Por qué Virgilio quiso quemar la Eneida. Entre la inmortalidad y la muerte

La novela de Hermann Broch gira en torno a un tema aparentemente tópico, mas sumamente ambiguo y problemático, como son las razones por las que Virgilio quiso quemar la Eneida, si acaso quiso quemarla de veras. No solo es posible recurrir a las razones positivas. Podemos realizar un apasionante ejercicio hermenéutico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. CÁTEDRA DE HISTORIOGRAFÍA Y RECEPCIÓN DE LA LITERATURA GRECOLATINA. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

José Luis Vidal ha revisado la cuestión desde los testimonios positivos procedentes de la Vita de Suetonio-Donato hasta la interpretación puramente hermenéutica de Broch:

 “Quisiéramos ahora acercarnos a las intenciones de Virgilio por caminos distintos, sin duda menos positivistas, pero no menos respetuosos”, José Luis Vidal, “Por qué Virgilio quería quemar la Eneida…, si es que quería”, Humanitas in honorem Antonio Fontán, Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484 [480].

De manera particular, el testimonio de Suetonio-Donato resulta, en su esquematismo, muy gráfico en lo que respecta a la actuación de Augusto con respecto a la Eneida:

12 Por otra parte, cuando Augusto le ofreció los bienes de un desterrado, no se atrevió a aceptarlos

[…]

21 Al final empezó la Eneida, un tema variado y múltiple, y semejante a ambos poemas de Homero; además con personajes y hechos griegos y latinos en común, y en el que estaría contenido lo que más deseaba, el origen de la urbe romana y el de Augusto a la vez.

[…]

27 Cuando regresó Augusto después de la victoria de Accio y se detuvo en Atella para recuperarse de la garganta, Virgilio le leyó las Geórgicas durante cuatro días continuos, tomando Mecenas turno para leer, cuantas veces era interrumpido él mismo por la indisposición de la voz.

[…]

31 Y Augusto —pues casualmente estaba lejos de Roma por la campaña de Cantabria—, le pidió en cartas suplicantes y también, en broma, amenazadoras que “de la ‘Eneida’ le fuera enviado”, según sus palabras, “o el primer esbozo del poema, o la parte que quisiera”. 32 Sin embargo, mucho después, cuando finalmente había preparado la materia, Virgilio le recitó únicamente tres libros, el segundo, el cuarto y el sexto, pero éste con gran impresión en Octavia, de la que se cuenta que, estando presente en la recitación, desfalleció ante aquellos versos acerca de su hijo: “tú serás Marcelo”, y fue reconfortada con dificultad.

[…]

35 A los 52 años de edad, con la intención de dar la última mano a la Eneida, decidió irse a Grecia y a Asia, y en tres años continuos no hacer nada más que corregirla, para que el resto de su vida estuviera libre sólo para la filosofía. Pero como al emprender su viaje se hubiese encontrado en Atenas con Augusto, que regresaba a Roma proveniente de Oriente, y decidiera no abandonarlo e inclusive regresar junto con él, mientras conoce la ciudad vecina de Megara con un sol muy ardiente, contrajo una enfermedad y, al no interrumpir el viaje por mar, empeoró, de modo que llegó a Brindisi bastante más grave, donde a los pocos días murió, el 21 de septiembre, siendo cónsules Cneo Sentio y Quinto Lucrecio.

[…]

37 Nombró herederos, por la mitad de sus bienes, a Valerio Próculo, hermano de diferente padre; por la cuarta parte, a Augusto; por la duodécima parte, a Mecenas; por lo restante a Lucio Vario y a Plocio Tuca, quienes, después de su muerte, revisaron su Eneida por orden del César.

[…]

41 Mas Vario publicó la Eneida con autorización de Augusto, pero enmendada ligeramente, de modo que él dejó incluso los versos incompletos tal como estaban. Muchos, habiendo intentado completarlos tiempo después, no pudieron hacerlo, debido a la dificultad, porque casi todos los hemistiquios, en su obra, están en absoluto y perfecto sentido, excepto aquel: “quem tibi iam Troia”.

 Martha Elena Montemayor Aceves, “Suetonio, Vida de Virgilio”, Nova Tellus 27, 2009, pp. 205-235.

Del testimonio de esta vita se deduce que Augusto siempre estuvo presente durante la composición y posterior edición de la Eneida. La noticia que nos da Suetonio acerca de las amenazas que “en broma” profería Augusto a Virgilio para que terminara su obra poco aclaran acerca de la relación entre el poeta y el emperador, aunque no impiden que podamos imaginarlas como conflictivas. Así las cosas, una de las escenas centrales de la novela titulada La muerte de Virgilio tiene que ver con un tenso diálogo entre el poeta y el emperador, que acude en Brindisi a las estancias donde se encuentra alojado Virgilio con la intención de arrebatarle el manuscrito de la Eneida. Este diálogo es el que articula la conocida interpretación de “Virgilio frente a Augusto” que luego ha hecho suya la así llamada “Escuela de Harvard”, a diferencia de la actitud favorable a Augusto sostenida generalmente por el mundo académico europeo:

 “Although almost none of Virgil’s poetry is in the first person, it is not surprising that Virgilian scholarship and criticism has from first been marked by a strong biographical interest. This makes for good novels (Hermann Broch’s The Death of Virgil is a landmark in the history of the modern novel), but bad criticism. Despite the demise of the kind of biographical criticism that used literary texts as sources for reconstructing the life of the poet, this biographical interest survives in the form of obsession, still burning for some critics, to determine Virgil’s personal attitude towards Augustus. This concern is implicit in much of the debate between the so-called ‘Harvard’ (anti-Augustan) and ‘European’ (pro-Augustan) schools of critics.” (Philiph Hardie, Virgil, Oxford, OUP, 1998, p. 2).

La muerte de Virgilio, con la consiguiente entrega definitiva de su Eneida para Augusto y la posteridad, no parece significar otra cosa que la eternidad del propio Augusto y la instrumentalización del poema épico para su propia gloria. Se trataría de una apropiación parecida a la que es posible apreciar en el mismo monumento del Ara Pacis, que, contemplado desde la esquina derecha de su fachada delantera, permite ver al propio Eneas y, en el lateral, también a Augusto, ambos togados y en acto de llevar a cabo un sacrifico.

A este respecto, resulta clave la intensa y tensa conversación que mantiene un moribundo Virgilio y con un Augusto todavía joven dentro del libro tercero de la novela de Broch, donde el emperador deja claro a Virgilio que su Eneida ya no le pertenece. Es interesante observar que el texto de Broch parte de un pasaje clave de la Eneida, precisamente la referencia a la batalla de Accio en la descripción del escudo de Eneas (VIII 626-728). Augusto se lo recuerda a Virgilio de esta manera:

-Hay pocas cosas tan dignas de mi memoria. ¿No fue poco después de regresar yo de Egipto, cuando me sometiste el primer esbozo de la epopeya?

-Tú lo has dicho.

-Y en el centro del poema, verdaderamente centro y clímax del poema, en el centro del escudo de los dioses que concediste a Eneas, ha[s] puesto la descripción de la batalla de Accio.

-Así lo hice. El día de Accio fue la victoria del espíritu romano y sus costumbres sobre las oscuras fuerzas de Oriente, la victoria sobre el oscuro misterio que acaso se había apoderado de Roma. Esta fue tu victoria. Augusto.

-¿Sabes el pasaje de memoria?

-¡Cómo podía saberlo! Mi memoria no alcanza la tuya.

-¡Oh, ningún engaño era posible! Inequívocamente el Augusto había dirigido los ojos hacia el cofre del manuscrito, y los mantenía fijos en él: ¡oh, no era una ilusión, había venido a quitarle el poema! (Hernann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, Alianza, 1995, p. 305)

Podemos observar también cómo Broch plantea una interesante dicotomía entre la memoria y la escritura (La muerte de Virgilio, p. 306), dado que Virgilio recita de memoria el pasaje clave, el que se refiere a la batalla de Accio (La muerte de Virgilio, p. 307). Sin embargo, Augusto quiere obtener la materialidad de este poema, es decir, su manuscrito. Luego deriva la conversación hacia el tema de la gratitud que Virgilio siente por Augusto (La muerte de Virgilio, p. 309), gratitud que, por otra parte, según el sentido pragmático que Augusto siente por las cosas, no debe terminar simplemente en nada. Resulta muy interesante la contraposición que se establece entre la obra artística y la labor de Estado (La muerte de Virgilio, p. 311), dado que mientras Virgilio cree que lo que sobrevivirá a la memora es la labor política de Augusto, éste ve en la Eneida, es decir, en el arte, su verdadera supervivencia. Augusto recita, por su parte, un nuevo pasaje de la Eneida (La muerte de Virgilio, p. 313). La cuestión esencial llega cuando Augusto pregunta sin ambages a Virgilio por qué quiere destruir su Eneida (La muerte de Virgilio, p. 317) y comienza una disquisición acerca del “conocimiento de la muerte”, cercana a la propia orientación órfica de Virgilio (La muerte de Virgilio, p. 320). La discusión entre el emperador y el poeta deriva ahora a plantear la obra de Augusto como metáfora del pueblo romano (La muerte de Virgilio, p. 327), en una idea que nos recuerda mucho a lo expresado por Jakob Burckhardt en su estudio sobre el Renacimiento, a saber, la idea del Estado como una obra de arte (La muerte de Virgilio, pp. 336-338). Tras una airada discusión y el soberano enfado de Augusto, Virgilio accede finalmente a que se lleven a Roma el cofre que contiene la Eneida. Augusto ya no pierde más tiempo en discutir, es más, lamenta haber perdido tantas horas en disquisiciones que ni tan siquiera le interesan. Su mundo es el real y su propósito la trascendencia.

No quiero cerrar este blog sin la imprescindible referencia a otra novela compuesta por el profesor y escritor Hugo Bauzá, quien hace un tiempo concibió unas memorias para el poeta: Virgilio. Memorias del poeta. Una autobiografía espiritual. A esta novela le dediqué una reseña hace tiempo. Me permito reproducir aquí mi propio comentario acerca de lo que en la novela se plantea en torno a este asunto:

Octavio no deja de ser, casi de forma obligada, el gran secundario de esta intensa novela biográfica. Frente a la interpretación de un Virgilio servil que se convierte en la voz del nuevo orden político, Bauzá se adentra en los senderos trágicos de una resistencia espiritual al omnívoro y omnipotente emperador de Roma. En realidad, la tragedia de Virgilio podría resumirse en dos grandes preguntas: cómo es posible no oponerse a Augusto, pero, al mismo tiempo, cómo no sentir la tentación de derrotarlo en el ámbito de la poesía que va más allá del tiempo. Por ello, van surgiendo importantes reflexiones, no sin un transfondo órfico innegable, acerca del conocimiento y la muerte, con la propia e inevitable visita a la Sibila, que luego acompañará a Virgilio por los infiernos, igual que siglos más tarde el mismo Virgilio hará lo propio con Dante. Cabría destacar la gran diferencia anímica que establece Bauzá entre el entusiasmo por Augusto en la primera bucólica y la inevitable decepción que luego va dominando al poeta, confundida con el miedo. Poco a poco, se va mascando la tragedia vital y las razones “verosímiles” que darían cuenta del deseo de Virgilio por quemar su Eneida. Ya en los últimos capítulos de la novela, cuando el poeta arriba enfermo a Brindisi, siente que la muerte lo acecha de varias maneras. Todo parece apuntar a un deseo del propio Augusto no sólo por apropiarse físicamente del manuscrito de la Eneida, sino de acabar con la precaria vida de su poeta cortesano. Por lo que apunta el propio Bauzá en una nota final, Jean-Yves Maleuve había defendido en su tesis doctoral que Virgilio podía haber sido víctima de un complot. En cualquier caso, los capítulos XXVIII (“Delirio en la noche roja”) y XXXIX (“Epílogo desde la noche”) alcanzan una altura literaria notable, mediante el ensayo de un monólogo libre en el primer caso, sin signos de puntuación (como el famoso de Molly Bloom en el Ulises de Joyce), y de un gran patetismo en el caso del segundo capítulo, lleno, a su vez, de saber filológico, como cuando el autor se pregunta acerca de la veracidad del propio dístico elegíaco que figuró como epitafio en la tumba del poeta.

 

FRANCISCO GARCÍA JURADO

POST SCRIPTUM. Por razones académicas preparaba yo este blog cuando Luis Lozano Lorenzo me informó cortésmente de la tercera del ABC que Antonio Colinas había publicado acerca del mismo tema https://www.abc.es/opinion/antonio-colinas-sollozo-eternidad-20260213130231-nt.html

Prof. Dr. Francisco García-Jurado
Prof. Dr. Francisco García-Jurado
Catedrático de filología latina en la Universidad Complutense de Madrid. Dirige el Grupo UCM de investigación "Historiografía y Recepción de… Leer más

OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Prof. Dr. Francisco García-Jurado (14 de febrero de 2026). Por qué Virgilio quiso quemar la Eneida. Entre la inmortalidad y la muerte. Reinventar la Antigüedad. Recuperado 9 de octubre de 2026 de https://doi.org/10.58079/15oyl


2 comentarios en “Por qué Virgilio quiso quemar la Eneida. Entre la inmortalidad y la muerte”

  1. Firmado por Antonio Colinas, aparece hoy 14 de febrero, en la Tercera de ABC, un artículo sobre la muy compleja novela de Broch.

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