilidad que siempre puede darse de nuevo y hoy y en el futuro es más de temer que nunca—, sin esta intervención del hado no hubicra sido posible la Eneida. (Haecker, p. 59)

El propio Broch regresa a este pasaje del libro octavo de la Eneida, donde hace su aparición estelar Octavio, en uno de los episodios más tensos de su novela, justamente cuando el emperador logra quedarse con el manuscrito:

«-Hay pocas cosas tan dignas de mi memoria. ¿No fue poco después de regresar yo de Egipto, cuando me sometiste el primer esbozo de la epopeya?

-Tú lo has dicho.

-Y en el centro del poema, verdaderamente centro y clímax del poema, en el centro del escudo de los dioses que concediste a Eneas, ha[s] puesto la descripción de la batalla de Accio.

-Así lo hice. El día de Accio fue la victoria del espíritu romano y sus costumbres sobre las oscuras fuerzas de Oriente, la victoria sobre el oscuro misterio que acaso se había apoderado de Roma. Esta fue tu victoria, Augusto.

-¿Sabes el pasaje de memoria?

-¡Cómo podía saberlo! Mi memoria no alcanza la tuya.

-¡Oh, ningún engaño era posible! Inequívocamente el Augusto había dirigido los ojos hacia el cofre del manuscrito, y los mantenía fijos en él: ¡oh, no era una ilusión, había venido a quitarle el poema!» (Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, 1995, 305)

Virgilio recitará ante Augusto los versos 674-688 del libro octavo, justamente donde aparecen enfrentados el mismo Augusto y su rival Marco Antonio. Los reproducimos en la versión de Aurelio Espinosa Pólit:

“En el medio campean las enormes

ferradas naves de la guerra de Accio:

sobre dorado oleaje está el Leucates

hirviendo todo en orden de batalla.

En un frente se yergue Augusto César:

toda Italia en pos de él, senado y pueblo

con los Penates y los Grandes Dioses.

Vese de pie sobre la excelsa popa,

lanzan sus sienes dos alegres llamas,

y el astro paternal sobre él fulgura.

Al favor de los vientos y los dioses

mandando su escuadrón avanza Agripa,

y al exhibirse -enseña de victoria-

la corona rostral luce en su frente.

Del otro lado Antonio, que volviendo

vencedor de los pueblos de la Aurora

y a costa bermeja con variados

ejércitos de bárbaros, arrastra

en pos de sí al Egipto y al Oriente,

y a la Batriana en sus confines últimos.

A su lado, ¡oh baldón!, la egipcia esposa…”

Naturalmente, este pasaje, con la presencia de Augusto y su gran colaborador, Marco Vipsanio Agripa, establece un dramático contraste con las figuras de Marco Antonio y Cleopatra, llamada por Virgilio su Aegyptia coniunx. En definitiva, Roma enfrentada a Oriente y Egipto. Parry, en el artículo citado, no pierde de vista este fundamental pasaje. Por una parte, compara la pareja formada por Dido y Eneas con la que representan Cleopatra y Marco Antonio. Resulta una comparación ciertamente desafiante, pero no creo que sea tanto por la comparación en sí como por lo que implican ambas parejas acerca de lo que podría haber sido y no fue (¿y si Eneas se hubiera quedado en Cartago, junto a Dido, desafiando al destino?). Por otra parte, Parry también recurre al escudo de Eneas y nos dice lo siguiente al respecto:

“Aeneas’ shield is adorned with scenes from Roman history, history which is future to him -it is here that we read of Augustus at the Battle of Actium- and as he puts it on, Virgil says:

He marvels at the scenes, events unknown to him,

and lays upon his shoulder the fame and fate of descendants

attolens umero famamque et fata nepotum” (Parry 1963, pp. 74-75 )

El verso que cita Parry es ya el que cierra el pasaje, es decir, el 731 del libro octavo, y apela a ese interesante concepto, tan propio de esta parte de la Eneida, como es el de un “futuro” para Eneas que ya es pasado para los lectores de la obra. Esta perspectiva nos recuerda al Futuro pasado del historiador Koselleck, donde, verosímilmente, vemos enfrentada la experiencia que supone el pasado con la expectativa del futuro, perfectamente recogida en estos últimos versos del pasaje:

“Esto Eneas admira en el escudo

que a Venus dio Vulcano; no comprende,

mas goza en las figuras, y alza al hombro

las glorias y los hados de sus nietos” (Virg. Aen. 8, 729-731)

Todavía en latín se expresa mejor o de manera más sintética este, llamémosle, “goce de la incomprensión”: rerumque ignarus imagine gaudet. En ningún momento Parry cita a Broch en su trabajo, pero Broch se adivina y, como en otras señeras ocasiones de la historia de la filología, la creación literaria se adelanta a lo académico. De esta forma, Augusto quiso que la Eneida perpetuara su imagen, su legitimidad y orden más allá de su propia circunstancia.

  1. Conclusiones

El análisis de los cuatro monumentos vinculados a Octavio Augusto —la estatua de Prima Porta, las Res Gestae Divi Augusti, el Ara Pacis y la Eneida— permite comprender que el poder de Augusto no se construyó únicamente mediante la acción política o militar, sino también a través de un complejo imaginario capaz de proyectarse sobre la sociedad y de perdurar más allá de su propia época. Cada uno de estos elementos representa una dimensión diferente de ese poder: la imagen personal del líder, la legitimación de su autoridad, la paz entendida como resultado del orden y, finalmente, la construcción de una memoria destinada a perpetuar su figura.

Uno de los aspectos fundamentales que se desprenden del trabajo es la estrecha relación entre poder, orden y paz. La contraposición entre la etapa republicana, asociada a las guerras civiles y a la división política, y la llamada «Edad de Augusto», presentada como un período de estabilidad, permite entender cómo se construyó la imagen de un poder absoluto capaz de poner fin al desorden. De este modo, Augusto aparece ante la posteridad como la encarnación de una autoridad que encuentra su justificación precisamente en la paz y en la estabilidad que proporciona.

El estudio de la recepción moderna de estos monumentos demuestra, además, que el imaginario augusteo no pertenece exclusivamente a la Antigüedad. Las diferentes lecturas realizadas durante los siglos XIX y XX muestran cómo la figura de Augusto fue recuperada y reinterpretada en contextos políticos muy diversos. Especialmente significativa resulta su utilización durante las dictaduras y los regímenes autoritarios del siglo XX, donde determinados aspectos de su figura —el liderazgo personal, la concentración del poder, la restauración del orden, la paz y la recuperación de un pasado imperial— podían servir para legitimar nuevas formas de autoridad. Los documentos estudiados, publicados o reeditados en momentos como la dictadura de Primo de Rivera, el ascenso del fascismo y el nacionalsocialismo o el final de la Segunda Guerra Mundial, permiten observar con claridad este proceso de apropiación del pasado.

La estatua de Prima Porta ejemplifica especialmente bien la construcción de la imagen del líder. Su difusión en materiales educativos y su posterior utilización propagandística muestran cómo una representación artística de Augusto pudo convertirse en un modelo visual del poder personal. Del mismo modo, las Res Gestae muestran la importancia de que el propio gobernante construya y transmita el relato de sus éxitos, convirtiendo su trayectoria política en una narración legitimadora. La selección y difusión de estas fuentes durante los años treinta revela, además, que la recepción de Augusto podía adquirir una dimensión política concreta en contextos favorables a la concentración de la autoridad. El Ara Pacis, por su parte, permite observar la asociación entre Augusto, la paz y el orden. La recuperación y reconstrucción del monumento durante el fascismo italiano demuestra hasta qué punto la Antigüedad podía ser utilizada para establecer una continuidad simbólica entre el poder imperial romano y los regímenes contemporáneos. Sin embargo, la posterior reedición de la guía de Moretti después de la Segunda Guerra Mundial muestra también que un monumento puede desprenderse parcialmente de su contexto político original y adquirir nuevas lecturas. Por tanto, el imaginario no permanece estático, sino que se transforma según las necesidades y perspectivas de cada época.

Finalmente, la Eneida introduce una dimensión diferente: la capacidad de la literatura para convertir el poder político en memoria y en destino histórico. La relación entre Augusto, Virgilio y Eneas permite presentar al emperador como heredero y culminación de una historia que comienza con los orígenes míticos de Roma. Las diferentes interpretaciones de Virgilio estudiadas —desde la lectura providencial de Haecker hasta la visión mucho más crítica y problemática de Broch— demuestran que incluso una obra destinada a contribuir a la construcción de la imagen augustea puede ser reinterpretada posteriormente desde perspectivas muy diferentes.

En definitiva, el principal resultado del trabajo es comprobar que el poder de Augusto no reside únicamente en los monumentos que dejó, sino también en el imaginario que estos monumentos han generado y en las sucesivas apropiaciones que de ellos se han realizado. Imagen personal, legitimación, paz vinculada al orden y memoria perenne constituyen los cuatro grandes componentes de ese imaginario. Su pervivencia a través de distintos períodos históricos demuestra que la figura de Augusto ha servido como un modelo recurrente para pensar y representar el poder político.

Por ello, estudiar a Augusto desde la perspectiva de sus imaginarios permite superar una lectura exclusivamente histórica de su figura y comprender cómo la Antigüedad puede ser constantemente reconstruida desde el presente. El caso de Augusto pone de manifiesto, en último término, que las imágenes, los textos, los monumentos y las obras literarias no solo conservan la memoria del pasado, sino que también pueden convertirse en instrumentos para construir nuevas interpretaciones del poder. Su influencia llega así hasta nuestro tiempo, muchas veces de manera inconsciente, como parte de un imaginario político y cultural que continúa asociando la imagen del líder con su legitimación, basada en el orden, y el afán de pervivencia histórica.

Un viaje por Senegal y por la poesia de Léopold Sédar Senghor

Somos muy libres de viajar como queramos, incluso de banalizar nuestro viaje hasta convertir el país visitado en un parque de atracciones. Sin embargo, algunas personas necesitamos mucho más que un simple periplo físico o visual por los lugares que recorremos. Siempre que viajo a un nuevo país, procuro acompañarme de una lectura adecuada. La expectativa de un completo viaje por Senegal fue el acicate más que perfecto para adentrarme, con el permiso del calor y del cansancio, en la obra poética de quien, sin duda alguna, es su escritor más representativo, y no menos que el primer presidente que tuvo Senegal tras su independencia. Me refiero a Léopold Sédar Senghor, cuya poesía completa él mismo dejó ordenada y de quien tenemos una dignísima traducción en español. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Senghor, antes de llegar a ser presidente de Senegal, dio clases de lenguas clásicas en un instituto francés. Su buen conocimiento de la poesía latina nos permite disfrutar de sus elegías, que en buena medida son una alternativa a la épica. El uso de la “recusatio” elegíaca (rechazo a cantar hazañas épicas) es una constante clásica de su lírica, sazonada de lo africano y de cierta saudade. Como bien apunta mi amigo Belmiro Fernandes Pereira, “Senghor, Senhor em português. Léopold Senghor, o poeta da negritude, foi também grande amigo da lusofonia.”

Me ha acompañado por el viaje a Senegal la poesía de Léopold Sédar Senghor en la delicada traducción de Javier Del Prado Biezma con introducción de Lourdes Carriedo. Está poética híbrida de cultura africana y francesa se entiende mejor en su contexto. Dentro del ejemplar ahora figura el sello del Museo Senghor en Yoal y una hoja de baobad.

Además, quiero que quede aquí expreso mi agradecimiento a Fernando Prieto Diaz (“Fer”), viajero y guía ejemplar, de Préstame la Brújula, pues hizo posible que pudiera visitar un museo dedicado al poeta en la propia Yoal.

A pesar del calor y de presenciar tanta pobreza, he logrado crear en el viaje a Senegal ese hilo literario que normalmente justifica mis incursiones en otras culturas y latitudes. La lectura de la obra poética de Senghor ha resultado clave en este sentido. Para otras personas esto no tendría relevancia alguna, pero para mí es fundamental, pues da lugar al añorado viaje interior. FRANCISCO GARCÍA JURADO

Hispanic Handbooks on Greek Literature during the 19th Century: from Braulio Foz to Otfried Müller

20th Trends in Classics International Conference
Mapping the History of Greek Literary History
Thessaloniki, May 21-23, 2026.

Francisco García-Jurado and María José Barrios-Castro

Grupo de Investigación UCM “Historiografía y Recepción de la Literatura Grecolatina”. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

ABSTRACT

This paper examines the development of handbooks and syllabi on Greek Literary History published in Spain during the nineteenth century, analyzing them not merely as pedagogical tools but as expressions of broader intellectual and ideological transformations. Drawing on the Catalogue Raisonné of Hispanic Textbooks of Classical Literature (1782–1935), the study traces the gradual reception of modern European historiography of Greek Literature within the Spanish academic context. Particular attention is given to the influence of German scholarship, especially the historiographical frameworks established by Johann Joachim Winckelmann and Friedrich August Wolf, whose concepts of literary periodization and originality profoundly shaped the modern discipline. These ideas reached Spain largely through French intermediaries and were adapted to local cultural, political, and religious circumstances. The paper explores several key stages in this process: the earliest Spanish handbook by Braulio Foz and the French model represented by Alexis Pierron; the ideological division between liberal and conservative approaches to Greek Literary Historiography; and the singular contribution of Salvador Costanzo, whose work extended the scope of Greek Literature to Greco-Christian and Neo-Hellenic traditions. Finally, the Spanish translation of Otfried Müller’s Geschichte der Griechischen Literatur bis auf das Zeitalter Alexanders, promoted by Alfredo Adolfo Camús, is examined as the culmination of a long-standing aspiration to establish a rigorous and modern historiography of Greek Literature in Spain. Overall, the study reveals how the teaching of Greek Literary History became a site of cultural transfer, ideological debate, and scholarly modernization within nineteenth-century Spanish intellectual life.

INTRODUCTION

This paper does not aim simply to present a bibliography of nineteenth-century Spanish handbooks on Greek Literature. Instead, it offers a narrative about their intellectual significance and what they reveal about the development of Greek Literary History in Spain.

La digitalización de los manuales hispanos de literatura clásica ...

Drawing on the Catalogue Raisonné of Hispanic Textbooks of Classical Literature, we examine how modern European historiography—especially that developed in Germany—was gradually received and adapted in the Spanish academic context.

Greek Literary History, as a discipline, is deeply rooted in the intellectual tradition shaped by figures such as Johann Joachim Winckelmann and Friedrich August Wolf, whose ideas on literary periodization and originality transformed the study of antiquity. However, these ideas did not reach Spain directly: they were largely mediated through France and adapted to local cultural and ideological conditions.

In this paper, we will focus on four key moments:

a) the emergence of the first Spanish handbook and the role of French mediation;

b) the ideological divide between liberal and conservative approaches;

c) the exceptional case of Salvador Costanzo;

d) finally, the Spanish translation of the Literary History by Karl Otfried Müller, which represents the culmination of this historiographical process.

Overall, we argue that the teaching of Greek Literary History in nineteenth-century Spain became a site of cultural transfer, ideological debate, and scholarly modernization.

Let us begin with the first stage.

BRAULIO FOZ AND ALEXIS PIERRON: THE FIRST HANDBOOK AND THE FIRST TRANSLATION


The earliest Spanish handbook of Greek Literature was written by Braulio Foz and published in the mid-nineteenth century. His work represents a foundational moment: it is not only the first national attempt to systematize Greek Literary History, but also an example of how foreign historiographical models were selectively adapted. Foz simplifies the complex periodizations developed by German scholars and proposes a more accessible structure, better suited to local teaching needs.

Alongside this national initiative, we find an equally important phenomenon: the translation of foreign handbooks. A key example is the work of Alexis Pierron, which became highly influential in Spain. Unlike the more systematic German tradition, Pierron’s approach is more linear and less theoretical, aimed at a cultivated general audience rather than specialists.

This contrast between Foz and Pierron illustrates a broader pattern that will persist throughout the century: the coexistence of original Spanish works and translated foreign models. It also highlights the mediating role of France, through which German scholarship was often filtered before reaching Spain.

IDEOLOGICAL DIMENSION: LIBERALS VS. CONSERVATIVES

The second major aspect we would like to address is the ideological dimension of these handbooks. Nineteenth-century Spain was deeply divided between liberal and conservative positions, and this division is clearly reflected in the historiography of Greek Literature.

On the one hand, liberal authors tended to embrace European philological advances and to adopt a more open attitude toward Greek culture, including its pagan elements. Figures such as Raimundo González Andrés, Santiago Usoz y Río, and above all Alfredo Adolfo Camús exemplify this tendency.

These scholars promoted what we may call a philhellenic vision: not only were they interested in ancient Greece as a classical model, but also in its cultural continuity and its relevance for modern intellectual life. Their work shows a clear engagement with contemporary European scholarship and a desire to modernize Classical Studies in Spain.

On the other hand, conservative authors adopted a more cautious or even skeptical stance toward these innovations. Their handbooks often place greater emphasis on Christian literature and moral instruction, sometimes subordinating Greek pagan culture to a broader religious framework.

Writers such as Jacinto Díaz, Justo Álvarez Amandi, Pedro Bartolomé Casal, and José Campillo y Rodríguez illustrate this orientation. Their works tend to organize Greek Literature not only in historical terms, but also according to doctrinal or moral criteria, reflecting the influence of Neo-Catholic thought.

This ideological contrast shows that the historiography of Greek Literature was not a neutral scholarly field. On the contrary, it was deeply embedded in the political and cultural tensions of the time. The way Greek Literature was interpreted, organized, and taught depended on broader debates about religion, modernity, and national identity to a large extend.

SALVADOR COSTANZO

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A particularly interesting and somewhat exceptional case is that of Salvador Costanzo. His handbook stands out for its originality and for its attempt to expand the scope of Greek Literary History beyond its traditional limits.

Unlike most authors, who ended their accounts with the Byzantine period, Costanzo proposed a broader vision that included Greco-Christian and even modern Greek literature. In doing so, he challenged the conventional boundaries of the classical canon and presented Greek Literature as a continuous and evolving tradition.

Imagen 3 de 3 de Manual De Literatura Griega Salvador Costanzo 1860 1ra Ed

His work also incorporates elements that are largely absent from other handbooks, such as translations, critical commentary, and references to contemporary authors. This gives his book a more personal and interpretive character, reflecting his individual intellectual project.

At the same time, Costanzo’s work reveals the influence of Romantic and philhellenic ideas, particularly in his interest in modern Greece and its cultural revival. However, despite its originality, his handbook did not achieve the lasting impact that its author may have intended.

KARL OTFRIED MÜLLER

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This brings us to the final stage of this historiographical development: the Spanish translation of Karl Otfried Müller’s handbook on Greek Literature.

This translation, published in 1889 and promoted by Alfredo Adolfo Camús, represents a decisive moment in the consolidation of Greek Literary History as a modern academic discipline in Spain. Müller’s work embodies the rigorous and systematic approach characteristic of German philology, and its introduction into the Spanish context marked a significant step forward.

For Camús, this translation was not simply a scholarly project, but the realization of a long-standing intellectual aspiration: to provide Spain with a solid and scientifically grounded account of Greek Literature. In this sense, the publication of Müller’s handbook can be seen as the culmination of decades of efforts to modernize Classical Studies in Spain.

It also reflects a broader shift in academic culture, as Spanish scholars increasingly sought to align themselves with the most advanced European models. The contrast between Müller’s comprehensive work and earlier more elementary handbooks highlights the extent of this transformation.

CONCLUSIONS

In conclusion, the study of nineteenth-century Spanish handbooks on Greek Literature reveals a complex process of cultural transmission and intellectual change. These works were not merely pedagogical tools, but key instruments in the construction of a modern scholarly discipline.

Through them, we can observe how German historiographical models were introduced, adapted, and sometimes contested within the Spanish context, often through French mediation. We can also see how ideological divisions shaped the interpretation of Greek culture, influencing both the structure and the content of these histories.

Literature

-Primary sources

  1. Ancient handbooks published in Europe

Fabricius, Johann-Albert (1705-1728), Bibliotheca Graeca sive notitia Scriptorum Veterum Graecorum quorumcunque monumenta integra, aut fragmenta edita extant: tum plerorumque è MSS. ac deperditis, Hamburgi, Sumptu Christiani Liebezeit.

Ficker, Franz (1837), Histoire abrégée de la littérature classique ancienne, traduite de l’allemand de F. Ficker, professeur de Littérature Classique et d’Esthétique en l’Université de Vienne. Par M. Theil, membre de l’université. Première partie: littérature grecque, Paris, Chez L. Hachette.

Harless, Gottlieb Christoph (1812), Brevior notitia litteraturae Graecae in primis scriptoribus graecarum ordini temporis adcommodata, Lipsiae, In libraria Weidmannia.

Müller, Karl Otfried (1840), History of the literature of ancient Greece to the period of Isocrates by K.O. Müller. Vol. I, London, Baldwin and Cradock.

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Schlegel, Friedrich (1843) Historia de la literatura antigua y moderna, escrita en alemán por Federico Schlegel. Traducida al castellano por P.C., I-II, Barcelona / Madrid, Imprenta de los SS. A. Pons y Cia.

Schöll, Friedrich (1808), Répertoire de Littérature Ancienne, Paris, Chez F. Schoell.

Schöll, Friedrich (1813), Histoire abrégé de la littérature Grecque, depuis son origine jusqu’à la prise de Constantinople par les Turcs, Paris, Chez F. Schoell.

Winckelmann, Johannes Joachim (1955), Historia del arte en la Antigüedad seguida de las Observaciones sobre la escultura de los antiguos, Madrid, Aguilar.

Wolf, Friedrich August (1787), Zu den Vorlesungen über die Geschichte der griechischen Literatur, Halle, In der Hemmerdesche Buchhandlung.

Wolf, Friedrich August (1831), Vorlesung über die Geschichte der griechischen Literatur. Herausgegeben von J. D. Gürtler, en Vorlesungen über die Alterthumswissenschaft. Herausgegeben von J. D. Gürtler, Zweiter Band, Leipzig, August Lehnhold.

  1. Spanish hanbooks

Álvarez Amandi, Justo (1881), Apuntes histórico-literarios sobre la antigua Grecia. Por el señor don Justo Álvarez Amandi, catedrático de la Universidad de Oviedo, Madrid, Imprenta de José Perales y Martínez (CRMHLC 63).

Campillo y Rodríguez, José (1882a), Lecciones de literatura griega para un curso de lección alterna de esta asignatura por D. José Campillo y Rodríguez, doctor en las facultades de derecho y filosofía y letras, y catedrático, por oposicion, de literatura griega y latina en la Universidad de Valladolid, Valladolid, Imp. y Libreria Nacional y Extranjera de hijos de Rodríguez (CRMHLC 67).

Campillo y Rodríguez, José (1882b), Programa de literatura griega acomodado al libro de texto por José Campillo y Rodríguez, catedrático, por oposición, de dicha asignatura en la Universidad Literaria de Valladolid, Valladolid, Imprenta, Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez (CRMHLC 68).

Camús, Alfredo Adolfo (1861), Programa de literatura clásica, griega y latina, presentado por el catedrático de esta asignatura en la Universidad Central Dr. D. Alfredo Adolfo Camus, Madrid, Imprenta de las Escuelas Pías (CRMHLC 32).

Casal, Pedro Bartolomé (1881), Epítome de literatura griega y latina por Fr. Pedro Bartolomé Casal, catedrático de universidad, Santiago, [s.n.] (Imprenta de D. Manuel Mirás y Alvarez) (CRMHLC 64).

Costanzo, Salvador (1860), Manual de literatura griega, con una breve noticia acerca de la literatura greco-cristiana, de los griegos que pasaron a Italia cuando los turcos se apoderaron de Constantinopla, y de la lengua y literatura de la Grecia moderna. Escrito por Salvador Costanzo, Madrid, [s.n.] (Est. Tip. de Mellado) (CRMHLC 31).

Díaz, Jacinto (1865), Historia de la literatura griega escrita por el Dr. D. Jacinto Díaz, Pbro. catedrático de literatura clásica en la Universidad de Sevilla, Barcelona, [s.n.] (Imp. del Diario de Barcelona) (CRMHLC 36).

Díaz, Jacinto (1866), Compendio de la historia de la literatura griega del Dr. Jacinto Díaz, Pbro. catedrático de literatura clásica en la Universidad de Sevilla, formado por el mismo para uso de los alumnos del año preparatorio de derecho, Barcelona, [s.n.] (imprenta del Diario de Barcelona) (CRMHLC 38).

Foz, Braulio (1849), Literatura griega: esto es, su historia, escritores, juicio de sus principales obras, y contestación a las críticas falsas ó incompetentes que se han hecho de ellas por Braulio Foz, catedrático de lengua griega de la Universidad Literaria de Zaragoza, Zaragoza, [s.n.] (imprenta de Antonio Gallifa) (CRMHLC 18).

Foz, Braulio (1853), Literatura griega, esto es, su historia, sus escritores y juicio critico de sus principales obras por Don Braulio Foz, catedrático de lengua griega en la Universidad Literaria de Zaragoza (obra señalada para la enseñanza pública.) Segunda edición, Zaragoza, Imprenta y Librería de Vicente Andrés (CRMHLC 24).

Foz, Braulio (1854), Literatura griega, esto es, su historia, sus escritores y juicio critico de sus principales obras por Don Braulio Foz, catedrático de lengua griega en la Universidad Literaria de Zaragoza (obra señalada para la enseñanza pública.) Tercera edición, Zaragoza, Imprenta y Librería de Vicente Andrés (CRMHLC 25).

González Andrés, Raimundo (1855), Breve exposición histórica de la literatura griega, dispuesta y ordenada para uso de sus discípulos por Raimundo González Andrés, catedrático de lengua y literatura griega en la Universidad de Granada, Madrid, Imprenta Nacional (CRMHLC 26).

González Andrés, Raimundo (1866), Breve exposición histórica de la literatura griega, por don Raimundo González Andrés, catedrático de literatura clásica en la Universidad de Granada. Segunda edición, Madrid, Imprenta y Libreria de Eusebio Aguado (CRMHLC 40).

González Emeritense, Casto (pseudonim of Fray Vicente Navas) (1792), Casti Gonzalesii Emeritensis Compendiaria in Graeciam via, sive praestantiorum linguae graecae scriptorum notitia, ad usum Hispanae iuventutis, [Madrid], ex Typographia Regia (CRMHLC 5).

Müller, Carlos Otfrido (1889), Historia de la literatura griega hasta la época de Alejandro anotada y continuada por Emilio Heitz. Traducida de la cuarta edición alemana por Ricardo de Hinojosa con un prólogo del Excmo. Sr. D. Alfredo Adolfo Camus, Madrid, Establ. Tip. de Ricardo Fé (CRMHLC 72).

Pierron, Alexis (1861), Historia de la literatura griega por M. Alejo Pierron; traducida de la segunda edición revista [sic], corregida y aumentada por Marcial Busquets, Madrid, Antonio de San Martín: Emilio Font; Habana: J. Turbiano; Barcelona, Librería de El Plus Ultra (Imp. de Luis Tasso) (CRMHLC 34).

Usoz y Río, Santiago (1860), Universidad Literaria de Santiago. Programa de literatura griega para el curso de 1859 á 1860, Santiago, [s.n.] (Imp. de Manuel Mirás) (CRMHLC 30).

-Studies

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Cerasuolo, Salvatore (1999), F. August Wolf, Esposizione della Scienza dell’Antichità, Napoli, Bibliopolis.

Clarín, Leopoldo Alas (1892), Ensayos y Revistas, Madrid, Manuel Fernandez y Lasanta Editor.

CRMHLC = García Jurado, Francisco (2019), Catálogo razonado de manuales hispanos de literatura clásica (CRMHLC) (1782-1935), Madrid, Guillermo Escolar, 2019.

García Jurado, Francisco (2004), “La iglesia católica contra la enseñanza de los clásicos en el siglo XIX. El abate Gaume y su repercusión en España. Una página poco conocida de la educación clásica”, Estudios Clásicos 125, 65-82.

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Hualde Pascual, Pilar (2017), “Alfredo Adolfo Camús: un intelectual entre la España isabelina y la Restauración alfonsina”, Revista de Hispanismo Filosófico 22, 73-96.

¿Una “vida imaginaria” de Esquilo? El cuento “El vencido”, de Xavier Roca-Ferrer: literatura griega y estéticas de la modernidad

En nuestras clases sobre Tradición y Recepción Clásica nos gusta leer una interesante prosa de Xavier Roca-Ferrer titulada “El perdedor”, que puede encontrarse en su libro titulado La cabeza de Penteo (Barcelona, Destino, 1995). Explicar la génesis literaria de esta curiosa pieza aúna tradiciones antiguas y modernas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

La estética de finales del siglo XIX, en particular de la mano de un raro autor, Marcel Schwob (1867-1905), dio lugar a un peculiar microgénero, la “vida imaginaria”, cuyo principal elemento definitorio es la recreación literaria de un personaje real a partir de elementos ficticios. Heredera lejana del antiguo género de la biografía, la “vida imaginaria” recurrió de manera significativa a la ficción en torno a personajes y escritores de la Antigüedad, tales como Empédocles, Lucrecio, Catulo y Petronio (Schwob), a quienes luego siguieron otros autores tan fundamentales como Homero (Borges), Píndaro, Ovidio y Apuleyo (Tabucchi), por señalar únicamente algunos ejemplos significativos. Rasgos definidores de estos relatos son, tal como tuve ocasión de señalar en otro trabajo, la brevedad, los elementos visionarios y el carácter metaliterario de tales historias, en especial cuando la biografía del autor se confunde con su propia obra.
Con el título de “El vencido”, Xavier Roca-Ferrer (1949), buen conocedor tanto de la literatura de la Antigüedad como de esta peculiar corriente estética basada en imaginar vidas de autores, nos ofrece en su obra titulada La cabeza de Penteo un extraño y jugoso relato donde el tragediógrafo Esquilo, tras haber sido derrotado por un joven autor en las Grandes Dionisiacas, pide en secreto a su esclavo Formión que le compre cicuta. El esclavo no será capaz de llevar a cabo tal encargo, pero hará correr la noticia por Atenas, y otra persona llegará hasta la casa de Esquilo para satisfacer su luctuoso deseo.
Todos estos detalles ficticios en torno a la biografía de un autor real, junto al evidente tono metaliterario de la composición (incluidos versos tomados de las propias tragedias de Esquilo), sugieren que estamos, una vez más, ante una “vida imaginaria” del trágico en la literatura contemporánea, si bien, algunas de las noticias relativas a la muerte de Esquilo provenientes de la Antigüedad no son menos fabulosas (por ejemplo, Valerio Máximo nos refiere en sus Hechos y dichos memorables 9,12, ext. 2 cómo un águila dejó caer sobre la cabeza de Esquilo una tortuga, al confundir la calva cabeza del trágico con una piedra).
En cualquier caso, no estamos ante un hecho explicable como “la influencia de Esquilo en Xavier Roca-Ferrer”, sino, más bien, ante el paradójico juego de una tradición moderna (“la vida imaginaria” de Schwob) que recrea desde el punto de vista metaliterario un supuesto episodio de la vida de un autor antiguo (Esquilo). No en vano, Schwob también escribió acerca de Esquilo, si bien desde el punto de vista estético (la tensión entre la simetría y la ruptura del equilibrio dramático), comparando su obra con los mármoles de Egina.
Nuestro trabajo tiene que ver, por tanto, con este sutil diálogo que se plantea entre ciertas tradiciones literarias modernas con la propia literatura de la Antigüedad, en especial cuando ésta se convierte en objeto consciente para la moderna creación.

Rubén Darío: literatura grecolatina y estéticas de la modernidad

 

La amable invitación que recibí del profesor Francisco Estévez a preparar un estudio que abordase desde UNA NOVEDOSA PERSPECTIVA la relación entre Rubén Darío y los clásicos grecolatinos fue el punto de partida de una extraordinaria AVENTURA INTELECTUAL Y VITAL que terminó este pasado verano de 2025 en la ciudad nicaragüense de León, en el marco de un viaje inolvidable por Centroamérica cuya iniciativa corrió a cargo de María José Barrios Castro. El profesor David García tuvo a bien incluir los resultados de este trabajo en el ciclo sobre los imaginarios de la literatura grecolatina e Iberoamérica celebrado en otoño de 2025. Ahora, gracias a la intermediacion de Yordan Arroyo, intervenimos en esta actividad organizada por la fundación INTERARTES. Expresamos, asimismo, nuestra gratitud a Miguel Martínez Buitrago (Director del Museo y Archivo Rubén Darío) y a María Helena Quintero Díaz (Administradora suplente del Museo y Archivo Rubén Darío) por la amable acogida que tuve de su parte durante mi fugaz visita al Museo y Archivo del poeta. FRANCISCO GARCÍA JURADO, CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Los resultados del presente estudio se inscriben en el proyecto de investigación: “El viaje de las ideas literarias. Historiografía comparada de las Literaturas Clásicas (ámbitos hispano y luso 1782-1950): transferencias culturales entre Europa y América” (HCLC), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (Referencia: PID2021-122634NB-I00).

INTRODUCCIÓN

Desde hace años vengo estudiando la relación que mantiene la propia tradición clásica con las estéticas de cada época y, al mismo tiempo, en cómo esas modernas estéticas seleccionan unos imaginarios característicos de la Antigüedad, por entenderlos como más afines. Los parnasianos no eligieron, pongamos por caso, a los autores predilectos del clasicismo, como Cicerón u Horacio, sino a autores como Homero y Safo para su propia inspiración, pues querían encontrarse con lo que ellos consideraban que era la “verdadera” Antigüedad. Crearon, de esta forma, una moderna tradición estética que se alimentó de ciertos imaginarios antiguos, como los de los autores ya señalados, o mitos monstruosos, tales como el del centauro o Polifemo.

Poeta muerto llevado por un centauro de Gustave Moreau

De esta manera, el mero hecho de dar cuenta de la presencia de un autor o de un mito clásico en una obra moderna no es más que la parte visible y superficial de todo un proceso estético que requiere de una mirada más profunda de los hechos. Así las cosas, la discusión acerca de la relación que Rubén Darío mantiene tanto con la modernidad como con el mundo clásico se ha polarizado en torno a dos puntos de vista:

-Para una parte de la crítica, el uso de los motivos clásicos en el modernismo tiene, por lo común, una naturaleza formal y “decorativa”, como herencia del parnasianismo francés, y a ello se une la circunstancia de que tales motivos se combinen con otros elementos de origen dispar (Hernández Miguel 2008, 379-380). Se entiende en este caso que las “fuentes clásicas” de Rubén Darío son particularmente francesas y, por tanto, indirectas. Esta opinión se ve apoyada especialmente en el uso de ciertos mitos, como el ya referido de los centauros.

-Otros estudiosos, por el contrario, han visto en Rubén Darío un poeta fundamentalmente “clásico”, mejor que “clasicista”, lo que constituye una inversión de la perspectiva, pues se considera que el envoltorio del poeta viene dado, más bien, por su herencia parnasiana y simbolista, de manera que lo clásico, especialmente lo helénico, guardaría una relación más profunda con el propio legado creativo del poeta.

Literatura grecolatina y estéticas de la modernidad

Libros de segunda mano: ILÍADA. TOMO I. TRADUCCIÓN NUEVA DEL GRIEGO POR LECONTE DE LISLE (HOMERO) PROMETEO - Foto 1

Homero o los autores latinos de la Decadencia representan en sí mismos aspectos de la literatura antigua que se han convertido en elementos constitutivos de la creación literaria de ciertos autores franceses del siglo XIX, como Leconte de Lisle o Joris Karl Huysmans (Highet 1996, 218-258). Gracias a estas elecciones, cada autor persigue unos fines estéticos e ideológicos determinados. El Homero renovado y “helenizado” de Leconte de Lisle o la Decadencia latina de la que gusta Huysmans ayudan a definir la moderna creación literaria francesa y, por ende, del resto de la europea, pues ciertas lecturas de clásicos se van a convertir en verdaderas convenciones estéticas.

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Pensemos, sin ir más lejos, en que el protagonista de El retrato de Dorian Gray (1891) de Oscar Wilde no lee tan solo al propio Huysmans, sino a Suetonio, historiador latino que, junto a la Historia Augusta, se convierte en uno de los iconos de la moderna decadencia y del esplín (“spleen”).

Sonata de primavera. Memorias del Marqués de Bradomín / las ...

Como ya he ensayado en otro lugar, Valle Inclán es, asimismo, un buen exponente de esta lectura finisecular de los autores grecolatinos en sus Sonatas (1902-1905): desde la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine (muy vinculada a modernos autores franceses como Gustave Flaubert o Anatole France), el novelista Petronio (muy ligado a la estética decadente francesa, además de ser un autor icónico para Huysmans), el Ars Amatoria de Ovidio (que podría recordar a otras citas mitológicas ovidianas en autores como D’Annunzio en Il piacere [1889]), el bucolismo virgiliano (que nos lleva desde su abierto rechazo por parte de Huysmans a la declarada admiración que por él sienten Eça de Queiroz o Antonio Machado), o el elogio al latín tardío y cristiano (lo que recuerda a Remy de Gourmont) (García Jurado 2010, 68-69).

El imaginario del esplín. Un poema de Verlaine y la figura de Ovidio en el exilio

El spleen de París El spleen de París

Las melancolías artísticas o literarias no son exclusivas del siglo XIX, pero es innegable que cobraron una especial relevancia a lo largo de esa centuria gracias, en buena medida, a obras como Le spleen de Paris. Petits poèmes en prose (1869) de Charles Baudelaire. El esplín proviene de un imaginario que encuentra parte de su inspiración en el antiguo taedium vitae tomado de las vidas de los emperadores romanos narradas por Suetonio y el probable único autor de la Historia Augusta. Emperadores como Nerón o Heliogábalo se convierten, de esta forma, en iconos de tal sentimiento de hastío vital que también va a terminar afectando al artista moderno. El esplín, entendido como la enfermedad propia del artista, que encontramos en el duque Jean-Floressas des Esseintes de Huysmans o en el Marqués de Bradomín de Valle-Inclán, llega a ser una seña de identidad inconfundible, en realidad, una manera de estar en el mundo. Es francamente interesante observar cómo este imaginario del hastío vital aparece encarnado en la persona del poeta Ovidio, una vez desterrado al Ponto. Paul Verlaine tiene mucho que ver en esta construcción de un moderno Ovidio melancólico.

Festas Galantes - 1

Dentro de un ámbito tan sometido a discusión como es el de las fuentes de inspiración en la estética modernista, no cabe duda de que uno de los autores que mayor huella dejaron en Rubén Darío fue el poeta Verlaine. Rubén Darío conoce al propio Verlaine en París, si bien un tanto accidentalmente, y a él le dedica una de las semblanzas fundamentales de su libro Los raros (1896), cuando Rubén es consciente de que el poeta destinado a ser uno de los autores franceses inmortales todavía es por aquel entonces un perfecto desconocido en el ámbito hispánico.

Libros: DARIO, Rubén - Los raros - Foto 1

Uno de los libros más reconocidos de Verlaine es la compilación de poemas que lleva el título de Fêtes galantes, publicado en 1869. De la obra de Verlaine quiero señalar el poema titulado “Pensée du soir”, que nos ofrece un más que peculiar esplín de Ovidio. La composición, como han señalado Ziolkowsky (2005, 110-111) y Espino Martín (2019), parece haberse inspirado en un cuadro de Eugène Delacroix, “Ovide chez les Scythes” (1859), muy elogiado por Baudelaire.

Destaca, asimismo, la mención a Jesús en boca de Ovidio al final del poema:

“A Ernest Raynaud

Couché dans l’herbe pâle et froide de l’exil,

Sous les ifs et les pins qu’argente le grésil,

Ou bien errant, semblable aux formes que suscite

Le rêve, par l’horreur du paysage scythe,

Tandis qu’autour, pasteurs de troupeaux fabuleux,

S’effarouchent les blancs Barbares aux yeux bleus,

Le poète de l’art d’Aimer, le tendre Ovide

Embrasse l’horizon d’un long regard avide

Et contemple la mer immense tristement.

 

Le cheveu poussé rare et gris que le tourment

Des bises va mêlant sur le front qui se plisse,

L’habit troué livrant la chair au froid, complice,

Sous l’aigreur du sourcil tordu l’œil terne et las,

La barbe épaisse, inculte et presque blanche, hélas

Tous ces témoins qu’il faut d’un deuil expiatoire

Disent une sinistre et lamentable histoire

D’amour excessif, d’âpre envie et de fureur

Et quelque responsabilité d’Empereur.

Ovide morne pense à Rome et puis encore

À Rome que sa gloire illusoire décore.

 

Or, Jésus ! vous m’avez justement obscurci :

Mais n’étant pas Ovide, au moins je suis ceci”

(Verlaine 1892, 113-114).

Los poemas de Verlaine aparecieron vertidos a la lengua española en 1908 bajo el nombre de Manuel Machado, si bien gracias a ciertas pruebas documentales sabemos ahora que él no tradujo más que seis de las composiciones (Alarcón Sierra 1993, 137), entre las que no se incluye este poema. En la versión española podemos apreciar que se pierden matices con respecto al original, como ocurre, por ejemplo, con la rima “Ovide” / “avide” (“le tendre Ovide / Embrasse l’horizon d’un long regard avide”), que vamos a encontrar vertida al español como “el tierno Ovidio – abraza el horizonte con ávida mirada”:

“Pensamiento de la tarde

Echado en la marchita hierba del destierro – bajo – los tejos y los pinos que el granizo platea – ya errante, como las sombras que suscita – la fantasía, por el horror del paisaje escita – mientras alrededor, pastores de rebaños fabulosos, – se asustan los bárbaros de ojos azules – el poeta del Arte de Amar, el tierno Ovidio – abraza el horizonte con ávida mirada – y contempla mar inmensa, tristemente.

El cabello crecido y gris que le atormenta – formando sombras va sobre su frente plegada – el traje desgarrado, entrega la carne al frío, cómplice – de la acritud de su entrecejo fruncido y de su mirada fatigada, – la barba espesa, inculta y casi blanca.

Todos estos testigos de un duelo expiatorio -dicen siniestra y lamentable historia – de un amor excesivo, áspera envidia y de furor – y algo de responsabilidad de Emperador. – Ovidio tétrico, piensa en Roma, y luego otra vez, – en Roma, que su gloria ilusoria decora.

¡Ay, Jesús!, me habéis muy justamente oscurecido: – mas si Ovidio no soy, al menos soy esto” (Verlaine 2007, 182).

Como ya he apuntado, Verlaine parece haberse inspirado en un cuadro de Delacroix, pero, más allá de la referencia precisa a un pintor francés y un autor latino, convendría detenerse en el significado profundo de esta elección, precisamente la de Ovidio durante su destierro. De hecho, Ovidio no es en absoluto ajeno al imaginario de los poetas franceses del siglo XIX, como podemos comprobar en la referencia que hacen al propio poeta de Sulmona autores como Charles Baudelaire en su obra Les fleurs du mal (1857), cuyo poema titulado “Le Cygne” evoca a “l’homme d’Ovide”, es decir, al primer hombre (Ov. Met. 1.76 Sanctius his animal mentisque capacius altae), comparado precisamente con el cisne por su capacidad de elevar la cabeza hacia el cielo (véase Cavallin 2006). También es reseñable a este respecto Jean Moréas y su obra Les Syrtes (1894), que se abre con una interesante cita ovidiana: “Ovide. Syrtis inhospita” (tomada de Met. 8.121 y con claro eco en el mismo Darío: “hallarás la sirte, la sirte para tu barca” en Cantos de vida y esperanza (1905) [cf. Marasso 1934, 406]). Fuera de la literatura francesa no puede obviarse, asimismo, la presencia ovidiana en otros grandes poetas como Osip Mandelstam en su obra Tristia (1922), que recoge de Pushkin el testigo romántico del exilio ovidiano. En este contexto tan abonado, no es de extrañar que Ovidio se encuentre en la propia evocación tanto del Modernismo poético internacional como, de manera más precisa, en la literatura modernista hispana.

También llama la atención la presencia de algunas palabras clave compartidas por Verlaine y Rubén Darío, tales como “gloria”, “horror”, “oscuro”, “triste” o “inmenso”. Curiosamente, en el mundo poético del poeta nicaragüense, aquellos bárbaros del exilio ovidiano ahora serán los norteamericanos (“¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?” [Darío 2018, 534]). Pero no se trata simplemente de que Ovidio sea objeto de evocación por parte de estos poetas en mayor o menor medida como del singular hecho de que los mismos poetas modernos adquieran ciertas maneras de poeta antiguo en la consideración que tienen de sí mismos. De esta forma, si atendemos al comienzo de sus Cantos de vida y esperanza, donde Rubén Darío se presenta a sí mismo ante sus lectores, vemos cómo este recurre a la antigua sphragís (σφραγίς) o marca autorial, propia de los poetas antiguos, a la manera de Teognis, Virgilio o el propio Ovidio:

“Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana”

(Darío 2018, 504).

Contamos con dos composiciones ovidianas que recurren a esta suerte de confesión y firma personal del poeta. Primeramente, la elegía X del libro IV de los Tristes de Ovidio:

“Ille ego qui fuerim, tenerorum lusor amorum,

Quem legis, ut noris, accipe posteritas.

Sulmo mihi patria est, gelidis uberrimus undis,

Milia qui noviens distat ab urbe decem”

(Ov. Tr. 4.10.1-4).

“Escúchame, posteridad, para que sepas quién fui yo, aquel célebre cantor de los tiernos amores, al que estás leyendo.

Mi patria es Sulmona, muy rica en aguas frescas y que dista noventa millas de Roma” (trad. de González Vázquez [Ovidio 1992, 286]).

Pero Rubén Darío no se conforma simplemente con imitar maneras propias de poetas antiguos como Virgilio u Ovidio, sino que, al igual que hiciera Verlaine, también se refiere a tales poetas de manera explícita en sus versos y los convierte en un elemento característico de sus propias composiciones. Nos interesa ahora concretamente ver lo que hace con Ovidio. De esta forma, su conocido poema “Ibis” (en Cantos de vida y esperanza) es probablemente el caso más característico de lo que decimos:

“Cuidadoso estoy siempre ante el Ibis de Ovidio,

enigma humano tan ponzoñoso y suave

que casi no pretende su condición de ave

cuando se ha conquistado sus terrores de ofidio”

(Darío 2018, 586).

Sabemos que el ibis es un ave que antiguamente era venerada por los antiguos egipcios y que se caracteriza por devorar serpientes, pero también es el título de un poema compuesto por Ovidio. En el poema de Rubén Darío parece que asistimos a una suerte de ambigüedad a este respecto, pues, al margen del ave como tal, “el Ibis de Ovidio” también podría referirse al propio poema compuesto por el poeta, repleto de invectivas.

“Ibis”, de Gustave Moreau

Por lo demás, en lo que atañe al breve poema de Rubén Darío, al crítico argentino Arturo Marasso (1934, 250) no se le pasó por alto el parecido fonético entre “Ovidio” y “ofidio” que nos evoca, ciertamente, el asunto del veneno gracias a la semejanza del nombre de Ovidio con el de este término genérico para las serpientes: “ofidio”. Se trata de una paronomasia no muy diferente, por cierto, a la que Verlaine establece entre el nombre del poeta en francés (“Ovide”) y el adjetivo “avide”.

El cuento latino y sus imaginarios: Schwob, Clarín y Rubén Darío. El latín de Horacio

El célebre romanista Ernst Robert Curtius se refiere en cierto pasaje de su obra Literatura europea y Edad Media latina al ambiente latino del París del siglo XIX (Curtius 1989, 562). No solo se trata de una estética, sino del empeño de la nación francesa por constituirse en la nueva representación civilizadora de la antigua cultura latina, merced a lo cual hoy franceses y españoles hablamos, por ejemplo, de “literatura latina” (y no “romana”, como hacen los alemanes e ingleses), así como de “América latina”. Lo latino se convierte, asimismo, en una actitud frente al filohelenismo de traza germánica, dentro de una pugna cultural entre Francia y Alemania a lo largo del siglo XIX.

Por lo demás, al imaginario de lo latino hay que unir el de la propia decadencia que, al igual que el del esplín, se inspira también en la Antigüedad. Fue el crítico francés Désidé Nisard quien reavivó el término “decadente” en su estudio dedicado a los, así llamados, poetas latinos de la Decadencia (Nisard 1834). Si bien en un principio fue un término peyorativo (no de manera diferente a lo que había ocurrido con el adjetivo “romántico” frente a “clásico”), la denominación terminó constituyéndose en una seña de identidad relativa a una nueva sensibilidad concreta y finisecular. Por su parte, el imaginario de la decadencia romana como tal va a convertirse en un asunto literario propio de las novelas históricas (muy en particular, del Quo vadis [1896] de Henryk Sienkiewicz) y, acaso menos conocido, de un microgénero constituido por historias más breves que podemos denominar “cuentos latinos”.

En otro lugar (Barrios Castro y García Jurado 2009) hemos visto las concomitancias que guarda la vida imaginaria de Lucrecio escrita por Marcel Schwob con el cuento “Vario” (publicado por primera vez en 1894), compuesto por Leopoldo Alas “Clarín”, donde el autor ovetense recrea la figura de Lucio Vario, uno de los poetas romanos que, paradójicamente, va a hacer posible la edición póstuma de la Eneida de Virgilio, pero cuya obra propia no se conserva. En una escena fabulosa del cuento, ante la aparición sobrenatural de las sirenas, Vario se entera de que su obra quedará desvanecida para la posteridad. Al igual que Lucrecio, que muere en la ficción de Schwob sin haber escrito aún su poema acerca de la naturaleza, Vario se nos presenta como un poeta sin obra, tanto la ya escrita como la que le queda por componer. Lucrecio y Vario encarnan, en este sentido, el mito finisecular de los autores carentes de obra, de lo que resulta todo un paradigma la figura de Alejandro Sawa, cuya mejor creación fue convertirse en el Max Estrella de Valle-Inclán dentro de Luces de Bohemia (1920). No puede obviarse que estamos tratando acerca de dos autores latinos, Lucrecio (contemporáneo de Cicerón) y Vario (contemporáneo de Virgilio y de Horacio) pertenecientes al período republicano y augusteo de la literatura latina, es decir, etapas previas a la decadencia propiamente dicha, aunque, como ya se ha apuntado, terminan aquéllas asimilándose a ésta en calidad de imaginario romano.

Sin la necesidad de establecer contactos directos entre los modernos autores citados, hay que considerar tales “cuentos latinos” como fruto de una extendida convención literaria que recorre el fin de siglo y cuya creación tienta a los grandes escritores de la época. Es esa estética del cuento latino propia de finales del siglo XIX lo que da lugar a los parecidos razonables entre los relatos de los tres autores que reúno en este apartado: Schwob, Clarín y Rubén Darío. Precisamente, dentro de este mundo estético y simbólico debemos insertar ahora la prosa de Rubén Darío que lleva el título de “El hombre de oro” (publicada primeramente en la revista La Biblioteca [Darío 1897]). En ella cabe advertir, de manera muy particular, el gusto por el latín de Horacio (las evocadoras citas en lengua latina constituyen una de las características de este peculiar género conformado por pequeños relatos históricos), así como el parecido entre el ficticio poeta Lucio Varo de Rubén con el poeta Lucio Vario Rufo, protagonista del cuento titulado “Vario” (afinidad indicada ya oportunamente por Rosa Pellicer).

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Queremos ver esta identificación entre el Vario de Clarín y el Varo de Rubén Darío desde la relación que ambos guardan en cada cuento con los versos del poeta Horacio. No en vano, es gracias a una referencia de Horacio como conocemos testimonialmente a Vario, y se trata de los versos que Clarín coloca al comienzo de su cuento, a manera de cita:

“Scriberis Vario fortis et hostium

Victor Maeonii carminis alite

(Horacio, Odas I.VI, 1-2 «Ad Agrippam»)”

(Clarín 2012, 204).

Llama la atención (y se trata de un rasgo que luego se hará más patente, si cabe, en el relato de Rubén Darío) que los versos latinos citados aparezcan directamente en su versión original, aun a riesgo de no ser entendidos por quien los lea. Cabe considerar que en tales citas prima el propio valor simbólico y evocador de la lengua latina sobre el del contenido como tal. 

 

Rubén Darío no se va a conformar con citar algunos versos latinos, sino que recrea la recitación de una oda horaciana completa (Hor. Carm. 3.9), presentada por uno de los personajes de la historia en términos de “diálogo horaciano”, dado que se trata, en realidad, de un canto amebeo, es decir, una composición alternada donde cada interlocutor (Lidia y Horacio) va respondiendo a lo que ha dicho el otro. El texto es una notable composición, no exenta de tensión amorosa, donde cada uno de los amantes sabe en principio atizar los celos del otro y luego abrir la puerta a la reconciliación. Dado que este texto latino ha ido incorporando erratas a lo largo de las sucesivas ediciones de “El hombre de oro”, es mejor partir de la primera edición del cuento de Rubén Darío (Darío 1897), donde puede apreciarse que el texto latino aparece con bastante pulcritud con respecto a alguna edición de Horacio que tuviera a mano el poeta nicaragüense a la hora de redactar su historia (salvo una pequeña incoherencia a la hora de citar el nombre de “Chloe”, en un caso, y “Chloë” en otro, además de la errata “abeam” en lugar del correcto “obeam” en el verso final). La única intervención consciente de Rubén Darío sobre el texto horaciano son los puntos suspensivos que aparecen al final del verso vigésimo:

“–«Ahora, acompaña, alhaja mía, otro canto. Tú, Acrino, recitarás lo que tan bien sabes, tu parte de aquel diálogo horaciano. Tú, Lucio, serás el enamorado Horacio». Asintió el joven, gustoso. Trajeron otro rollo, para Varo, pues Acrino sabía de memoria la parte que le tocaba, la parte de Lidia. Y así, blandamente, alternando, en una acariciadora melodía de lira, comenzó el canto el poeta:

Donec gratus eram tibi,

Nec quisquam potior brachia candidae

Cervici juvenis dabat:

Persarum vigui rege beatior.

Hostilia en la lira formaba una deliciosa música de amor en que se juntaba el comienzo de un lamento por el florido antes, y una contenida fuga apasionada delante de la hermosura que encadena las potencias del lírico.

Acrino, con un acento lánguidamente femenino, contestó:

Donec non alia magis

Arsisti, neque erat Lydia post Chloen

Multi Lydia nominis

Romana vigui clarior Ilia.

La lira dijo entonces un amor antiguo, cuya llama aún vivía dormida; y un resplandor de celos como un rubí encendido sobre la dormida llama.

Lucio Varo prosiguió:

Me nunc Thressa Chloe regit,

Dulces docta modos, et citharae sciens:

Pro quâ non metuam mori,

Si parcent animae fata superstiti.

La lira resonó como la cítara de Chloe, con la violencia de una furiosa locura lasciva. Era la

tentación, el llamamiento de la rival potente y bella.

Acrino, entonces, con fascinación y sutil recelo, va a despertar a su vez los celos contrarios:

Me torret face mutua

Thurini Calaïs filius Ornythi:

Pro quo bis patiar mori,

Si parcent puero fata superstiti.

Y la lira dijo cómo era de tentador a su vez el joven tarentino, y cómo Lidia sentía el influjo de su encanto; y cómo por él sacrificaría la existencia. (Mas la lira dijo también, en sus cuerdas de voz baja, cómo el corazón de la antigua querida palpitaba por la reconciliación con el amado).

–Varo:

Quid? si prisca redit Venus,

Diductosque jugo cogit aheneo?

Si flava excutitur Chloë,

Rejectaeque patet janua Lydiae?…

Entonces la lira en un trueno de pasión hace resonar sus alambres, y de sus alambres como que revolasen, en armónico torbellino, besos y abejas de oro, mientras la voz de Acrino-Lidia canta en su cálida lengua latina:

Quamquam sidere pulchrior

Ille est; tu levior cortice, et improbo

Iracundior Hadriâ

Tecum vivere amem, tecum <o>beam libens.

Al concluir aclamáronles Quinto Flavio y el centurión” (Darío 1897, 392-394).

Llegados a este punto, cabría preguntarse si tales evocaciones a Horacio pueden explicarse desde un puro clasicismo atemporal o cabe, más bien, apelar a las modernas estéticas. Una vez más, hay que hacer notar que Rubén Darío parte de las convenciones literarias de su época (ahora representadas especialmente por el cuento “Vario” de Clarín) para crear sus ficciones de ambiente latino, entre las que sobresale la ya referida de “El hombre de oro”. Asimismo, cuando Rubén Darío compone este relato no está mirando tan solo a la narrativa contemporánea, sino también a una modalidad poética vigente en su tiempo: el “horacianismo”. Además de la estética del cuento latino, debemos considerar esta nueva corriente del “horacianismo” del siglo XIX, del que el ya citado Javier de Burgos fue su más excelso representante en España (véase Elías Muñoz 2021, s.v. “Horacianismo”). No en vano, la poesía de Horacio se convierte en símbolo de una poesía atemporal, más allá de los ismos, a la que Menéndez Pelayo dedicará su fundamental Horacio en España (1885). De esta forma, una vez más, al igual que ocurría con el moderno recuerdo literario del poeta Ovidio, la evocación horaciana no es ajena a convenciones estéticas vigentes en la época de Rubén.

Conclusiones

Frente a la discusión acerca de si Rubén Darío es un poeta moderno o clásico, he intentado abordar esta cuestión desde un punto de vista diferente, en la idea de que la moderna lectura de la literatura antigua responde a unas pautas estéticas que se hacen reconocibles en cada época. El uso de la Antigüedad puede convertirse, de esta forma, en un rasgo más de la Modernidad. Precisamente, es la lectura simbolista y parnasiana de la Antigüedad la que adopta Rubén Darío para apropiársela de una manera que, sin dejar de ser reconocible en tales convenciones estéticas, se convierte en un rasgo propio del poeta nicaragüense y del Modernismo hispano en general. En este trabajo he mostrado dos de los imaginarios sobre la Antigüedad tratados por Darío: el del esplín, encarnado en Ovidio, y el del cuento latino, que nos ha llevado hasta Horacio. Si el Ovidio melancólico en el destierro constituye un rasgo propiamente simbolista que debemos directamente a Verlaine, el cuento latino se presenta como una moderna modalidad literaria donde cabe encontrar, en el caso de Rubén Darío, exquisitas evocaciones tanto de la obra como de la figura de Horacio. De manera particular, el relato titulado “El hombre de oro” parece compartir tanto la estética latina como la propia evocación horaciana con el cuento “Vario” de Leopoldo Alas, cuento que, a su vez, guarda interesantes concomitancias con la vida imaginaria que Marcel Schwob dedicó a Lucrecio. De esta forma, ahora la cita de Arturo Marasso con la que se abría este trabajo cobra todo su sentido, pues Rubén Darío supo ciertamente ver y aprovechar aquello que de Modernidad tenía lo antiguo.

La mejor forma de terminar este trabajo es mediante la dedicatoria a la primera edición de Azul, texto que tan oportunamente me ha recordado mi antigua alumna y ahora amiga Elena Prado-Mas. En este texto encontramos la perfecta síntesis de lo antiguo y lo moderno, o de la modernidad de lo antiguo, como bien quiso expresar Arturo Marasso en referencia al propio Rubén Darío:

Dedicatoria de la primera edición de “Azul”

Al Sr. D. Federico Varela.

Gerón, rey de Siracusa, inmortalizado en sonoros versos griegos, tenía un huerto privilegiado por favor de los dioses, huerto de tierra ubérrima que fecundaba el gran sol. En él permitía a muchos cultivadores que llegasen a sembrar sus granos y sus plantas.

Había laureles verdes y gloriosos, cedros fragantes, rosas encendidas, trigos de oro, sin faltar yerbas pobres que arrostraban la paciencia de Gerón.

No sé qué sembraría Teócrito, pero creo que fue un cítiso y un rosal.

Señor, permitid que junto a una de las encinas de vuestro huerto, extienda mi enredadera de campánuelas.

Leer a Suetonio en La Habana: “Paradiso” de Lezama Lima

Casa de Lezama Lima en la Calle Trocadero de La Habana (fotografía de María José Barrios Castro)

En diciembre de 2025, durante las navidades, volamos hasta La Habana para llevar a cabo un viaje por la isla de Cuba. Durante los días que transcurrieron en La Habana, tuve el raro privilegio de alojarme en un hotel ubicado en el Paseo del Prado, distante tan solo a unos metros de la casa donde Lezama Lima compuso su inmortal novela Paradiso. Allí quise llevar a cabo la experiencia de recorrer sus páginas durante la noche y, muy especialmente, aquellas donde aparece su personaje central, José Cemí, quien lleva a cabo una onírica lectura de la vida del emperador Nerón, escrita por Suetonio. Pocas veces el choque entre literatura y realidad ha sido tan grande. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

La novela Paradiso de Lezama Lima, publicada en 1966, es como un inmenso océano donde transcurre un tiempo perdido en las latitudes caribeñas. En ella se evoca una vida pasada, míticos tiempos de la juventud, justamente la de José Cemí, que encarna y representa al autor real de la novela, José Lezama Lima (1910-1976). Desde que leí por primera vez Paradiso en la edición de cátedra preparada por la hermana del autor, Eloísa Lezama Lima (José Lezama Lima, Paradiso, edición de Eloísa Lezama Lima, Madrid, Cátedra, 1984), jamás pude olvidar un pasaje donde se nos describe las impresiones que José Cemí siente mientras lee a Suetonio durante la noche, concretamente la vida del emperador Nerón (Suet.Nero 20-22):

“Como a las dos de la mañana, Cemí se despertó, la amalgama de la algazara, la aparición inesperada de Fronesis y su acompañante Foción, y sobre todo las palabras de su madre, unido lo anterior al largo sueño producido por los polvos fumigatorios le producían un afán de volver, como en un reencuentro de su sueño con su circunstancia, a los libros que estaba leyendo. Había abandonado a Suetonio en el capítulo dedicado a Nerón, al que quería leer en el silencio de la medianoche. Recordó a Nerón al lado de su arpista favorito, haciéndolo tañer hasta el desfallecimiento. Sus ejercicios para conservar una voz que sólo existían en sus delirios, tales como acostarse sobre sus espaldas, cubriéndose el pecho con una hoja de plomo, absteniéndose de comer frutas. Su escuela de canto basada en el aforismo helénico: la música no es nada si se la tiene oculta. Inaugurando su temporada en Nápoles, no dejando de cantar mientras transcurría un terremoto. Trayendo jóvenes de Alejandría, para dedicarlos a claqueros, dividiendo la manera de aplaudir en combo, tejas y castañuelas. Estos claqueros usaban una rizada cabellera, una clámide color de múrice y un anillo en la mano izquierda. Pidiendo el pueblo su voz celestial declaró que sólo cantaría en sus jardines. Al representar la tragedia Canacea en el parto, exigió que las máscaras de los dioses y los actores se pareciesen a su divino rostro. Pasaba gran parte del día viendo sobre una mesa las carreras de cuadrigas de marfil, cinceladas miniaturas persas. Habiendo recibido de sus admiradores ruegos para que cantase, dijo que sólo los griegos sabían escuchar y eran dignos de su voz. Mientras leía el relato de Suetonio, Cemí no estaba enteramente despierto, el humo de aquellas sustancias ardiendo permanecía entrelazado a la parte vegetativa de su organismo, aunque percibía que aquel grotesco emperador actor no era ni un tigre ni una dama perdida en el bosque”. No, no era nada de eso lo que veía, se presentaban unas máscaras que tapaban unas carcajadas, no un rostro, que miraban unas nalgas agrandadas como las ancas de los caballos negros de los encapotados en el procesional de los estudiantes.” (pp.382-383)

No cabe duda de que estamos ante una asombrosa lectura de Suetonio en el Caribe. Al igual que en el primer capítulo de Paradiso encontramos una maravillosa y desmedida evocación petroniana de la cena de Trimalción, este pasaje de la lectura suetoniana, aún más explícito, no está ciertamente exento del espíritu de esas modernas melancolías que motivaban a autores como Huysmans u Oscar Wilde. Tales autores finiseculares también dieron a leer a sus personajes vidas antiguas y decadentes, como la del emperador Heliogábalo, uno de cuyos episodios más crueles plasmó Alma Tadema en un famoso cuadro:

“Las Rosas de Heliogábalo”, de Alma Tadema

Estas paradójicas lecturas de los clásicos a la luz de la estética moderna resultan, más allá de lo sorprendente, sumamente enriquecedoras, en especial, dentro de una novela tan moderna, pero de tan profundas reminiscencias clásicas y mitológicas. He comprobado, asimismo, sin esfuerzo, que Lezama Lima recurrió a una versión española para citar los textos de Suetonio. No podía ser otra que la versión (indirecta) que llevó a cabo Francisco Navarro y Calvo a partir de la lengua francesa para la Biblioteca Clásica dirigida por su hermano Luis. Es posible que ese ejemplar se conserve todavía dentro de la casa de Lezama, cerrada en estos momentos, pero a la que nos acercamos durante aquellos días de estancia en La Habana para, al menos, ver su fachada. 

Inmueble donde se encuentra el museo donde vivió Lezama Lima (fotografía de María José Barrios Castro)

Lo cierto es que el choque entre la imagen idealizada de aquella casa con la realidad de La Habana en estos momentos fue muy fuerte. La propia calle está repleta de residuos y escombros, pese a encontrarse muy cerca del Paseo del Prado, y el ambiente lóbrego y triste no me animó a hacerme ninguna foto en aquel lugar. Fue ya algo más tarde, en una de las calles turísticas de La Habana Vieja, donde, junto a un cartel que evocaba la amistad entre Virgilio Piñera y Lezama, aproveché para releer un párrafo de Paradiso:

Lectura de la obra de Lezama en una calle de La Habana Vieja. Detrás hay un cartel que evoca la amistad entre Lezama Lima y Virgilio Piñera (fotografía de María José Barrios Castro)

Pese a las dificultades y penuria que encontramos, no pude rendirme a esta pasión que tenemos de leer obras literarias en los lugares donde fueron concebidas. Además, en esta novela que ahora reubicaba, podía encontrarse aquella singular lectura nocturna y caribeña del historiador Suetonio que yo mismo pude evocar en la calma de mi hotel, durante la noche. FRANCISCO GARCÍA JURADO

Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC): preliminares

Conviene que presentemos una introducción sucinta a lo que va a ser el AHTRC, especialmente dentro del mismo blog que está sirviendo como soporte básico para los enlaces que ilustran buena parte de los “encuentros complejos” representados en el Atlas. Somos conscientes de que estamos ante una labor ciclópea e inacabable, pues se trata de elaborar una fundamental cartografía de la lectura de los clásicos a lo largo del mundo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC)

https://zenodo.org/records/18726012

Dir. Francisco García Jurado

Universidad Complutense

El Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica (AHTRC) constituye un ambicioso proyecto de sistematización crítica orientado al estudio de los “encuentros complejos” entre la literatura grecolatina y las literaturas modernas. Concebido con una doble dimensión investigadora y didáctica, el Atlas aspira a convertirse en una herramienta de referencia para el análisis de la tradición clásica en el ámbito hispánico, sin perder de vista su proyección internacional y comparatista.

El documento inicial presenta una estructura rigurosamente organizada en ocho grandes bloques temáticos que recorren los principales géneros y ámbitos de la literatura antigua —épica, lírica, poesía didáctica, teatro y prosa (historiografía, novela, prosa filosófica y literatura técnica)— así como su pervivencia y resignificación en la modernidad. El enfoque no se limita a la noción tradicional de “influencia”, sino que adopta categorías críticas contemporáneas como la transtextualidad, la poligénesis cultural, el polisistema literario y la recepción activa del lector.

En su primera parte, el Atlas establece los fundamentos teóricos de la disciplina, atendiendo tanto a la historia del concepto de tradición clásica como a su diálogo con el comparatismo. Se subraya la dimensión estética y ética del pasado, así como la importancia de entender la relación entre antiguos y modernos como un proceso dinámico, histórico y problemático.

El núcleo del documento lo constituyen los estudios de casos organizados por géneros. Así, los paradigmas épicos (Homero, Virgilio y Ovidio) permiten analizar reescrituras, traducciones, parodias y lecturas críticas desde la Edad Media hasta el siglo XX. La lírica, la elegía y el epigrama evidencian la continuidad de formas y tópicos clásicos en la poesía moderna, mientras que la poesía didáctica y la sátira muestran cómo los textos antiguos dialogan con preocupaciones ideológicas y científicas contemporáneas.

El teatro ocupa un lugar central como espacio privilegiado de reescritura trágica y cómica, donde figuras como Prometeo, Antígona, Edipo o los personajes de la comedia latina se convierten en vehículos de reflexión filosófica, política y estética. De igual modo, la tradición historiográfica y novelística permite examinar la transformación de los modelos narrativos antiguos en la novela moderna y en la escritura ensayística.

Especial relevancia adquiere la sección dedicada a la prosa filosófica y científico-técnica, que demuestra cómo textos de Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca o Plinio el Viejo han sido reinterpretados como fuentes literarias, simbólicas o incluso ficcionales. El documento culmina con una reflexión sobre la Antigüedad Tardía y la noción de decadencia, entendida como categoría estética moderna.

Desde el punto de vista metodológico, el Atlas se caracteriza por:

-La articulación entre teoría y análisis textual.

-La atención a la traducción como forma privilegiada de recreación.

-El diálogo interdisciplinar entre literatura, filosofía, historiografía, arte y pensamiento político.

-La consideración de la recepción como proceso histórico, ideológico y creativo.

En conjunto, el Atlas Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica no solo ofrece un repertorio de obras, autores y problemas críticos, sino que propone una cartografía intelectual que permite comprender la Antigüedad como un horizonte dinámico de sentido en constante reformulación. Su valor reside tanto en la amplitud de su corpus como en la coherencia metodológica que articula los múltiples itinerarios de la tradición clásica en la modernidad.

Ovidio, según Italo Calvino

Entre las lecturas de “sus clásicos” que nos propone Italo Calvino, encontramos cuatro libros pertenecientes a la Antigüedad grecolatina: la Odisea de Homero, la Anábasis de Jenofonte, las Metamorfosis de Ovidio y la Historia natural de Plinio el Viejo. Tan importante como la constancia de estas cuatro obras es, asimismo, la conciencia de lo que ha sido preterido por Calvino, acaso la Iliada, las Historias de Tucídides, la Eneida de Virgilio o los Discursos de Cicerón.  Hoy corresponde que hablemos acerca del ensayo ovidiano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Me gusta calificar al poeta Publio Ovidio Nasón (43 a.C. – ca. 17 p.C.) de “clásico cotidiano”, inspirándome en Italo Calvino, quien caracteriza al autor de Las Metamorfosis de esta manera frente a la condición de “clásico por excelencia” que utiliza T.S.Eliot para Virgilio.

La idea de “clásico” para Calvino está íntimamente relacionada con la especial relación que el autor italiano mantiene con los autores que pueden calificarse en esos térmios, y que no es otra que una relación de familiaridad cotidiana que se aleja llamativamente de la que defiende T.S.Eliot para Virgilio y la Eneida. A este respecto voy a entresacar unas ilustrativas líneas de un lúcido artículo de Nora Catelli1 donde se nos habla en los siguientes términos acerca de Calvino y los clásicos:

“A diferencia de los románticos, Baudelaire, Borges, o T.S.Eliot, Calvino no es un legislador; en la formación de ese marco tripartito (gusto, crítica y tradición) existe una carga de azar mayor que en la de aquellos. Digamos que a los otros, en su mayoría, podemos pensarlos como poderosos agentes de la lucha agonista por la originalidad suprema, según la imagina Harold Bloom. Pero no a Calvino. Aunque los términos de su lucha por la autodefinición en el campo de sus gustos, en el de la teoría, o en el de la tradición hayan sido similares a los de los genios, la intensidad de las respuestas que propuso no pudiesen compararse con la contundencia de los fundadores (o liquidadores) antes mencionados.” (p.115)

De esta forma, la actitud de Calvino se vuelve relajada, no pone coto al canon, sino que lo imagina amplio, convertido en la metáfora de una gran biblioteca a la que podemos acudir siempre que queramos2. En la recopilación de ensayos de Italo Calvino (1923-1985) que lleva el título general de Por qué leer los clásicos3, encontramos el titulado “Ovidio y la contigüidad universal”. Ovidio es presentado, en particular, como una lectura rica en sugerencias y puntos de vista que lo convierte en un clásico para ser leído. Voy a destacar de su ensayo dedicado a Ovidio el comentario que hace acerca de la diversidad de intenciones del pasaje donde el poeta describe y recrea las escenas de dioses tejidas en los telares de Palas y de Aracne (Metamorfosis 6,70-128):

“En Ovidio el mito es el campo de tensión en el que estas fuerzas chocan y se equilibran. Todo depende del espíritu con el que se narra el mito: a veces los mismos dioses cuentan los mitos en los que son parte interesada como ejemplos morales para advertencia de los mortales; otras veces los mortales usan los mismos mitos cuando discuten con los dioses o los desafían, como hacen las Piérides o Aracne. O tal vez hay mitos que a los dioses les gusta oír contar y otros que prefieren que no se cuenten. Las Piérides conocen una versión de la escalada del Olimpo por los Gigantes vista por los Gigantes, y el miedo de los dioses que escapan (libro V) la cuentan después de haber desafiado a las Musas en el arte del relato, y las Musas responden con otra serie de mitos que restablecen las razones del Olimpo: después castigan a las Piérides transformándolas en urracas. El desafío a los dioses implica una intención del relato irreverente o blasfema: la tejedora Aracne desafía a Minerva en el arte del telar y representa en un tapiz los pecados de los dioses libertinos (libro VI).

La precisión técnica con que Ovidio describe el funcionamiento de los telares en el desafío puede indi­carnos una posible identificación del trabajo del poeta con el tejido de un tapiz de púrpura multicolor. ¿Pero cuál? ¿El de Palas-Minerva, donde alrededor de las gran­des figuras olímpicas con sus atributos tradicionales están representados en minúsculas escenas, en los cuatro ángulos de la tela, enmarcados por ramajes de olivo, cuatro castigos divinos a mortales que han desafiado a los dioses? ¿O bien el de Aracne, en el que las seduccio­nes insidiosas de Júpiter, Neptuno y Apolo que Ovidio había ya contado por extenso reaparecen como emblemas sarcásticos entre guirnaldas de flores y festones de hiedra (no sin añadir algún detalle precioso: Europa transportada a través del mar en la grupa del toro, al­zando los pies para no mojarse: «(…) tactumque uereri / adsilientis aquae timidasque reducere plantas4».)?

Ni uno ni otro. En el gran muestrario de mitos que es todo el poema, el mito de Palas y Aracne puede conte­ner a su vez dos muestrarios en escala reducida orienta­dos en direcciones ideológicas opuestas: uno para infun­dir sagrado temor, el otro para incitar a la irreverencia y al relativismo moral. Quien dedujera que todo el poema debe ser leído de la primera forma -dado que el desafío de Aracne es castigado cruelmente-, o de la segunda -ya que el tratamiento poético favorece a la culpable y víc­tima-, se equivocaría: Las metamorfosis quieren represen­tar el conjunto de lo narrable transmitido por la lite­ratura con toda la fuerza de imágenes y significados que ello implica, sin escoger -con arreglo a la ambigüedad propia del mito- entre las claves de lectura posibles. Sólo acogiendo en el poema todos los relatos y las inten­ciones de relatos que fluyen en todas direcciones, que se agolpan y empujan para encauzarse en la ordenada serie de sus hexámetros, el autor de Las metamorfosis estará segu­ro de que no se pone al servicio de un diseño parcial sino de la multiplicidad viviente que no excluye ningún dios conocido o desconocido (…)” (pp.37-38)

Los sentidos diversos de Ovidio que tan oportunamente señala aquí Calvino lo convierten, precisamente, en clásico, y dan cuenta de su mensaje siempre renovado, fiel a una de las condiciones que, según el propio Italo Calvino, ha de tener un autor de estas características: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”5. Ovidio, en definitiva, no excluye ninguna posible interpretación de los mitos, así como Calvino tampoco prescinde de ningún posible clásico. Nótese, además, cómo Calvino hace hincapié en el carácter visual del poema, en su detallismo y en su precisión técnica, que nos hace pensar inevitablemente en el cuadro “Las hilanderas”, de Velázquez.

FRANCISCO GARCÍA JURADO

Notas

1 “Calvino o la biblioteca como educador”, Archipiélago 22, 1995, pp.114-119.
2 “Finalmente, Calvino propone todo lo contrario de lo que practica Kermode (un saber universitario renovado) o de lo que sugiere Barthes (la defensa de lo nuevo y el estrechamiento del canon). Para no agotarse en la repetición que bloquea el acceso a los clásicos, ni verse obligado a adelgazar y empobrecer la tradición, convierte toda la variedad de los clásicos en una biblioteca. Lo que hace Calvino es disponer de los textos, opinar sobre ellos, como si lo hiciese sin mediación, reproduciendo al azar algunos de los variados problemas que le plantean. Para ello, convierte a los clásicos en fuente de equilibrio: en manantial del inagotable gusto de un sobreviviente del humanismo. No constituyen para él la sede de la lejanísima jerarquía virgiliana, ni, al revés, lo rechazable porque enmascaren la institución muerta de la tradición (como en Barthes). Son un archivo del gusto literario, tomado esto en el sentido más serio posible: como una forma de educación de la personalidad a través de una biblioteca. Quizá sea ésa la única forma de educación que perviva del orden antiguo y quizá constituya una forma de educación esencialmente antirromántica, en la que la interpretación queda subordinada a la educación.” (“Calvino o la biblioteca como educador…”, pp.118-119).
3 Por qué leer los clásicos, trad. de Aurora Bernárdez, Barcelona, Tusquets, 1995, pp.34-44.
4 Met.6,106-107.
5 Por qué leer los clásicos…, p.15.

Terencio desde los modernos imaginarios de la literatura latina: autor de citas y sombra de Menandro

He decidido volver a una lectura de mi adolescencia, la de la novela Avatar, escrita por Teófilo Gautier. Me ha llamado mucho la atención que antes de pasar de la primera página haya una curiosa referencia a un texto del comediógrafo romano Publio Terencio Afro (ca. 190-159 a.C.): “No tosía, tampoco tenía fiebre; pero la vida se le retiraba y escapaba por una de esas grietas invisibles de que, según Terencio, el hombre está lleno”. Si digo que el texto de Terencio concreto es el verso 105 de su comedia Eunuco (“plenus rimarum sum”) sólo habré aclarado una cuestión propia del “Trivial Pursuit”, pues la pregunta acerca de por qué se cita precisamente a Terencio nos lleva a otra de alcance más general acerca del significado que tienen los autores clásicos en el imaginario literario moderno. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO, CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Terencio, en particular, va a tener dos significados básicos entre los escritores modernos: como autor de citas célebres y como mera sombra de unos textos griegos perdidos. En el primero de los casos, la frase más célebre de Terencio es el “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”. Al igual que otros autores dramáticos, como Décimo Laberio o Publilio Siro, Terencio dio, en las voces de sus personajes, frases de gran belleza moral y didáctica.
 
Afortunadamente, hemos conservado, además, algunas de sus obras de manera completa, a diferencia de lo que ocurre con los otros dos autores citados. Terencio es también, como hemos dicho, testimonio de un teatro griego perdido. Esta pérdida, precisamente, es objeto de lamento por parte de algunos autores modernos. Así lo vemos en Constantino Cavafis, quien nos ofrece entre sus poemas inéditos (Poesía Completa, trad. Pedro Bádenas de la Peña, Madrid, Alianza, 1984) este supuesto diálogo de dos espectadores griegos que asisten a la representación de una comedia de Publio Terencio Afro (ca. 190-159 a.C.):
 
“«Me voy, me voy. No me detengas. Víctima soy del tedio y la tristeza.» «Pero aguarda un poco, por respeto a Menandro. Es una lástima privarse de algo tan grande.» «Infame, qué osadía. ¿Son acaso de Menandro estas paparruchas, estos versos desmañados y un discurso tan pueril? déjame salir ahora mismo del teatro y permíteme volver a mis asuntos. El ambiente de Roma te ha maleado por completo. En vez de censurarlo, lo ensalzas sin temor y alabas a ese bárbaro -¿cómo se llama? ¿Gabrencio, Terencio? -ese simpático que simplemente con las atelanas en latín, apetece la gloria de nuestro Menandro.»” (pp. 209-210)
 
Terencio, de quien ni tan siquiera recuerda claramente su nombre el espectador griego, es calificado de bárbaro y usurpador de la gloria del comediógrafo griego Menandro (ca. 342- ca. 291 a.C.). Estamos ante una refrencia a la técnica de la contaminatio, es decir, el arte de utilizar distintas comedias griegas para hacer una nueva en lengua latina, y de cuyos ataques ya se defendía el mismo Terencio en su época.

A este mismo asunto también hace mención, aunque ya sin la profunda carga negativa que vemos en Cavafis, Thornton Wilder en su novela titulada La mujer de Andros (1930) (Obras escogidas, trad. de María Martínez Sierra, Madrid, Aguilar, 1963), donde, en una nota preliminar el autor nos dice lo siguiente: “La primera parte de esta novela está basada sobre la Andria, comedia de Terencio, que a su vez basó su obra sobre dos comedias griegas de Menandro, que, para nosotros, se han perdido”. Nos parece, pues, relevante esta nueva alusión nostálgica al comediógrafo griego Menandro que aparece recogida en la breve nota, acorde con el ambiente intencionadamente helénico de la novela, muy afín, por lo demás, a la estética de la Grecia recreada por el pintor victoriano Alma Tadema.
 
Terencio queda reducido, pues, al papel de un circunstancial transmisor, o “contaminador”, de las fuentes griegas, prácticamente perdidas. Por lo demás, el argumento de la novela de Thornton Wilder ha eliminado de la acción los enredos de los esclavos, en especial los de Davo, que es quien logra superar todas las dificultades para dar un final feliz a la comedia. La novela pierde así la fuerza de la comicidad para ganar un acentuado tono lírico, y esta reelaboración se enriquece, asimismo, con aportaciones propias y referencias a otras obras de la Antigüedad. La novela no tiene en cuenta todo el argumento de la comedia de Terencio, sino que la trama está basada en unos versos concretos pertenecientes al primer acto, el diálogo entre Simón, el padre del enamorado Pánfilo, y Sosia, su liberto, donde Simón cuenta a éste cómo su hijo, ya comprometido para una boda con la hija de su amigo Cremes, está enamorado perdidamente de la hermana de la mujer de Andros, quien, por cierto, ha fallecido. He aquí el pasaje de Wilder más cercano a la obra de Terencio, donde se cuenta la muerte y el funeral de la mujer de Andros y donde, precisamente, el padre se da cuenta de que su hijo está enamorado de la hermana de la difunta (Hemos respetado las transcripciones de los nombres propios tal y como aparecen en la traducción castellana):
 
“Cuando los curiosos, acompañando al cortejo, salieron a campo abierto, Simón fijó la atención en Glyceria al notar su estado, que era aparente para todos, el parecido con su hermana, el abatimiento que la rendía y modestia de su actitud. Y se dio cuenta de que su hijo también estaba mirando a la joven. De hecho, durante todo el camino, Pamphilus no apartó de ella sus ojos ardientes, intentando interceptar una mirada y comunicarle su aliento y su amor. Pero ella no levantó los ojos hasta que llegaron a la pira donde los cuerpos de una cabra y de un cordero yacían junto al de Chrysis y hasta que el fuego le tocó. Entonces, mientras las voces de las plañideras se alzaron sobreagudas y el sonido de la flauta flotó desgarrante sobre todos ellos, se volvió hacia Mysis y empezó a hablarle al oído con desvarío. Mas las palabras de su vehemencia no se oían entre el estrépito circundante, como tampoco las de Mysis con que intentaba consolarla. Glyceria estaba intentando desprenderse del brazo con que la otra la sostenía, y la lucha vacilante y lenta de las dos mujeres estaba iluminada por las llamas. Pamphilus, en la intensidad de su concentración sobre el sufrimiento de la muchacha, se adelantó lentamente con las manos extendidas. Y entonces oyó las palabras que estaba repitiendo: «¡Es mejor así! ¡Es mejor así!» Bruscamente, Glyceria dio un empujón a la anciana, y gritando: «¡Chrysis!», se lanzó hacia adelante para arrojarse contra el cuerpo de su hermana. Mas Pamphilus había previsto el intento. Corriendo sobre la arena, la alcanzó por el cabello en desorden y la hizo retroceder y caer en sus brazos. El contacto de aquel brazo que la rodeaba detuvo el llanto de Glyceria. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Pamphilus como quien hubiese estado allí y volviese a su hogar.” (pp.949-950)
 
No resulta difícil la comparación del texto de Wilder con el de un pasaje concreto de Terencio (Ter. Andria 103-136). Lo que hace Wilder con Terencio no sigue propiamente una tradición, tiene algo de acto espontáneo, de carácter individual (que diría T.S. Eliot). Pero sí hubo una tradición de comedia elegíaca latina que dio lugar a nuevas obras, como el propio Pamphilus de amore, y ésta es una tradición que llega hasta la propia Celestina. Aquellas viejas comedias griegas pervivieron gracias a una tradición denostada por algunos, pero las cosas son así de complejas. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Virgilio y Leopardi: ¿un encuentro imprevisto?

Una de las relaciones más interesantes que podemos plantear entre Virgilio y la literatura romántica nos la proporciona el poeta Giacomo Leopardi (1798-1837). Amante y estudioso de los clásicos, se dice que el poeta se desmayó, siendo niño, mientras leía la muerte de Dido en el libro IV de la Eneida. No en vano, cuando nos adentramos en el recinto que alberga la supuesta tumba de Virgilio, en Posilipo, lo primero que encontramos es la tumba de Leopardi. Vamos a analizar brevemente un eco textual de la primera bucólica de Virgilio que puede entreverse en el poema más famoso de Leopardi. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE.

Aunque el movimiento romántico postergó a Virgilio frente a Homero, alguno de los poetas esenciales de aquella nueva sensibilidad, como Giacomo Leopardi (1798-1837), no en vano extraordinario conocedor de la literatura grecolatina, recoge en su poema titulado “L’infinito” sugerentes ecos de la primera bucólica virgiliana. Así lo señala con gran acierto Nicola Gardini (N. Gardini, ¡Viva el latín! Historias y belleza de una lengua inútil. Madrid: Crítica, 2017: 127-128). Léase el comienzo del poema leopardiano acompañado de su correspondiente versión española:

“Sempre caro mi fu quest’ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell’ultimo orizonte il guardo esclude.”

 

“Siempre caro me fue este yermo collado

y este seto que priva a la mirada

de tanto espacio del último horizonte.”

(Leopardi, “L’infinito”, -trad. de Colinas [apud Colinas, 1985: 138-139]-)  

Si acudimos ahora a ciertos versos de la primera bucólica, en especial el 53, no podrá menos que reconocer con asombro dos palabras ya utilizadas por Leopardi, “sempre” y “siepe”, que se corresponden con el adverbio semper y el sustantivo saepes, referido a la “linde” o “cercado”:

Hinc tibi, quae semper, vicino ab limite saepes

Hyblaeis apibus florem depasta salicti

Saepe levi somnum suadebit inire susurro.

 

“Y como siempre, aquí mismo el cercado del linde vecino,

lleno de flores de sauce, que liban abejas de Hibla,

te invitará muchas veces al sueño con suave susurro.”

(Verg. Ecl. 1,53-55 -trad. de Cristóbal López-)

Parece, pues, que Leopardi podría haber tenido in mente tales versos de Virgilio, sin duda aprendidos de memoria, si bien los utiliza para crear algo que estéticamente resulta ya muy distinto, pero que, sin embargo, no deja de remitirse a un paisaje idealizado que encarna, en definitiva, un estado de ánimo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

¿Séneca español o ciudadano del mundo?

La literatura grecolatina tiene la ambigua ventaja de ser universal o, al menos, de no quedar remitida a una nación actual concreta. Este carácter universal no la convierte en una literatura nacional al uso, como ocurre con literaturas formadas en tiempos más recientes, como la española, la inglesa o la francesa. Sin embargo, se da la interesante circunstancia de que algunos autores grecolatinos se han considerado como parte de la historia literaria de una nación moderna. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Este es el caso de la cuestión de la literatura hispanorromana, considerada en otros tiempos sobre todo como parte de la española. Según este criterio, un autor como Séneca vendría a ser, en definitiva, un autor español. Es, justamente, dentro de este planteamiento donde nos encontramos este heterodoxo retrato que Ramón Pérez de Ayala traza del autor en el ensayo titulado “Nuestro Séneca”:


“La primera vez que vi, en el Prado, la cabeza de Séneca, sin saber todavía quién podría ser, me pareció la catadura de un gitano viejo. En esta impresión falaz cooperaba no sólo la disposición capilar del peinado y las patillas, muy a lo flamenco, mas también la gran finura aguileña de los rasgos faciales.
Esta similitud es desconcertante, por cuanto los gitanos no sobrevienen en Europa y España sino unos catorce siglos después de nacer Séneca. Si no de un gitano, dicha cabeza bien pudiera haber pertenecido a un torero retirado. Del famoso «Lagartijo» solía afirmarse que hablaba como un Séneca. Y Nietzche denominó a Séneca «el toreador de la virtud», por razones, no poco irrazonables, de que más adelante haremos mención. Huelga señalar que el arte de los toros no se practicó en España hasta los siglos medios. Pero, si no toros bravos, Séneca hubo de lidiar enemigos más peligrosos, a lo largo de su vida, poniendo a juego a veces su magistral habilidad; en ocasiones su noble coraje; y en algún mal trance su instinto de conservación. Esto, en la jerga taurina, se llama volver la cara, salir por pies, tomar el olivo y saltar la barrera.” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, en Nuestro Séneca y otros ensayos, Barcelona/Buenos Aires, Edhasa, 1966, p. 25)



Este retrato de Ramón Pérez de Ayala que convierte a Séneca nada menos que en un anacrónico torero arrugaría el entrecejo a más de un serio estudioso del autor latino. Es, precisamente, el tono relajado de ese largo ensayo en que revisa la figura y la obra (incluso traduciendo un fragmento del Thyestes), el que le permite hacer una aproximación tan original no exenta de buen humor. Pero lo que más significativo nos resulta es el fuerte contenido intencional del propio título del ensayo[1], que subraya el anacrónico carácter español de Séneca, dentro de una consideración de las naciones como algo inmanente, y no como un producto del devenir de la historia[2]. La afirmación de la españolidad de Séneca la toma Pérez de Ayala del regeneracionista Ángel Ganivet, quien en su Idearium español (Granada, 1897, p. 46) afirma que “Séneca no es un español, hijo de España por azar: es español por esencia”[3]. Esta circunstancia tan marcada de la españolidad de Séneca contrasta con la ausencia de cualquier referencia al respecto en otros textos que ya no se circunscriben al ámbito estricto de la cultura española. Salvando las distancias geográficas y temporales, observamos cómo el escritor chileno Jorge Edwards deja entrever, sin declararlo explícitamente, el carácter cosmopolita de Séneca, no aludiendo en momento alguno a su lugar de nacimiento y dejando adivinar por ello que Séneca podría haber venido al mundo en cualquier lugar civilizado del Imperio Romano:

“Parece que en sus años de adolescente siguió con gran pasión las enseñanzas de un filósofo, Sotión, seguidor de Pitágoras y que prescribía, debido a su creencia en la reencarnación de las almas, una dieta vegetariana. Dado que Séneca nació un año antes de Cristo, su juventud correspondió a tiempos de repliegue cultural, de dictadura, de profunda desconfianza frente a las ideologías y a las sectas exóticas. Los primeros cristianos iban a conocer esta atmósfera represiva, este mundo de la sospecha y de la delación, un poco más tarde. El padre del joven Séneca creyó, probablemente con buenas razones, que el hecho de adherirse a una doctrina filosófica y de no comer carne podía comprometer su futura carrera. Primero lo convenció de que debía renunciar a singularizarse. Después decidió mandarlo a Egipto, donde Galerio, el nuevo prefecto, era pariente suyo. Fueron seis años de tranquila concentración, de lectura, de conocimiento del mundo. A la vez, fueron años de postergación de su ingreso obligado en el mundo de la administración y de la política. Más tarde, en años de madurez y a consecuencia de luchas internas de poder, el emperador Claudio, sin llegar a desterrarlo, le asignó residencia en la isla de Córcega.” (Jorge Edwards, “El buen uso de Séneca”, en El País, 22 de marzo de 1997)



En este caso, tenemos a un Séneca ante todo viajero, y abierto a las influencias del exterior. Esta distinta perspectiva va a marcar diferentes actitudes ante la literatura clásica que diferenciará las letras de España con las del continente americano. Por ello, es aún más llamativo, si cabe, observar cómo María Zambrano ha sabido entender perfectamente esta singular tensión entre lo local y lo universal que podemos ver en la figura de Séneca:



“Séneca nació, como es sabido, en un rincón provincial de la España romana, en la silenciosa, encalada Córdoba. Salió de ella sin que a ella jamás retornara. Y sin embargo, es de los pocos hijos de España que le han devuelto acuñado en moneda indeleble, la vida que de ella sacaran. No es este el lugar de mirar a Séneca en lo que significa para la tradición de la cultura popular española. Al contrario, hay que seguir el rastro de su universalidad; de ver el motivo de su renacimiento.
Ser figura de la Historia universal, más allá del país, del terruño que le diera a luz, sólo puede acontecer a los que han encarnado una de las maneras más fundamentales de ser hombres. Porque el hombre es una criatura que admite, y aun requiere, varias versiones. Y cada una de estas versiones ya realizadas es precisamente una experiencia histórica, una figura trascendente. Una figura, un camino; una manera de aceptar la vida y la muerte.” (María Zambrano, El pensamiento vivo de Séneca, Madrid, Cátedra, 1992, pp.14-15)

Ciertamente, Séneca no fue español, pero algunos españoles se han sentido hijos de Séneca y ese es el privilegio de tener antepasados. En cierto sentido, habría que considerar si no estamos en este caso ante la búsqueda consciente de un precursor, ya que algunos clásicos como Séneca son esa constante que mantiene la continuidad de una cultura[4]. La cuestión de la literatura hispanorromana sigue teniendo vigencia tanto desde la perspectiva de la literatura no académica como de la historia del pensamiento hispano. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] Matías López López señala, hablando de las innumerables citas que de Séneca hace Menéndez Pelayo, cómo éste seguía el uso propio de los autores cristianos primitivos de calificarlo como noster (Séneca, Diálogos. Introducciones, traducción y notas de Matías López López, Lleida, Universitat, 2000, p. 45).
[2] La cuestión de la “literatura hispanorromana” en los tiempos antiguos, que fue abiertamente aceptada por los más eminentes intelectuales españoles, hoy día resulta relevante únicamente para la historia de la cultura española moderna. Dice a este respecto José Luis Moralejo (“Literatura hispano-latina (siglos V-XVI)”, en José María Díez Borque (coord..), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, p. 15): “Es ésta una práctica que responde, en última instancia, a las mismas raíces que el tan traído y llevado «senequismo hispano» o «hispanismo de Séneca», que tuvo en Ganivet su más conocido formulador. Nosotros consideramos que no debe mantenerse tal actitud, por amplio que sea el aliento de los manuales de conjunto. El lector ya se habrá percatado de que estamos incidiendo en una cuestión todo menos banal. En efecto, con ella nos vemos implicados en la histórica lid entre A. Castro y Sánchez Albornoz en torno al origen y ser de lo hispánico (…)”.
[3] Así habla el mismo Pérez de Ayala acerca de Ganivet una páginas antes: “Ganivet, en su conciso y denso Idearium español, trata de asentar que el carácter (y la historia de España) es ni más ni menos que senequismo por los cuatro costados. Yo no me arriesgo a semejante afirmación; ni tampoco a denegarla en absoluto. Pero que, cuando menos, algunos costados (y acaso los más nobles, no sé si los más serios o los más frágiles) son permanentemente senequistas, aun en los españoles de temperamento más epicúreo, y aun inmoral; esto, para mí, es obvio. Por lo cual califico a Séneca como nuestro Séneca.
En el friso frontal de la gran literatura latina descuellan, par a par de las figuras más eminentes, cinco españoles. Cada uno de ellos es manantial de una corriente literaria, que, con las demás, confluyen en el gran río caudal de la literatura española autónoma.
Estos escritores hispanolatinos, y la respectiva corriente que emanan, son: Séneca, el estoicismo y el conceptismo; Lucano, el culteranismo; Marcial, el realismo satírico en carne viva; Quintiliano, el clasicista académico, y Prudencio, el clasicismo en la poesía cristiana” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, o.c., p.19)
[4] Actualmente, dentro del marco del llamado Estado de la Autonomías, la cuestión de la “españolidad” de Séneca ha vuelto a resurgir con algunas complicaciones añadidas en lo que se refiere a los libros escolares de latín. Reproducimos un texto tomado del diario La Razón del domingo dos de junio de 2000: “El presidente de Anele, Mauricio Santos, recuerda haber realizado varias versiones del libro de Latín por culpa de Séneca. En Andalucía, el filósofo romano nacido en Córdoba era, evidentemente, cordobés. Pero en Cataluña, no: se trataba de un autor de la Hispania romana. Es, en fin, la poco conocida vertiente regionalista del latín”.

Por qué Virgilio quiso quemar la Eneida. Entre la inmortalidad y la muerte

La novela de Hermann Broch gira en torno a un tema aparentemente tópico, mas sumamente ambiguo y problemático, como son las razones por las que Virgilio quiso quemar la Eneida, si acaso quiso quemarla de veras. No solo es posible recurrir a las razones positivas. Podemos realizar un apasionante ejercicio hermenéutico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

José Luis Vidal ha revisado la cuestión desde los testimonios positivos procedentes de la Vita de Suetonio-Donato hasta la interpretación puramente hermenéutica de Broch:

 “Quisiéramos ahora acercarnos a las intenciones de Virgilio por caminos distintos, sin duda menos positivistas, pero no menos respetuosos”, José Luis Vidal, “Por qué Virgilio quería quemar la Eneida…, si es que quería”, Humanitas in honorem Antonio Fontán, Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484 [480].

De manera particular, el testimonio de Suetonio-Donato resulta, en su esquematismo, muy gráfico en lo que respecta a la actuación de Augusto con respecto a la Eneida:

12 Por otra parte, cuando Augusto le ofreció los bienes de un desterrado, no se atrevió a aceptarlos

[…]

21 Al final empezó la Eneida, un tema variado y múltiple, y semejante a ambos poemas de Homero; además con personajes y hechos griegos y latinos en común, y en el que estaría contenido lo que más deseaba, el origen de la urbe romana y el de Augusto a la vez.

[…]

27 Cuando regresó Augusto después de la victoria de Accio y se detuvo en Atella para recuperarse de la garganta, Virgilio le leyó las Geórgicas durante cuatro días continuos, tomando Mecenas turno para leer, cuantas veces era interrumpido él mismo por la indisposición de la voz.

[…]

31 Y Augusto —pues casualmente estaba lejos de Roma por la campaña de Cantabria—, le pidió en cartas suplicantes y también, en broma, amenazadoras que “de la ‘Eneida’ le fuera enviado”, según sus palabras, “o el primer esbozo del poema, o la parte que quisiera”. 32 Sin embargo, mucho después, cuando finalmente había preparado la materia, Virgilio le recitó únicamente tres libros, el segundo, el cuarto y el sexto, pero éste con gran impresión en Octavia, de la que se cuenta que, estando presente en la recitación, desfalleció ante aquellos versos acerca de su hijo: “tú serás Marcelo”, y fue reconfortada con dificultad.

[…]

35 A los 52 años de edad, con la intención de dar la última mano a la Eneida, decidió irse a Grecia y a Asia, y en tres años continuos no hacer nada más que corregirla, para que el resto de su vida estuviera libre sólo para la filosofía. Pero como al emprender su viaje se hubiese encontrado en Atenas con Augusto, que regresaba a Roma proveniente de Oriente, y decidiera no abandonarlo e inclusive regresar junto con él, mientras conoce la ciudad vecina de Megara con un sol muy ardiente, contrajo una enfermedad y, al no interrumpir el viaje por mar, empeoró, de modo que llegó a Brindisi bastante más grave, donde a los pocos días murió, el 21 de septiembre, siendo cónsules Cneo Sentio y Quinto Lucrecio.

[…]

37 Nombró herederos, por la mitad de sus bienes, a Valerio Próculo, hermano de diferente padre; por la cuarta parte, a Augusto; por la duodécima parte, a Mecenas; por lo restante a Lucio Vario y a Plocio Tuca, quienes, después de su muerte, revisaron su Eneida por orden del César.

[…]

41 Mas Vario publicó la Eneida con autorización de Augusto, pero enmendada ligeramente, de modo que él dejó incluso los versos incompletos tal como estaban. Muchos, habiendo intentado completarlos tiempo después, no pudieron hacerlo, debido a la dificultad, porque casi todos los hemistiquios, en su obra, están en absoluto y perfecto sentido, excepto aquel: “quem tibi iam Troia”.

 Martha Elena Montemayor Aceves, “Suetonio, Vida de Virgilio”, Nova Tellus 27, 2009, pp. 205-235.

Del testimonio de esta vita se deduce que Augusto siempre estuvo presente durante la composición y posterior edición de la Eneida. La noticia que nos da Suetonio acerca de las amenazas que “en broma” profería Augusto a Virgilio para que terminara su obra poco aclaran acerca de la relación entre el poeta y el emperador, aunque no impiden que podamos imaginarlas como conflictivas. Así las cosas, una de las escenas centrales de la novela titulada La muerte de Virgilio tiene que ver con un tenso diálogo entre el poeta y el emperador, que acude en Brindisi a las estancias donde se encuentra alojado Virgilio con la intención de arrebatarle el manuscrito de la Eneida. Este diálogo es el que articula la conocida interpretación de “Virgilio frente a Augusto” que luego ha hecho suya la así llamada “Escuela de Harvard”, a diferencia de la actitud favorable a Augusto sostenida generalmente por el mundo académico europeo:

 “Although almost none of Virgil’s poetry is in the first person, it is not surprising that Virgilian scholarship and criticism has from first been marked by a strong biographical interest. This makes for good novels (Hermann Broch’s The Death of Virgil is a landmark in the history of the modern novel), but bad criticism. Despite the demise of the kind of biographical criticism that used literary texts as sources for reconstructing the life of the poet, this biographical interest survives in the form of obsession, still burning for some critics, to determine Virgil’s personal attitude towards Augustus. This concern is implicit in much of the debate between the so-called ‘Harvard’ (anti-Augustan) and ‘European’ (pro-Augustan) schools of critics.” (Philiph Hardie, Virgil, Oxford, OUP, 1998, p. 2).

La muerte de Virgilio, con la consiguiente entrega definitiva de su Eneida para Augusto y la posteridad, no parece significar otra cosa que la eternidad del propio Augusto y la instrumentalización del poema épico para su propia gloria. Se trataría de una apropiación parecida a la que es posible apreciar en el mismo monumento del Ara Pacis, que, contemplado desde la esquina derecha de su fachada delantera, permite ver al propio Eneas y, en el lateral, también a Augusto, ambos togados y en acto de llevar a cabo un sacrifico.

A este respecto, resulta clave la intensa y tensa conversación que mantiene un moribundo Virgilio y con un Augusto todavía joven dentro del libro tercero de la novela de Broch, donde el emperador deja claro a Virgilio que su Eneida ya no le pertenece. Es interesante observar que el texto de Broch parte de un pasaje clave de la Eneida, precisamente la referencia a la batalla de Accio en la descripción del escudo de Eneas (VIII 626-728). Augusto se lo recuerda a Virgilio de esta manera:

-Hay pocas cosas tan dignas de mi memoria. ¿No fue poco después de regresar yo de Egipto, cuando me sometiste el primer esbozo de la epopeya?

-Tú lo has dicho.

-Y en el centro del poema, verdaderamente centro y clímax del poema, en el centro del escudo de los dioses que concediste a Eneas, ha[s] puesto la descripción de la batalla de Accio.

-Así lo hice. El día de Accio fue la victoria del espíritu romano y sus costumbres sobre las oscuras fuerzas de Oriente, la victoria sobre el oscuro misterio que acaso se había apoderado de Roma. Esta fue tu victoria. Augusto.

-¿Sabes el pasaje de memoria?

-¡Cómo podía saberlo! Mi memoria no alcanza la tuya.

-¡Oh, ningún engaño era posible! Inequívocamente el Augusto había dirigido los ojos hacia el cofre del manuscrito, y los mantenía fijos en él: ¡oh, no era una ilusión, había venido a quitarle el poema! (Hernann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, Alianza, 1995, p. 305)

Podemos observar también cómo Broch plantea una interesante dicotomía entre la memoria y la escritura (La muerte de Virgilio, p. 306), dado que Virgilio recita de memoria el pasaje clave, el que se refiere a la batalla de Accio (La muerte de Virgilio, p. 307). Sin embargo, Augusto quiere obtener la materialidad de este poema, es decir, su manuscrito. Luego deriva la conversación hacia el tema de la gratitud que Virgilio siente por Augusto (La muerte de Virgilio, p. 309), gratitud que, por otra parte, según el sentido pragmático que Augusto siente por las cosas, no debe terminar simplemente en nada. Resulta muy interesante la contraposición que se establece entre la obra artística y la labor de Estado (La muerte de Virgilio, p. 311), dado que mientras Virgilio cree que lo que sobrevivirá a la memora es la labor política de Augusto, éste ve en la Eneida, es decir, en el arte, su verdadera supervivencia. Augusto recita, por su parte, un nuevo pasaje de la Eneida (La muerte de Virgilio, p. 313). La cuestión esencial llega cuando Augusto pregunta sin ambages a Virgilio por qué quiere destruir su Eneida (La muerte de Virgilio, p. 317) y comienza una disquisición acerca del “conocimiento de la muerte”, cercana a la propia orientación órfica de Virgilio (La muerte de Virgilio, p. 320). La discusión entre el emperador y el poeta deriva ahora a plantear la obra de Augusto como metáfora del pueblo romano (La muerte de Virgilio, p. 327), en una idea que nos recuerda mucho a lo expresado por Jakob Burckhardt en su estudio sobre el Renacimiento, a saber, la idea del Estado como una obra de arte (La muerte de Virgilio, pp. 336-338). Tras una airada discusión y el soberano enfado de Augusto, Virgilio accede finalmente a que se lleven a Roma el cofre que contiene la Eneida. Augusto ya no pierde más tiempo en discutir, es más, lamenta haber perdido tantas horas en disquisiciones que ni tan siquiera le interesan. Su mundo es el real y su propósito la trascendencia.

No quiero cerrar este blog sin la imprescindible referencia a otra novela compuesta por el profesor y escritor Hugo Bauzá, quien hace un tiempo concibió unas memorias para el poeta: Virgilio. Memorias del poeta. Una autobiografía espiritual. A esta novela le dediqué una reseña hace tiempo. Me permito reproducir aquí mi propio comentario acerca de lo que en la novela se plantea en torno a este asunto:

Octavio no deja de ser, casi de forma obligada, el gran secundario de esta intensa novela biográfica. Frente a la interpretación de un Virgilio servil que se convierte en la voz del nuevo orden político, Bauzá se adentra en los senderos trágicos de una resistencia espiritual al omnívoro y omnipotente emperador de Roma. En realidad, la tragedia de Virgilio podría resumirse en dos grandes preguntas: cómo es posible no oponerse a Augusto, pero, al mismo tiempo, cómo no sentir la tentación de derrotarlo en el ámbito de la poesía que va más allá del tiempo. Por ello, van surgiendo importantes reflexiones, no sin un transfondo órfico innegable, acerca del conocimiento y la muerte, con la propia e inevitable visita a la Sibila, que luego acompañará a Virgilio por los infiernos, igual que siglos más tarde el mismo Virgilio hará lo propio con Dante. Cabría destacar la gran diferencia anímica que establece Bauzá entre el entusiasmo por Augusto en la primera bucólica y la inevitable decepción que luego va dominando al poeta, confundida con el miedo. Poco a poco, se va mascando la tragedia vital y las razones “verosímiles” que darían cuenta del deseo de Virgilio por quemar su Eneida. Ya en los últimos capítulos de la novela, cuando el poeta arriba enfermo a Brindisi, siente que la muerte lo acecha de varias maneras. Todo parece apuntar a un deseo del propio Augusto no sólo por apropiarse físicamente del manuscrito de la Eneida, sino de acabar con la precaria vida de su poeta cortesano. Por lo que apunta el propio Bauzá en una nota final, Jean-Yves Maleuve había defendido en su tesis doctoral que Virgilio podía haber sido víctima de un complot. En cualquier caso, los capítulos XXVIII (“Delirio en la noche roja”) y XXXIX (“Epílogo desde la noche”) alcanzan una altura literaria notable, mediante el ensayo de un monólogo libre en el primer caso, sin signos de puntuación (como el famoso de Molly Bloom en el Ulises de Joyce), y de un gran patetismo en el caso del segundo capítulo, lleno, a su vez, de saber filológico, como cuando el autor se pregunta acerca de la veracidad del propio dístico elegíaco que figuró como epitafio en la tumba del poeta.

 

FRANCISCO GARCÍA JURADO

POST SCRIPTUM. Por razones académicas preparaba yo este blog cuando Luis Lozano Lorenzo me informó cortésmente de la tercera del ABC que Antonio Colinas había publicado acerca del mismo tema https://www.abc.es/opinion/antonio-colinas-sollozo-eternidad-20260213130231-nt.html

¡Viva la República! La muerte de Lucrecia

No es difícil encontrar en la Historia Antigua ocasiones donde los monarcas sean tachados de tiranos. Tarquinio el Soberbio, el último rey etrusco, es en este sentido un paradigma perfecto de déspota y corruptor de virtudes. Su cobarde violación de una honrada matrona, Lucrecia, desbordó el vaso que terminó dando lugar a la república romana. Lucrecia prefirió el suicidio antes que el oprobio o la humillación. El episodio ha encontrado luego su relectura moderna en todos aquellos que alimentan el anhelo por la renovación y la regeneración política. El pintor Rosales y el dramaturgo Leopoldo Cano pusieron moderna imagen y voz al terrible y, a la vez, ejemplar episodio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Leopoldo Cano compone en 1884 La muerte de Lucrecia, cuya fuente literaria clásica se encuentra al final del libro I del Ab urbe condita, de Tito Livio (Liv.1, 57-59). El argumento, entendido ya desde la ciencia histórica del XIX como parte de la historia mítica de Roma , tiene todos los ingredientes que lo hacen interesante para los gustos de la época: la tensión entre la intachable virtud de Lucrecia con el acto de la violación a manos de Tarquinio, que se ha consumado antes de que comience la obra, seguido todo ello de la truculenta escena del suicidio de la heroína en la escena final, donde no puede obviarse su relación con los gustos de la pintura histórica, a la que se alude explícitamente.

He aquí uno de los pasajes fundamentales de la obra, rebosante de patetismo:
 

“LUCRECIA. ¡Acercaos!
No perdáis ni una frase de esta historia
y escribidla con sangre de tiranos.
Bajo este honrado techo
halló hospitalidad un hombre osado,
que en nombre de mi esposo la pedía;
y, antes que despuntase en nuevo día,
oí desde mi lecho
el ruego vergonzoso del malvado.
¡Era Sexto Tarquino!
Al ver por mi desprecio y energía
que, al deshonor, la muerte prefería,
«Cede a mi amor,» -me dijo el libertino-
«que aún puede ser tu suerte
mucho más espantosa que la muerte.»
«Si mi ruego amoroso
rechazas, sobre el lecho de tu esposo
haré poner un siervo degollado
y diré a Roma entera
que fue de esta manera
por infame adulterio castigado .»” (…)

Saca un puñal rápidamente y se le clava en el corazón. Todos lanzan un grito de horror. Séptimo Lucrecio y Publio Valerio sostienen a Lucrecia. Colatino cae desfallecido sobre el lecho, y Junio Bruto, tomando el puñal que le entregara Lucrecia, cuando lo indique el diálogo, se aleja del grupo principal, de manera que todas las figuras queden en la disposición que ocupan en el cuadro de Rosales.”

Imaginamos que el interés por este asunto de la historia de Roma guarda asimismo relación con el del florecimiento de las novelas históricas, volcadas, por aquel entonces, en el nacimiento del cristianismo, como es el caso de Fabiola o la iglesia de las catacumbas, de N.P.S.Wiseman, editada en 1854 , así como de la decadencia de Roma, de la que pueden encontrarse versos en el drama de Lucrecia. El propio Leopoldo Cano tiene una composición titulada “El triunfo de la fe” , que, fiel a los gustos truculentos del momento, se deleita en la muerte de una pequeña niña cristiana en la arena. Debido a la rareza del texto, y a su posible interés para la historia de la novela histórica en España, nos permitimos reproducirlo:
 

“Ancha es la sacra vía/que va al Anfiteatro, y todavía/a su pesar se funde y se codea/el pueblo-rey, con la canalla aquea./Himnos de gloria, lúdicas canciones,/acentos de dolor, imprecaciones,/se mezclan en extraño desconcierto./Ya el crujir de la férula, que hostiga/los corceles de rápida cuadriga,/que transporta al pretor… y a su liberto;/ya el gruñido estridente del beodo,/que danza con abyecta cortesana,/al caer desplomado sobre el lodo,/lecho nupcial de la impureza humana;/ya una risa que acaba en un quejido;/ya un lamento, seguido de una nota/que espira sollozando, apenas brota/de címbalo sonoro mal tañido;/todo a la vez resuena confundido/y dice, en las palabras de ese idioma/ en que se explica un pueblo conmovido,/que hoy es gran día y se divierte Roma./Por la fiesta, el Edil dejó el Consejo;/apoyado en su báculo va el viejo,/arrastrando su cuerpo hacia la cuesta/donde el Anfiteatro se divisa,/y la toga pretexta/recoge el joven, por andar de prisa./En vano algún líctor, con golpe rudo,/ por abrir paso al senador ceñudo/flagela al vil esclavo, hijo de Grecia,/que su aviso colérico desprecia;/el esclavo se aparta/rechazando el empuje que le ahoga,/mas no bastante, y la romana toga/se roza con la clámide de Esparta./La muerte el extranjero merecía,/mas hoy el senador es tolerante;/a su adusto semblante,/como rayo de luna en noche umbría,/una sonrisa de placer asoma…./que un tigre envidiaría./Hoy correrá un raudal de sangre impía;/hoy se divierte triunfante Roma./ Mira allí al patrono y su cliente/ y al altivo Pretor, a quien saluda/ un parásito vil, humildemente;/hacia el Anfiteatro van sin duda./ Turba de histriones con alegre coro/el ritmo imprime de grotesca danza,/y, muellemente reclinada, avanza/en su litera de marfil y oro,/la meretriz procaz, casi desnuda,/que el cuello de nieve/acaso más valor en joyas lleve/que pudiera costar la tribu entera/de los siervos que llevan su litera./Se ríen los histriones; sonríe la ramera,/y no les faltan, en verdad, razones./Han traído de Libia una pantera/y un gladiador responde de la fiera./Hoy se derramará sangre cristiana/y al Circo va la alegre caravana./Hoy es día feliz, día de broma,/pues con la sangre se divierte Roma./¡Grandioso Anfiteatro! ¿Veis el solio/que ocupa aquella escuálida persona/pálida, como muerto con corona?/ Pues ha costado más que el Capitolio./Rojo dosel, con arrogante emblema,/se refleja sangriento en su diadema;/ perlas hay a sus plantas/tachonando el cojín; pero son tantas/y de modo tan triste resplandecen,/que torrente de lágrimas parecen/de las madres cristianas, que han llorado/a los pies del verdugo despiadado./Cien mil espectadores/se agitan en la inmensa gradería; en el pódium, los graves senadores,/para ver de más cerca la agonía/ de una niña, que al medio de la arena/empuja un gladiador. ¡Soberbia escena!/La fiera va a salir. Llegó la hora./Se aleja el gladiador, la niña llora;/la plebe ruge; el bronce toca a muerte;/el rey bosteza; el pueblo se divierte./¿Quién es la niña? ¿Cuál es su delito?/¿Por qué la turba con salvaje grito/su aparición saluda?/Miradla triste, resignada, muda,/sin temor, sin orgullo y sin enojos,/pues es cristiana, y sufre los agravios/sin entreabrir las rosas de sus labios,/sin llorar por los cielos de sus ojos./Su mano hace una cruz, y en ella imprime/el beso ardiente de la Fe sublime./¡Qué ternísima escena!/Es la rosa besando a la azucena./Ha buscado el suplicio, y no es suicida,/porque va a conseguir la eterna vida./Se humilla y vence. Cuando muere un lirio,/al cielo va su delicado aroma;/el alma se sublima en el martirio/cuando el mísero cuerpo se desploma./¡Piedad! dice una voz. ¡Inútil ruego!/ Es implacable el populacho ciego,/El César hizo la señal de muerte/y su pueblo con sangre se divierte./¡Impía Roma! De tu ley severa/es digno ejecutor esa pantera./Tu víctima sucumbe; un raudal brota/del níveo seno por la horrible herida;/pero toda esa sangre, gota a gota,/abrasará tu frente maldecida./El héroe muere, pero no su ejemplo./Lo que es Circo, mañana será tu templo./No celebres tu efímera victoria;/en ese Anfiteatro has erigido/un pedestal al mártir, que ha ceñido/el lauro inmarcesible de la gloria./Escucha el alarido de la guerra./El coloso de cieno se derrumba./¡Pesa mucho la losa de una tumba/que mártires encierra!/¡Roma cruel! No vistas férrea malla/ni acudas presurosa a la muralla./Has de morir. Herido está de muerte/el pueblo que con sangre se divierte!”


Llama la atención esta viva descripción de una Roma no exenta de exotismo, personalizada en la meretriz cargada de joyas, frente a la pobre niña cristiana, que hacen moverse el texto entre una Salomé y una Fabiola. Francisco García Jurado

Carpe Diem en Nápoles

 
La Oda de Horacio donde se aconseja a la ingenua e irreal Leucónoe a que goce del presente es, quizá, junto al Epodo famoso del beatus ille, una de las composiciones que cualquier estudiante de literatura debería conocer al dedillo. La tradición clásica a menudo transciende el mero ejercicio erudito y pasa a habitar con nosotros, en nuestro quehacer diario. Epicúreo y estoico, amante de la vida y resignado, así es nuestro carácter y así ha quedado reflejado desde hace siglos en la mejor poesía de Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.). La literatura posterior no ha hecho más que repetirlo y evocarlo con una insistencia cándida. Este es el caso, sin lugar a dudas, del escritor francés Anatole France (1844-1924), en cuya novela titulada Le crime de Silvestre Bonnard aparece, aprovechando una estancia en Nápoles, este pasaje alusivo al carpe diem Horaciano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

 
Para Juan Antonio González Iglesias
El pequeño libro de Anatole France, dedicado a contarnos una emotiva historia de bibliófilo que salva a una madre y su hijo de la extrema pobreza, nos sorprende en cierto momento con una vitalista evocación de un poema napolitano:


“Viven (sc. los napolitanos) a un tiempo con todos los sentidos, y, filósofos por naturaleza, comprenden sus deseos y la brevedad de la vida. Me acerco a una taberna muy bien alumbrada, y leo en la puerta este cuarteto en dialecto napolitano:

Amice, alliegre magnammo, e bevimmo;
Nfin che n’ce stace noglio a la lucerna:
Chi sa s’a l’autro munno n’ce vedimmo?
Chi sa s’a l’autro munno, n’ce taverna?

(Comed, bebed, alegres, sin medida;
con el aceite brilla la linterna.
¿Nos veremos acaso en la otra vida?
En la otra vida, ¿habrá alguna taberna?)

Horacio les daba consejos semejantes a sus amigos. Tú los recibiste, Póstumo; tú los escuchaste, Leucónoe, hermosa insurrecta que deseabas conocer los secretos de lo porvenir. Aquel futuro es para nosotros el pasado, y lo conocemos. En realidad, hiciste mal en atormentarte por tan poco, y tu amigo demostró ser un hombre de buen sentido cuando te aconsejaba que fueras prudente y filtrases los vinos griegos. Sapias, uina liques . De este modo, una tierra hermosa y un cielo puro aconsejan las tranquilas voluptuosidades; pero hay almas atormentadas por un sublime descontento: son las más nobles. Tú fuiste una de ellas, Leucónoe; yo saludo respetuoso tu sombra melancólica aparecida en el ocaso de mi vida y en una ciudad donde resplandeció tu belleza. Las almas semejantes a la tuya que aparecieron en la cristiandad fueron almas de santas, y sus milagros llenan La leyenda dorada . Tu amigo Horacio ha dejado una posteridad menos generosa, y reconozco a uno de sus descendientes en la persona del tabernero poeta que en este momento llena de vino los vasos a la sombra de su muestra epicúrea.” (El crimen de un académico, trad.de Luis Ruiz Contreras, Barcelona, Orbis, 1986, pp.33-34)


A mí sólo se me ocurre decir ahora cuánta felicidad me reportan estas llamadas a la literatura clásica en los textos modernos. Durante nuestro viaje a Nápoles recordé este pasaje, entre otros, y el viaje se convirtió también, inevitablemente, en literario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

Dos lecturas de Homero

Me llamó la atención hace ya tiempo un aspecto común que encontré en dos impresionantes poemas del siglo XX: la lectura nocturna de Homero en Ossip Mandelstam y Eugenio de Andrade. Se trata de la lecturas concebidas en clave de revelación y catarsis. Por Francisco García Jurado.

Algunos poemas quedan en nuestra experiencia lectora prendidos mucho más allá del momento en que los leímos. Es posible que no los recordemos tal cual eran, hasta cabe la posibilidad de que se transformen en meras impresiones, despojados incluso de sus palabras, pero perviven en nuestra conciencia y se convierten en parte de nosotros. Esto me ocurrió con los poemas donde el poeta ruso (de origen polaco) Mandelstam y el portugués Andrade narran cómo leyeron durante la noche ciertos pasajes de la Ilíada. El primero lo hace con el catálogo de las naves, y el segundo con el episodio donde Príamo va a suplicar a Aquiles que le devuelva los restos de su hijo Héctor. Ambos poemas conllevan implícita no tanto la realidad textual de la Ilíada como la impresión que ésta ha dejado en la conciencia de ambos poetas modernos. No sé si alguien ya habrá caído en la cuenta de esta coincidencia que, por lo demás, no deja de ser esperable en poetas de la talla de los que comentamos. Que grandes poetas sean lectores de Homero no debería ser una circunstancia, sino casi una condición sin la cual no se puede ser poeta. Pero vayamos a la lectura conjunta de ambos poemas. Mándeltam comienza así en la traducción de Jesús García Gabaldón:


Insomnio. Homero, Izadas velas.
Leí [el catálogo] de las naves hasta la mitad:
alargadas larvas, el vuelo de las grullas,
que un día se alzaron sobre Hélade.

Como cría de grulla en tierra extraña
se esparce la espuma divina sobre la cabeza de los zares.
¿Hacia dónde navegáis? ¿Y quién , sino Helena
a Troya os llama, guerreros aqueos?

El mar y Homero, todo lo mueve el amor.
¿A quién he de escuchar? Homero calla,
y el negro mar, elocuente, rumorea
y con grave fragor se acerca a mi cama.


Eugenio de Andrade escribe “A la sombra de Homero”, que reproduzco en versión de Martín López-Vega:


Es mortal este agosto; su ardor
sube los escalones todos de la noche,
no me deja dormir.
Abro el libro siempre a mano en la súplica
de Príamo. Pero cuando
el impetuoso Aquiles ordena al viejo
rey que no le atormente más
el corazón, dejo de leer.
La mañana tardaba. ¿Cómo dormir
a la sombra atormentada
de un anciano en el umbral de la muerte?,
¿o con las lágrimas de Aquiles
en el alma, por el amigo
a quien acabo de enterrar?
¿Cómo dormir a las puertas de la vejez
con ese peso sobre el corazón?

Más allá de la lectura común de Homero, hay ciertas circunstancias compartidas que atraen nuestra sorpresa, tales como una lectura que se interrumpe y que viene motivada por el insomnio. En ambos casos, los poetas son conscientes tanto de la transcendencia como de la actualidad de lo que leen. En un poema hay un negro mar que se acerca a la cama, en el otro la sombra atormentada de un anciano. Los estilos de cada poeta son bien diferentes, acaso las circunstancias vitales e históricas en que cada uno escribe su poema concreto, pero Homero los une, y así se configura una relación entre tres poetas cuyos versos se mezclan. Lo que más me impresiona es la representación del hecho de la lectura. Podemos imaginar a ambos poetas leyendo durante la noche la Ilíada.

Francisco García Jurado